LULÚ

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Conocí en Madrid a una mujer adulta, abandonada a su suerte, que perseguía el sexo solo por placer y terminó en ruinas. Una mujer que solo quería que la tratasen como a una niña.

Pintura de Juan Alió

“No, no intentes madurar. No intentes crecer”. Se lo pidieron todos los hombres que conoció.

Eso no es la inocencia y mucho menos pureza. Volver, como un personaje, a parecer una niña es más que una incursión en lo prohibido. Es la desnaturalización y degradación del ser humano.

En algún lugar, Simone de Beauvoir está llevándose las manos a la cabeza con disgusto.

Hay a quien todavía le sorprende que los esfuerzos de la mayoría de las mujeres intenten imaginar el sexo, no como una interacción entre un dominador y una esclava, sino entre dos iguales.

La vieja forma patriarcal de ver los roles de hombres y mujeres es la iniciación en el sexo con una persona con muchos años por delante de una adolescente.

¡Parece increíble!, ¿No? Y sin embargo pasa todos los días. Hoy, también.

No es una ficción erótica cuasi pornográfica de la mujer: en el despertar sexual muchas adolescentes son seducidas por viejos amigos de la familia o violadas por cualquiera.

Conocí a Lulú en Madrid, leí su historia, la vi en el cine y me quedé paralizada, porque es la narración de las patrañas que montaron muchos de los hombres que conocí en mi adolescencia; de muchos hombres que conocieron muchas de mis amigas. Existen. ¡Lo sé bien!

En homenaje a Almudena Grandes y «Las edades de Lulú!

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