MI ABUELO

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Cuando era niño, todos los Domingos del mes de Abril, mi abuelo, aquel hombre grande, de nariz aguileña, que se me fue una tarde de septiembre de hace ya ocho años, a lo grande, como siempre había vivido, me llevaba a su pequeño santuario.
«¡Si yo lo único que quiero es morirme en el otro milenio! ¡No me jodas que no lo voy a conseguir, Carlos!» –me decía mientras me apretaba la mano con todas sus fuerzas, me miraba con la valentía del que sabe lo que le aguarda y me sonreía con la tranquilidad del que ama y es amado-.
Mi madre me dejaba en su casa, pronto, sobre las nueve y media.»Así por lo menos Papá no estará solo los Domingos –le decía mi madre a sus hermanos-, que un niño hace mucha compañía.
«Hola Papá, aquí te dejo el niño, llévalé al parque y que no se me manche mucho, eh!».
«Sí, sí hija, tranquila, tú vete, que luego sobre las ocho ya os acerco yo al nieto ¡Adiooosss!»
Se había quedado viudo hacía apenas dos años.
Mi abuela…, aún la recuerdo con su cara guapa, como de muñequita de porcelana, sus mofletes de angelote de Murillo y sus ojazos negros, como dos hermosos azabaches.
Siempre había estado enferma y, un día de invierno, voló junto con las hojas secas que el viento arrastró aquel cuatro de febrero. Elevó sus alas de Ángel y subió tan alto que ahora apenas llego a ver su rostro entre las burbujas de la gaseosa.
-Bueno Carlitos –el abuelo miró su reloj- yo creo que tu madre ya se ha metido en el Metro, qué, ¿Nos vamos?
-Sí abuelo, vámonos –le respondía yo entusiasmado- que mamá ya irá por lo menos por «Pirámides».
-¡Pues hala! Espera que eche un «pis» y me peine un poco, que un hombre siempre tiene que salir a la calle bien meado y sobre todo, sobre todo hijo, muy bien peinado, que aunque no lo parezca es muy importante –decía él mientras se levantaba de un sillón rojo chillón que tenía en el cuarto de estar, desde que yo recuerdo-.
-Venga Carlitos, a la calle, ¡Que Madrid nos espera!
Y era entonces, cuando tras cerrar la puerta y descender andando los siete pisos del número veintitrés de la calle de Mercedes Arteaga, saludar a algunos vecinos «hombre Gregorio, buenos días, pero que bien te veo, estás cada día más joven ¿Y este niño, tan rico! Este es el de Mari Carmen, ¿A que sí?, anda chaval dame dos besos que yo conocía a tu madre desde que era como tú.»-, comprar el «YA», enfilar la calle del Radio y girar a la derecha, mi abuelo y yo encontrábamos el Santuario de que hablaba.
El «Bar La Perla». No había sitio como ese en el mundo entero.
Al abrir la puerta, un delicioso olor a chocolate y a churros recién hechos lo inundaba todo.
-Hombre Goyito, ¡A los buenos días!, bueno, Goyito  y compañía. Hola Carlitos, ¿No le das un beso a tu tia Patro?
-¡Pues claro que sí, Patro! –le respondía más contento que unas castañuelas-
Y me metía detrás de la barra, le agarraba por la cintura y ella me llenaba de besos y carantoñas.
La Patro era, la dueña de «La Perla», una mujer de unos cincuenta y bastantes años, alta, morena, «Y con una delantera, mejor de la del Real Madrid, eh Carlitos» –me comentaba mi abuelo al oído algunas veces, cuando ella no miraba-.
También era viuda, desde hacía por lo menos veinte años. Lo único que tenía era aquel bar, los recuerdos de su Mariano y el tremendo cariño que todo el barrio tenía por ella. No tenía hijos y, para ella, el ver entrar a un niño por la puerta de su local era una total bendición.
-Bueno caballeros, que les pongo, hoy invita la casa, que me siento yo espléndida.
-Hombre, Patro ¡Muchas Gracias!, -respondía mi abuelo- como se ve que me quieres bien, ¡Ay, si tuviera quince años menos te iba a cortejar yo como te mereces!
-Anda quita Zalamero, que no eres más que un liante –decía ella algo avergonzada-. Bueno tú, Goyito un café y dos porras y aquí para Carlitos ¡Te apetece un buen chocolate caliente con media docenita de churros?
-Vale Patro, estupendo.
-¡Pues que marchen! además hoy, mira, me voy a hacer también yo uno y así os hago compañía.
Y los tres durante más de una hora, hasta más o menos las once de la mañana, dejábamos pasar el tiempo entre historias de la Guerra, recuerdos del Pueblo de Patro, alguna lagrimita lanzada al viento y cinco o seis chistes verdes que mi abuelo siempre contaba.
-Pero hombre, Goyito, no cuentes esas cosas delante de tu nieto que apenas tiene nueve años. -decía Patro mientras me tapaba las orejas con aquellas manos tan suaves-.
-¿Y qué más da? –respondía mi abuelo- los hombres, desde bien pequeños tienen ya que saber como es por dentro una mujer, sino que? Mira ahora que cada vez hay más «mariquitas» y eso es que en su casa nadie les ha contado nada de nada.
-¡Ay, que hombre éste! –comentaba Patro entre un suspiro-.
Y yo me los quedaba mirando a los dos sin que se dieran cuenta. Se querían. Ojalá, la Patro fuera mi nueva abuela.
-Bueno Patro, nos tenemos que ir –mi abuelo miraba el reloj- que si a éste no le da el sol en el parque, después mi hija me hecha la bronca. Luego por la tarde cuando deje a éste en casa de sus padres me acercaré a ver si sigues tan guapa.
-Bueno, bueno, pero portaros bien y tú Carlitos, dame un buen beso y cuida de tu abuelo que es un «golferas».
-¡Sí Patro!
Y los dos salíamos por la puerta camino del Parque.
No estaba muy lejos, como a diez minutos. Mi abuelo se sentaba a leer la prensa y yo a jugar en el columpio, con algún «Madelmán» que me había traído o sencillamente me sentaba al lado de mi abuelo a que me leyera alguna noticia de interés.
-¡Anda, mira ésta!  –el abuelo se recolocaba las gafas- «F.H.I, de 45 años fue detenido la pasada noche en los alrededores de la venta del Batán, al intentar emborrachar con coñac a unos de los toros que iban a ser lidiados al día siguiente en la plaza de Carabanchel y……..» ¡Pero que mundo Carlitos, que mundo!
El resto del día pasaba plácidamente. Regresábamos a su casa y comíamos en la mesa de la cocina.
-A ver que ha traído hoy tu madre… ¡Hombre, croquetas, que buenas! y después, ensaladilla Rusa, estupendo. Hala, vamos a poner la mesa y a manducar que son las dos y ya hace hambre…
Comíamos, hablábamos, reíamos juntos. Mi abuelo era un tío grande.
Luego un rato de siesta «La siesta es sagrada, pero igual de sagrada que la reliquia de un santo, no lo olvides», hasta las seis.
…Bueno Carlitos, tengo que llevarte a casa, haz un pis y péinate, ¿vale?
Cogíamos el metro y…
Hoy, aquí sentado, muchos años después, aquellos días han venido a mi memoria como un viento fresco con olor a hierba.
Y el recuerdo de mi abuelo, de aquel hombre fuerte, lleno de vida y alegría estará conmigo para siempre.

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