Si tuviera la habilidad y el valor suficiente, escribiría una historia en la que la protagonista fuera asquerosamente feliz. Y sí, sería ella y no él, porque así lo acabo de decidir, en el instante mismo que Mª Luisa, la peruana que me hace la cera, me dice que me ponga boca abajo, para acabar de depilarme las piernas.

No sé por qué mi cabeza ha ido por esos derroteros, creo que ha sido en el momento, en el que, entre tirón y tirón, mi torturadora estaba disertando sobre las energías positivas y la importancia de tener buenos pensamientos para que tu vida sea feliz.
Aquí, en el salón de su casa, retorciéndome de dolor, antes de que el resto del mundo haya amanecido aún, trato de distraerme haciendo caso de las recomendaciones de Mª Luisa, y comienzo a imaginar cómo sería mi rutina en caso de poder elegirla.
Lo primero que visualizo es a mi jefe, imagino que, si yo fuera él o, mejor dicho, tuviera su trabajo; si yo fuera una escritora de renombre como él, escribiría una historia en la que un escritorcillo de pacotilla recogiera toda la porquería que yo voy dejando.
Ese pensamiento es anterior a la decisión de escribir una historia en la que la protagonista fuera feliz, supongo que, porque nunca he sido rencorosa, y porque siguiendo las premisas de mi gurú, debo de tener buen rollo para que el universo me recompense.
Es verdad que también la protagonista puede ser inmensamente feliz, observando al que hasta ahora ha sido su jefe, sirviéndola, y haciendo que pase por lo mismo que le ha hecho pasar a ella.
¡Manda narices lo guarro que es el tío! Hace un par de meses vinieron a visitarle esos de la tele que enseñan casas impresionantes, había que oír a la presentadora hablar del maravilloso chalet, y cuando hizo referencia al cuidado que habría que tener en la limpieza por estar casi todo decorado en tonos «marfilll», sí, «marfilll», dijo. A él, vestido de blanco para hacer juego con las paredes, no se le ocurrió otra cosa que contestar: «bueno, vivo solo y cuando estoy en casa me paso el día en el estudio, trabajando, además, soy bastante ordenado», concluyó con una sonrisa que también hacía juego con la casa y sus pantalones.
¡Manda cojones!, le habría matado cuando le oí desde la cocina. Dos días tardé en dejar la casa como la patena, la fiesta del sábado anterior había dejado cercos de vasos hasta en la taza del váter, y no exagero, algún invitado, un amiguete de esos modernos que tiene, debió de buscar intimidad para meterse una raya, y ya de paso, a alguna de las rubias de bote que frecuentan sus fiestas. Eso lo sé por el condón que dejaron tirado en el suelo.
A veces, cuando entro en su estudio a limpiar y veo el ordenador pienso que le borro todos los datos de su última novela, solo por ver la cara que pondría cuando comprobara que ha desaparecido toda la información.
Pero no, no lo hago, recojo la ceniza esparcida por el escritorio y le maldigo, nada más, al fin y al cabo si no vende libros no tendrá dinero para pagarme. Mejor que siga escribiendo y dejando su mierda para que yo la limpie.
─¿Te hago las ingles? ─escucho volviendo a la realidad.
─Házmelas, que nunca se sabe… ─le contesto riéndome de mi ocurrencia─ Aunque no sé qué decirte, casi mejor lo dejo para el mes que viene, este tengo muchos gastos y total, para quién me va a ver.
─¡Anda, no vas a ir con esos pelos! Págame la próxima vez si lo prefieres, total, como dicen ustedes: «para poca salud, más vale morirse».
Accedo, porque sé que lo necesito, y porque comienzo a ver en mi cabeza a la protagonista feliz, de mi historia feliz.
Es rubia y guapa, por supuesto, con una piel tan delicada y suave que nunca necesitará despellejarse con cera ardiendo.
La veo en la misma casa en la que yo trabajo todos los días, haciendo lo mismo que yo hago todos los días. Es la asistenta. Me atrevería a decir que soy yo, pero en versión remasterizada.
Pero ella sonríe, y en contra de mi voluntad, no hay en esa mujer ningún atisbo de venganza como me hubiera gustado. Está limpiando la encimera de la cocina con un trapo, en realidad no limpia, solo lo parece, porque no hay nada que limpiar.
Mi jefe, o mejor dicho el suyo, al que debería hacer la vida imposible, aparece por la puerta de la cocina, pero esta vez no bosteza ni se rasca por encima del calzoncillo. No, aparece vestido y oliendo a gel de baño, con alguna gota de agua resbalándole por el cuello todavía.
Ella, le mira embobada mientras le prepara el café, él le dice: «buenos días», y la pregunta cómo está.
Los pájaros trinan en el exterior y el sol entra por la ventana, al fondo suena Sueños de amor para piano de Franz Liszt. Porque a él le gusta la música clásica, y ella, en realidad, no es una simple sirvienta, es una mujer con una gran cultura, y en verdad su trabajo consiste en ser la mano derecha del escritor.
Así que ahora, la protagonista de mi historia no lleva uniforme de criada ni sostiene un trapo entre sus manos. Va vestida con un pantalón de crepe azul marino y una blusa de seda blanca. Elegante pero sencilla.
Cuando le pone el café al autor más galardonado de los últimos años, él se lo agradece con un beso en los labios mientras la rodea la cintura. Porque en realidad no es su ayudante sino su novia.
Le recuerda la agenda del día mientras él unta con mantequilla una tostada, además de su novia, casi mujer porque se casan en dos meses, en los Jerónimos, ella es su agente, la que ha conseguido que los dos últimos libros que ha publicado lo hayan hecho en diez idiomas.
─Estás lista, flaca, ya terminé.
Con estas palabras la agente editorial deja de serlo para convertirse en novia, que se queda en ayudante, que pasa a ser la asistenta guapa de un hombre educado, para acabar siendo la criada depilada de un hombre vulgar.
Me levanto de la camilla donde he pasado la última hora, le doy las gracias a Mª Luisa por los servicios, y por dejar que le pague el próximo mes.
Corro hacia el autobús, tengo que coger el que sale a y media, si lo pierdo no llegaré a tiempo para preparar el desayuno.
Sé que no tengo la habilidad suficiente para escribir una historia feliz, pero tal vez tenga la suerte de que el escritor hoy se duche y se vista para desayunar.
PARA ADQUIRIR LIBROS DE LA AUTORA HAZ CLIC AQUÍ





