LUGARES DONDE PODER SALIR, DONDE QUERER ENTRAR…

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Nunca se me ha dado bien cerrar las puertas, me asusta, por eso siempre dejo una rendija por donde la esperanza pueda colarse y unas llaves de repuesto cerca. No echo nunca a nadie de mi vida, da igual lo que hagan, como mucho cierro los ojos y pido a todos los dioses que provoquen que se vayan solos. Miedo a la equivocación, a no llevar razón cuando repose la tempestad, miedo a la pérdida, aunque a veces, la pérdida sea tan solo ganancia.

Imagen aportada por la autora del texto

Almaceno personas como otros coleccionan sellos o guardan periódicos antiguos y todavía, con más ahínco, si el sexo es masculino. Los hombres, sea cual sea la relación que haya mantenido con ellos, son guardados, uno encima de otro; he aprendido a doblarlos como en los tutoriales de YouTube, para que entren más. Me rio mientras lo pienso, aunque no tiene ninguna gracia si se piensa bien, no habría que guardar lo innecesario que solo ocupa espacio, hay que poner resistencia al apego, también al afectivo.

A veces tengo la sensación de que mantengo relaciones como si tirara de una maroma, y es tan cansado, las manos terminan por despellejarse de tanto forzar, pero siempre me digo: «venga un poquito más, que por algo mereció la pena» y pensar en pasado debería advertirme de que no, que estuvo, que fue, que ya no es.

Siempre he tenido una casa imaginaria, desde muy pequeña. Primero fue una pared en blanco, que me ayudaba a dormir y a no tener pesadillas y luego, poco a poco, la fui decorando. Creo que nunca he terminado de hacerlo, durante años he cambiado muebles, ciudades e inquilinos. Fuere como fuere, lo primero que vi en esa casa, aun cuando la obra estaba en gris, fue el vano de la puerta, a la izquierda de la fachada. La diseñé en mi cabeza tal y como la pintaba de pequeña en un papel, solo que, en esta, cada lado no es de un color distinto, salvo las cortinas que están recogidas a los lados de las ventanas, las de la cocina tiene lunares amarillos. También son de colores las tiras de la puerta, esas de plástico tan feas que parecen matamoscas y se pegan a la cara cuando entras o sales. Cubren una puerta de madera con manilla de hierro que solo permanece cerrada durante alguna temporada, cuando no quiero entrar.

En mi casa de la infancia, en la de verdad, en la de mis padres, nunca se echaba la llave, se cerraba de un portazo, bien es verdad que una puerta de aglomerado como aquella se podía tirar abajo con el soplido de un lobo famélico.

En el descansillo de la escalera dejábamos los paraguas y los bastones, también la bombona de butano que había de repuesto. «¿Quién va a subir a robar a un cuarto piso sin ascensor habiendo tres antes?», decía mi padre. Y subieron, claro que sí, pero solo se llevaron los paraguas, supongo que la bombona pesaba mucho para echarla al hombro. Ese día abrí la puerta porque escuché ruido y un chaval corrió escaleras abajo. Nunca más quise quedarme en esa casa sola y eché de menos una cerradura de seguridad durante años.

Tal vez para mantener las puertas abiertas se tenga que tener la certeza de que quien vaya a entrar no te va a hacer daño.

 

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Carolina Saavedra
«Sueño para escribir y escribo para seguir soñando» dice Carolina Saavedra, escritora madrileña. Así lo cuenta y lo escribe, para que se cumpla. Con Cuentos de Ulises mudo, sirenas varadas y otros mares, cierra lo que ella define como «trilogía del amor y la devastación». Esa triada la completan su segunda novela Cuando Nevers invadió Hiroshima, editada en 2022 y Palabras para no borrarte, un pequeño diccionario poético publicado a finales de 2020. Antes de ese trío, en diciembre de 2019, nació su primer libro, Eva de paso. Ella se define como una cuentista que a veces escribe de más y las historias cortas le crecen sin que pueda evitarlo, convirtiéndose en novelas. Pero en su opinión: «lo importante se encuentra en el detalle mínimo, ese de donde brotan todas las palabras».

2 COMENTARIOS

  1. Me encanta leerte, Carolina.

    Hay grandes corazones femeninos, incapaces de dejar de amar; también los hay, incapaces de perdonar.

    Las puertas blindadas y con alarma son la mejor garantía de que no te roben; sobre todo el corazón…

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    • Y a mí que leas mis cuentecillos Muchas gracias por ser tan amable. ¿Sabes? Tendríamos que tener hogares con grandes ventanas por donde entre mucha luz.
      Un besazo

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