LOTERÍA NACIONAL

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Ha llegado a mis manos una participación de un sorteo del año 78, emitida por el Partido Comunista de España. Por lo que se ve, pensaban alcanzar el Hombre Nuevo ganándose el gordo. Pues ni lo uno ni lo otro.

Aquel año España, como el boleto de lotería que les muestro, era un “totum revolutum”. Parafraseando a Gramsci (y se non è vero, è ben trovato), lo viejo no terminaba de morir y lo nuevo no terminaba de nacer. Las sombras tenebrosas del antiguo régimen aún oscurecían numerosos aspectos de la vida del país, pero el Partido Comunista ya podía salir a la calle. El terrorismo mataba a diestro y siniestro, literalmente hablando, pero poco a poco la sociedad iba respirando un ambiente de libertad. El país iba pasando la página de un periodo ominoso, pero sus antiguos dirigentes, destronados, clamaban contra la ola de inmoralidad y libertinaje que lo inundaba todo. Y algunos militares, con el gesto torcido, rumiaban un rencor espeso.

Sin embargo, existía (y existe) una cosa que unía a todos los participantes en aquel melodrama: el deseo de ganar la lotería. Uno de nuestros rasgos nacionales es el fervor por doña Manolita y sus presbíteros. No es de sorprender que, en enero de aquel año fundacional, el Comité Provincial del Partido Comunista de Murcia (reconozcámoslo: la palabra Murcia le quita glamur al pomposo enunciado), compró dos números y puso a la venta unas participaciones.

Convengamos que lotería y comunismo, en principio, no pueden ser cosas más opuestas: según la teoría marxista más ortodoxa, el paraíso en la tierra no debe ser alcanzado mediante un golpe de suerte, sino con la conquista del poder por la clase trabajadora y la nacionalización de los medios de producción. Además, los sorteos no son más que una herramienta más del capitalismo para sacarle las perras a los pobres bajo la promesa de una fuerte, e improbable, suma de dinero que cambiará sus vidas. O sea, un elemento más de alienación de los que se dota la burguesía. Lotería, de entrada, no.

Aunque ahora que lo pienso, los comunistas sí que jugaron mucha a la lotería: la de las purgas. Como describe Yuri Slezkin en “La Casa Eterna”, durante años los miembros de la nomenklatura se acostaban por las noches sin saber si serían agraciados con la visita de algunos miembros de la NKVD (o posteriormente la KGB), aporreando sus puertas a altas horas de la madrugada. Los premios, comprados involuntariamente en la administración de don Iósif Stalin por un quítame allá esas pajas disidentes, podían ser muy variados: un disparo en la nuca tras varios días de torturas, previa confesión y arrepentimiento público o privado; el mismo premio, pero precedido de varios años en un gulag siberiano; el kit “gulag sin disparo, pero muerte por inanición”. Y muchos otros, en descendiente grado de intensidad, que no de crueldad moral, hasta llegar a la simple destitución de tu puesto de trabajo o el borrado de tu memoria académica. El único que sabía que tenía todas las papeletas para el premio gordo era Trotsky, que aún así no pudo evitar un grito de sorpresa cuando le estamparon un piolet en la cabeza. Algún trotskista debe andar todavía por ahí.

Algunas de estas cosas aún pasaban en la madre Rusia cuando, ajeno a ellas, un secretario de comité provincial decidió financiar las actividades del partido con participaciones en el sorteo del 21 de enero del 78. Ya se sabe que el comunismo se ha caracterizado por su pragmatismo, o sea que ¿por qué no? Ya lo dice el reverso del boleto: consolidemos la democracia hoy para conseguir el socialismo mañana. Ganemos la lotería ahora, para suprimir la propiedad privada cuando llegue el paraíso en la tierra.

Este papelito es un delicioso reflejo de la contradicción humana: en él, el aguilucho franquista (ahora de revival) convive con el logotipo del PCE, que apenas ha variado desde entonces. No se dice “Lotería del Estado” sino “Nacional”, con todo lo que esta última palabra tiene de connotación para los antiguos luchadores. La ilusión del jugador, la improbable promesa del premio, financiado por el gobierno que el comprador pretende, algún día, derribar, conviven con la disciplina de partido y de clase que emana del boleto. En medio de tanto lío, qué país frágil, ingenuo y joven éramos entonces.

Me he tomado la molestia de comprobarlo: a estos números no les tocó ni la pedrea. Algo se debió sacar el partido, eso sí. Cabe suponer, sin embargo, qué hubiera pasado si hubiera caído el gordo. Imaginen a la televisión del momento (o sea, la primera cadena) conectando con la sede provincial del partido, donde se descorcharían botellas de espumoso y los militantes, abrazados, bailarían en corro, como en cualquier bar de España. Pasada la euforia, los habría que, en estricto cumplimiento de su compromiso histórico, habrían destinado al partido la totalidad de su premio y continuarían la lucha en total austeridad. Otros, quizá, habrían preferido combinar una donación a la causa con una justa retención particular, para aquello de “tapar agujeros”. Los más se habrían comprado un coche, o terminado de pagar la casa; y por supuesto, algún irresponsable se lo habría pulido todo en gambas de Mazarrón.

Quizá, quien sabe, alguno hubiera montado un negocio con el premio. A lo mejor, con un poco de suerte le habría ido bien, y al cabo de los años habría terminado defendiendo a ultranza la propiedad privada, convenciéndose de lo abusivas de las cuotas sociales, de lo inasumible del coste del despido y de la innegable tendencia a la vagancia de sus empleados. A tomar por saco el comunismo. Tal vez hubiera terminado golpeando las cacerolas en su jardín. Y hoy jubilado en su chalet de Altorreal, se tomaría un merecido gin-tonic junto a la piscina, echando pestes de las oleadas de inmigrantes que vienen a recoger tomates y frutas a la huerta y lo dejan todo perdido.

Porque al final, ni el Hombre Nuevo estaba a las puertas ni se iba a conquistar el socialismo tras la democracia. Toda una vida después de la impresión del billetito, la única conclusión es que se hizo lo que humanamente se pudo. Mejor eso que tener clavados en la cabeza los más elevados ideales, porque estos acaban jodiéndolo todo. Feliz día 22 y mucha suerte.

 

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