LISTAS INFINITAS

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Hacer listas: esa es mi última adicción. Fui al psicólogo para que me sacara de otras y me traje esa a casa por su manía de que todo lo apuntara: lo bueno, lo malo, lo hecho, lo que está por hacer. Todo. Ahora todo pasa por ser escrito en un papel, un testigo de mi fuerza de voluntad que se ha ido deformando con el paso de los años.

Imagen aportada por la autora del texto.

Dibujo una flor debajo de la palabra «callar». Una flor cabeza abajo, lánguida, mustia… Después subrayo «callar».

Al principio eran propósitos, todos los días los mismos; al día siguiente, según hubieran sido cumplidos o no, los tachaba con amarillo fosforito. También siempre los mismos:

  • No hablar.
  • No comer.
  • No beber alcohol.
  • No fumar.
  • No soñar.
  • No…

Con el tiempo, solo aguantó ser el destacado de la lista «No fumar»; los demás fueron y vinieron. Nunca hubo pleno. Las premisas se convirtieron en una distracción, una costumbre a la que añadía cosas de vez en cuando; cosas que sabía que eran inevitables, hiciera lo que hiciera, solo por el placer de tacharlas. Me hice adicta a los listados y a los rotuladores fluorescentes.

Convertí las sentencias negativas en positivas a ver si así surtían más efecto, engañando al cerebro con un poco de optimismo. Pensaba que si quitaba el «no» de delante sería todo más fácil; siempre lo es, pues la negación paraliza y trauma. No es lo mismo decir «no te voy a volver a ver» que «dejemos de vernos».

  • Comer sano.
  • Beber agua o bebidas sin alcohol.
  • Soñar con criterio.
  • Sí…

Ahí ya eliminé lo relacionado con el tabaco; a cambio, fui añadiendo cosas al azar:

  • Hacer deporte.

Después llegaron otras: las que se me ocurren en los días de grisura o cuando la niebla se derrama sobre el bolígrafo y este se derrumba sobre el papel. Y cuesta, cuesta levantarlo, como si estuviera amarrado a una tonelada de piedras, o de letras, o de palabras que se han escapado de las frases hechas y ya no saben adónde ir.

Entonces escribo «rojo» y escribo «mar» y escribo «vida». También «amigos», «soledad» y «tren». De cada una de ellas dejo colgar otras, como racimos de uvas en septiembre.

Del «rojo» gotea «sangre», «pasión», «carne»… También pende «mar» y pende «vida». Los días que se visten de gris, yo los saco a pasear de rojo y esos, esos nunca están tachados porque me gustan así, desnudos y libres.

Hacer listas es duplicar la conciencia, la mala, la que te tortura y no sirve para cambiar nada, no tiene otro sentido que no sea el poder castigarse a uno mismo con el reproche. Apuntar todos los días lo mismo —como todos los vicios— no es útil, salvo quizá para encontrar una falsa calma en el placebo de la repetición; en la posibilidad de colgar universos de las palabras que pierden el significado a base de insistencia o, simplemente, que se cumplan por el hecho de haber sido escritas.

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Carolina Saavedra
«Sueño para escribir y escribo para seguir soñando» dice Carolina Saavedra, escritora madrileña. Así lo cuenta y lo escribe, para que se cumpla. Con Cuentos de Ulises mudo, sirenas varadas y otros mares, cierra lo que ella define como «trilogía del amor y la devastación». Esa triada la completan su segunda novela Cuando Nevers invadió Hiroshima, editada en 2022 y Palabras para no borrarte, un pequeño diccionario poético publicado a finales de 2020. Antes de ese trío, en diciembre de 2019, nació su primer libro, Eva de paso. Ella se define como una cuentista que a veces escribe de más y las historias cortas le crecen sin que pueda evitarlo, convirtiéndose en novelas. Pero en su opinión: «lo importante se encuentra en el detalle mínimo, ese de donde brotan todas las palabras».

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