MARIO BUNGE CONTRA LA SUPERSTICIÓN

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MARIO BUNGE

No hace diez meses todavía que murió Mario Bunge, destacado físico y filósofo argentino que llegó a centenario. Propugnaba una filosofía exacta basada en el realismo científico. Su ‘Tratado de filosofía’ en ocho volúmenes es una obra muy mencionada. Dio clases por todo el mundo y en 1966 se estableció en Canadá, donde desarrolló una cátedra de Lógica y Metafísica en la Universidad McGill de Montreal. Obtuvo más de una decena de doctorados Honoris Causa e importantes distinciones; entre ellas y en 1982, el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Les propongo indagar acerca de algunas de las cosas que dijo sobre la superstición en general. Desde joven escribió y habló contra los disparates de las denominadas seudociencias, presas de una ideología mágica, entre las que llegó a incluir el psicoanálisis y el marxismo. A todas ellas hay que someterlas a un examen crítico, también para impedir que nos limpien el bolsillo. Antiguo militante socialista, Bunge afirmó que con Marx se caminaba al desastre, pero que sin él no se llegaba a ninguna parte. El dogma tenía que ser transformado en proyecto de investigación. Creía que racionalidad y religión son compatibles: “lo que compartimos ateos y los religiosos de buena fe, los que no usan su religión con fines políticos o económicos, es mucho más que lo que nos separa”.

Sostenía con rotundidad que la superstición, la seudociencia y la anticiencia (distintos nombres, pero convergentes) no son basura que pueda ser reciclada y transformada en algo provechoso: “se trata de virus intelectuales que pueden atacar a cualquiera –lego o científico- hasta el extremo de hacer enfermar toda una cultura y volverla contra la investigación científica”.

El poder corrosivo de la credulidad se dispara si va de la mano de la política, esto es, cuando periodistas y políticos (más aún si ejercen el poder) emplean datos falsos para manipular y confundir, para intoxicar con prejuicios y apuntalar privilegios. Por lo general, la mentira viene acompañada de la prepotencia, con un tono insolente y negativo. Si cala, produce un daño enorme que no es cuantificable.

En la clara denuncia de tales desvaríos hay que saber distinguir que hay sentimientos y motivos refractarios a la lógica y que están muy arraigados. Hay que contar con ello. Más que querer imponerse con la razón (a menudo, empujados por el orgullo), lo que importa para desactivar una falsa ilusión es acertar a convencer a los captados. No es nada fácil, a veces no es posible lograrlo durante años y años.

En sus memorias ‘Entre dos mundos’, publicadas en 2014, Mario Bunge señalaba que la ciencia no inmuniza contra la seudociencia; recuérdese que hablaba de “virus intelectuales que pueden atacar a cualquiera –lego o científico”. Pero las falsas ciencias son una oportunidad para definir la ciencia auténtica y para detectar síntomas de decadencia intelectual. Decía el físico argentino: “Una filosofía que deje pasar herejías científicas no merece ser incluida en la familia de las epistemologías; y una sociedad en la que el consumo de seudociencias es comparable con el presupuesto científico apenas ha empezado a desarrollarse o ya ha comenzado a decaer”.

Por otro lado, estas creencias socavan la confianza en el método científico y distraen la atención de problemas de veras perentorios. Bunge era categórico, unas veces con más razón que otras. Decía que el abuso de la informática es tan insano como el tabaquismo y más disolvente que el anarquismo. Lamentaba que los jóvenes occidentales ni conversaban cara a cara con sus amigos, ni hablaban consigo mismos ni hacían cálculos mentales: “caminan con un ingenio electrónico en mano y la mente en blanco, pendientes casi siempre de mensajes banales: son electrozombis”. Me temo que no sólo les pasa a los jóvenes y que por ahí se cuela una vulnerabilidad que pocos echan de menos: la alergia a pensar.

 

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