LOS OLVIDADOS

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Este tiempo de reconocimiento a los colectivos, de aplausos y loas, de preferencias en las vacunas, de discursos que prometen que nadie se va a quedar atrás, si uno se fija con cuidado, hay al menos un colectivo que ni ha recibido aplausos, ni recibe vacunas, ni nadie parece haber reparado si está atrás, adelante o, ni siquiera, si existe.

Como estoy convencido de que puede que haya más de uno, porque son colectivos que salvo que te toquen directamente nadie parece recordarlos, salvo cuando existe la necesidad de recurrir a ellos, voy a aclarar que me refiero a los reparadores, a ese conjunto de autónomos y pequeñas empresas siempre pendientes de prestar  servicio a quien sufre un siniestro en su hogar, en su comunidad  o en su empresa.

A lo largo de este, ya casi, año, no los he oído mencionar, loar, reconocer, en ningún momento. Ni en los tiempos más duros en los que iban de un sitio para otro arriesgando su salud, muchas veces sin un equipamiento suficiente para evitar el contagio, trabajando en viviendas donde había casos, ni cuando contribuyeron de forma destacada a la adaptación de instalaciones de todo tipo como hospitales de emergencia, ni en el día a día posterior donde, en su labor continua e infatigable, siempre están donde y cuando se les necesita. Tampoco vi que se reparara en ellos cuando se definían los trabajos de máxima necesidad, y se les consideró como una parte más de la construcción, creando situaciones de conflicto que solo la buena voluntad y la paciencia permitieron solventar.

De primera mano sé de un fontanero al que, en pleno confinamiento, pararon en un control. Enseñó su autorización, su asignación de trabajo, y la respuesta del policía fue cuestionar la necesidad de su trabajo. El fontanero, con más sorna que paciencia, a decir verdad, le contestó: “Bueno, si mañana se rompe una tubería en su casa, me llama y yo me encuentro con un compañero suyo que no entienda la necesidad de su trabajo, tal vez usted si la entienda”.

Ahora ha llegado el tiempo de las vacunas, el tiempo en que vacunar es una medida preventiva entre la población de riesgo para evitar los contagios. Y tampoco ahora he observado que los reparadores estén entre los colectivos a los que se les dé prioridad en su acceso a ellas. He oído hablar de los taxistas, los maestros, los camareros, los sanitarios… pero no he oído que nadie mencione a los reparadores, a los carpinteros, fontaneros, pintores, electricistas, albañiles, cerrajeros… que ante una emergencia están a pie de obra, haciéndose cargo de la incidencia y logrando que nuestra vida confortable no sufra por el contratiempo más de lo estrictamente imprescindible.

No pretendo, ni soy quién, para erigirme en portavoz de un colectivo tan numeroso como diverso, de esa legión de personas que a lomos de sus vehículos, abarrotados de materiales y herramientas, sufren los rigores, las inclemencias, los sinsabores de los inconvenientes de todas las demás personas, y a veces el mal humor de quién los requiere.

Ni siquiera cuando el peor momento de Filomena, durante la nevada, y en días posteriores que las condiciones de desplazamiento eran casi imposibles, cesaron en su compromiso de asistencia.

No sé tampoco cuántos de ellos aceptarían esa prioridad en la disposición de la vacuna, que además les serviría de tranquilidad a sus familias, porque también tienen familia. Ni siquiera cuantos estarán dispuestos, o no, a hacer uso de ella, de la vacuna, pero lo que sí sé es que, sin menospreciar la labor, el riesgo, de otros colectivos, sin duda los reparadores son uno de los colectivos más necesarios, inmediatos y en riesgo de los que día a día trabajan para la sociedad. De los más necesarios, y el más olvidado.

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