Salgo de la consulta y enciendo el teléfono, ahí me encuentro con una llamada de Ana, mi amiga, un WhatsApp de mi marido diciéndome que llegará tarde de la oficina y otro de mi hijo Miguel, este, además, añade cuatro llamadas más y sus correspondientes mensajes en el buzón de voz para hacerme ver lo urgente que es que le deje el coche para irse con su nueva novia a pasar el fin de semana a una casa rural que han abierto en no sé dónde. Empieza a temblarme el pulso según voy pasando de pantalla en pantalla. No respondo a ninguno, lo vuelvo a desconectar y entro en la primera cafetería aparentemente tranquila que encuentro.

Me siento en un rincón y le pido al camarero una tila. Cuando sale de mi boca la palabra «tila» ya paladeo un ramo de flores, es la primera vez en mi vida que tomo una, odio las infusiones, me parecen una bebida insulsa de modernos a medio cocer, pero siempre, en todas las películas, es lo que se ofrece en momentos de crisis, y si a ellos les funciona pienso «¿por qué no a mí?».
Voy a llorar, en cualquier momento voy a ponerme a llorar, no sé si por tristeza, rabia o desconcierto, mal comienzo para empezar a rellenar la primera columna que ya tengo preparada en una servilleta. El terapeuta me ha dicho que debo apuntar todo, todo lo que siento, lo que pienso y lo que hago con ello. Ante tal variedad de emociones dónde elegir no pongo ninguna, solo incluyo la hora: 17:10, que es lo único que tengo claro.
Al tercer tachón hago una bola con el papel y lo tiro al suelo. Una chica joven, que está sentada delante de cientos de folios, dos mesas más allá, me clava los ojos con descaro, alternándolos entre la pelota del suelo y mi cara. Le mantengo la mirada durante un par de segundos, «¿quién se cree que es para regañarme en silencio por mi poco civismo?», pero desisto, termino agachándome a por la lista inacabada, odiándome por claudicar, pero en el fondo sé que he hecho mal y yo… siempre hago lo que debo, salvo los deberes del psicólogo.
La dichosa servilleta ha ido a parar al último rincón bajo la mesa, entre la pata y la pared. Me hago un ocho, oigo crujir la madera y me duele en mis carnes el arañazo que rasga el suelo. Arrastro todo, silla, mesa… y aun así, mi mano no llega, solo consigue hacerlo en el momento en el que se escucha la taza contra la madera. Comprendo lo que ha pasado cuando gotas de líquido hirviendo van cayendo sobre mis riñones.
─ ¡Me cago en mis muertos! ─Exabrupto que clava la cara de la chavala encima de su libro: «Fundamentos de ciencias políticas II». Me lo dirijo a mí, pero la miro a ella. Recojo el bolso y la chaqueta y me lanzo en busca del camarero que ha desaparecido desde que ha puesto la tila que nunca ha llegado a tranquilizarme, delante de mí. Lo dejo todo como un bodegón de Zurbarán, pero modernamente desestructurado.
Me lo encuentro en un rincón de la barra, medio escondido tras un incave ocupado por dos botellas de vino, una de ellas a medio llenar, tapada con un corcho que ha perdido el color tiempo atrás.
Está, tranquilamente, hojeando un periódico deportivo en el que se pueden leer en grandes letras «Empate a uno». Nunca sabre quiénes fueron los equipos que empataron porque el salto que da tras el alarido que sale de mi boca hace que cierre el periódico y lo esconda en algún sitio bajo el mostrador, como si le hubiera pillado robándome el bolso.
Creo que le escucho decir, cuando salgo por la puerta sin decir adiós: «¿Una tila? Un dardo narcotizante te ponía yo…» pero no estoy segura, un ruido de hojas pasándose a toda velocidad impide que lo escuche con claridad. Supongo que habrá vuelto a los goles marcados ayer y a soñar con los resultados de la próxima quiniela.
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