LO QUE NO SE BESA NO SE PISA…

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Solo quiere que la trate bien. Permanecer agazapada en la necesidad de él, apenas existente, de dispensar ternura. Esa, que algunas veces, muy pocas, escapa de sus manos.

Imagen de Carolina Saavedra

Que le caiga algo, alguna gota que sobre de todo lo regado. Ella solo quiere lo que no existe, así había sido toda su vida; querer lo que no es y poder con todo.

Si algo ha aprendido con los años es que siempre se puede más, hasta con lo que ya no apetece ni gusta, la espalda se ensancha con el tiempo y se fortalece con las cargas. Ahora, que ya no duerme, piensa: Si los sueños no se cumplen ¿dónde van?

Y en esa preocupación de no dejar escapar, de no poder terminar, de haberse equivocado; se entretiene dando saltos, intentando meter la cabeza entre sus piernas, por si en algún momento, distraído, alguna palabra amable se escapa y le toca en el reparto.

Mientras, se dice que eso no tiene nada que ver con su fantasía en la que todo es grande, hasta los sentimientos que le parten el corazón. Ahora todo es como el mercadillo de los sábados en un barrio de la periferia: desordenado, vulgar y lleno de gente.

En su sueño solo caben ellos, ya sea con las piernas colgando en lo alto, agarrados de la mano y siempre, con la desnudez de él sin enfriar en la retina, camuflado entre las piedras.
Parece que todo importa mucho hasta que un día descubre que no, que ya casi nada. Tan solo lo justo para que el orgullo y la vanidad no se desmoronen antes de encontrar una excusa conveniente. Mientras tanto, cada uno de sus hombros sortean como pueden las ofensas y las rebotan de nuevo al agujero donde se reúnen todas las cosas que comienzan a dejar de doler.

Como Faulkner, entre la pena y la nada elije la pena, el rojo de su luto al gris indiferente, la sangre a borbotones a la vejez arrugada del alma. Aun así, con toda esta vida que le desborda, mendiga, y con la lengua recoge las miguitas que encuentra a su paso, que no sacian, pero distraen. Escarba bajo sus pies, los recorre y los hace cosquillas con los dedos índice y corazón, solo para llamar su atención, para hacerle recordar.

«No es él, soy yo», piensa. Sí, eso es, él solo rellena los espacios vacíos como un engrudo de harina y agua, un pegamento de andar por casa que termina por separar lo que mantiene unido, cada vez por menos tiempo.

Ella, en cambio, es el elástico de la goma que se da de sí de tanto tira y afloja, pero que siempre vuelve a su forma original, borrada de mancha, neonata y olvidadiza; dispuesta otra vez a cometer los mismos errores, a disfrutar con los mismos aciertos.

Se transforma en un tirachinas que arroja deseos al aire para verlos incumplirse, sabiendo que mientras los lanza son suyos. En ese instante no piensa que se van a evaporar cuando rocen la mínima turbulencia.

Gritaría si así la escuchara, pero él es un sordo poco convencional. Solo oye cuando quiere y a quién quiere, y a ella, la quiere poco y mal. Lo ve girando la cabeza hacia otro lado cuando descubre la paja ajena y continuar el camino cargado con su viga a cuestas, solo por no dar el brazo a torcer.

A ella le duele todo tanto que se le abren las carnes, también lo hace un poco por ventilar, para exudar la rabia que le escuece dentro.

Ve el paso de su vida en un constante ir y venir por la misma acera. La baldosa levantada desde hace años, la raíz del árbol que eleva la parte izquierda… Nada ha variado, ni siquiera la nube gris que nunca se sabe si va a terminar de reventar empapándolo todo o en una tormenta seca de relámpagos y truenos.

Nada va a cambiar porque las obras son demasiado costosas y tiene más cuenta seguir tropezando y cayendo una y otra vez que arreglarlas para siempre.

Decide estarse quietecita si él no tiene ganas de jugar, intenta respirar poco, no vaya a ser que se le escape un suspiro y le entre en el ojo, que la culpe también, de lo poco que ve por no querer mirar.

Vive amarrada a sus talones, perpendicular a su espalda, viendo la mierda que lleva pegada en las suelas de los zapatos. Ella está, aunque él no se dé cuenta de su existencia ni de su tamaño, que crece o encoje en función de la época y del frío.

Él no mira hacia atrás, es por el miedo cobarde que no ve el rastro casi negro que deja por donde pasa ni esa silueta que le sigue donde va. Es la vida que se le escapa como un chorro fangoso entre las curvas memorizadas de aquella mujer.

 

 

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Carolina Saavedra
«Sueño para escribir y escribo para seguir soñando» dice Carolina Saavedra, escritora madrileña. Así lo cuenta y lo escribe, para que se cumpla. Con Cuentos de Ulises mudo, sirenas varadas y otros mares, cierra lo que ella define como «trilogía del amor y la devastación». Esa triada la completan su segunda novela Cuando Nevers invadió Hiroshima, editada en 2022 y Palabras para no borrarte, un pequeño diccionario poético publicado a finales de 2020. Antes de ese trío, en diciembre de 2019, nació su primer libro, Eva de paso. Ella se define como una cuentista que a veces escribe de más y las historias cortas le crecen sin que pueda evitarlo, convirtiéndose en novelas. Pero en su opinión: «lo importante se encuentra en el detalle mínimo, ese de donde brotan todas las palabras».

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