MAMÁ QUIERO SER INFLUENCER

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Frente al hermano que durante la cena en familia manifiesta que quiere dedicarse a la música una vez terminado el bachillerato, en vez de estudiar la carrera de Derecho que pensaba que sus progenitores tenían prevista para él, la hermana, pequeña todavía estudiante de ESO, manifiesta ante la conformidad de aquellos con el deseo del hijo,  que ella quiere ser influencer, no sólo es un spot publicitario sino una manifestación de la tendencia a una exposición cada vez mayor de  nuestra vida en redes sociales, del poder de la imagen o apariencia frente a la autenticidad humana, la falta de rigor en nuestras opiniones, la manipulación mediática y, un sinfín  de graves consecuencias, siendo la peor de todas, al menos desde mi punto de vista, la perdida de valores al anteponer el éxito fácil al esfuerzo como fuente de nuestros logros personales, profesionales y académicos.

Nada tendría que objetar que el valor como influencer se sustentase en la esencia verdadera de una personalidad forjada a través del conocimiento, el deseo de conocer la verdad de las cosas, de la vida, del estudio y confrontación de ideas o pensamientos y en su  transmisión a través de una retórica adecuada y no como macarras de piscina, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, o lo que es el calor del verano.

El principal problema de la imagen de vida fácil y exitosa que transmiten los influencers y su proliferación está en sus seguidores ignorantes que piensan que la imagen y el éxito es permanente y que el esfuerzo no tiene el reconocimiento social que merece o al menos un resultado rápido que transforme sus vidas. Desconociendo, por tanto, también el valor de la perseverancia y de la intención.

No está reñido el carácter lúdico de las redes sociales con la autenticidad de sus contenidos, pero sí con el todo vale con sustento en una manipulada libertad de expresión, donde no existen límites al respeto de lo ajeno, de sus derechos y libertades. No se trata como algunos dicen que nuestros derechos alcanen o terminen donde empiezan los de los demás, pues sería interponer lo ajeno a lo propio, sino de procurar la convivencia o conjugación de todos ellos en la medida de lo posible.

Estimo en que tenemos una obligación como ciudadanos, cumpliendo además con un deber que nos impone nuestro ordenamiento jurídico de denunciar conductas ilícitas, convertirnos en guardianes virtuales en este caso, con el fin de proteger fundamentalmente la infancia, pero también a nuestros osados y, cada vez más, descabezados jóvenes, que en ese culto al carpe diem se olvidan de lo real dando paso a una vida de ficticia complacencia que, al final se traduce en una insatisfacción galopante, fruto de su debilidad humana  forjada o moldeada a base de ficción y no del esfuerzo personal.

En conclusión, si es que se puede concluir en un tema tan amplio como este, tal vez se trate de recordar a nuestros jóvenes, que son nuestro futuro, aquello de «póntelo-pónselo», en este caso no para prevenir el embarazo no deseado y las enfermedades de transmisión sexual, sino frente a la ignorancia de ciertos influencers, por no decir de la mayoría, y de aquellas marcas y patrocinadores que los mantienen, no por su autenticidad sino como  forma de hacer caja vendiendo una felicidad ficticia. Además de recordarles que no todos estos vendedores del placer son estériles o tienen hecha la vasectomía y por ello  pueden quedar preñados, tanto ellos como ellas, refiriéndome a sus seguidores, de la toxicidad de sus mensajes y  de csu idiotez, basada en una prepotencia mediática y no en cultivar su intelecto.

Chaval… no se puede ser tan tonto e irresponsable… madura un poquito y ponte a estudiar, tal vez te venga bien.

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