Aunque hablar de «tragaderas» es referirse de manera coloquial a la faringe, lugar por donde transita el bolo alimenticio desde la cavidad bucal al estómago, sin embargo también es una expresión que de manera peyorativa engloba a todos aquellos sujetos y sujetas que resultan fáciles a la convicción sobre cualquier aspecto que se somete a su consideración que pueda implicar una lucha interior y exterior a una agresión o abuso de fuerzas de un tercero o una colectividad, por falta o incapacidad de crítica, lo que finalmente se traduce en una pasividad o permisividad que de modo similar a la anatomía de la faringe permite que todo le resvale, como un autómata sin dignidad, o como manifestación de su cobardía contra las injusticias que sufre.

Sí, cada día va aumentando el número de cobardes con grandes tragaderas, que deciden meter la cabeza bajo el ala ante un mundo cada vez más convulso, más injusto, más desigual; ante políticos populistas, da lo mismo de un color que de otro que, únicamente son capaces de articular exabruptos contra los contrarios generando un ambiente de crispación y división en el que se desenvuelven como pez en el auga cual macarras en una pelea de barrio.
Soy consciente, que el desánimo es la principal causa del abandono de la lucha contra la injusticia y el abuso político, bajo la creencia que nuestra particular oposición carece de fuerza de presión en comparación con esa masa que decide no ver, no oír y no hablar, es decir, utilizando el argumento, que: «como los demás no luchan yo tampoco», en vez de pensar que muchas revoluciones en la historia de la humanidad han tenido su origen en el audad comportamiento de valientes pesonas que a nivel individual decidieron plantarse frente a la opresión, la injusticia o el abandono de quienes, por su representación política, debían velar por los intereses colectivos de la comunidad que representan. Héroes que ante la percepción de la subyugación del pueblo decidieron alzar la voz con un «basta ya», sin miedo a las represalias, sacrificando o poniendo en riesgo su vida, incluso la de sus allegados.
No estoy hablando de una revolución subversiva, sólo de ser critico, de tener una opinión personal y manifestarla sin miedo, contra el alineación social a ideologías baratas y manipuladoras de control social y político, a esta cultura woke de blandiblup donde no se valora el esfuerzo, tratando igual al vago que al que cumple con sus obligaciones laborales, además de las sociales y fiscales; donde el auxilio social tiene como finalidad fomentar estómagos agradecidos al político de turno más que corregir desiguales a través de una política de igualdad de oportunidades en vez de una discriminación positiva a favor del que menos esfuerzo hace, dando por sentado que los que más tienen son los malos y los que menos los buenos; sin miedo a ser denostado en ciertos foros o colectividades donde el borreguismo, el amiguismo y el conformismo campan por sus anchas para obtener favores que luego se intercambian por votos para consolidar en el poder a políticos corruptos, inútiles que confrontan continuamente a la sociedad, y que se mantienen en la poltrona con el apoyo de minorías parlamentarias nacionalistas, o de partidos de extrema derecha o de extrema izquierda, según quien gobierne, dentro del mismo espectro político.

No sólo hablo de España, sino de todo el mundo occidental, donde imperan democracias populistas, cada vez más dogmatizadas por «ismos», con los que los ciudadanos se identifican porque prefieren que otros piensen por ellos más que pensar por ellos mismos, que otros trabajen para sostener el sistema apuntándose al auxilio social en vez de demandar empleo; o en el lado contrario exprimiendo al trabajador, evidentemente no para compensar el riesgo empresarial del empleador, sino para obtener beneficios ingentes que no repercuten en el circuito social o responden a la solidaridad para corregir los extremos, mediante una política fiscal distributiva y equitativa según los ingresos, y no hablo de los pequeños autónomos o empresas que se esfuerzan en mantener a sus empleados, sino de grandes coporaciones y grandes fortunas.
Sí, vivimos en un mundo de tragadoras, donde ni siquiera existe, por asomo, el sentido común, cuanto menos el criterio personal fruto de un librepensamiento y una sosegada reflexión sobre los problemas que acucian a la humanidad y que van en contra de la dignidad de los ciudadanos, donde comulgamos con todo, por cobardía y conformismo.
Luego están los que continuamente promueven la confrontación, la lucha callejera, el radicalismo de las ideas, que denominan lucha social, casi siempre arengados por políticos cuya única intención es sacar partido de la división de los ciudadanos con su monótona petición de dimisión del contrario cuando ellos también han caido en algún momento y siguen cayendo en la misma tela de araña de la corrupción, de la ineficacia, incluso de la conducta delictiva.
Eso es lo que tenemos, así que no nos llevemos las manos a la cabeza, cuando vemos y oímos noticias que nos muestran la enfermedad del mundo, con amenaza de muerte por guerras a doquier, cuya principal causa es la epidemia del conformismo social globalizado frente a políticos dispuestos a una tercera guerra mundial bajo la enajenación del poder que ostentan, al frente de imperios de poder que nosotros mismos hemos fomentado y alimentado con fundamento en un débil y aparente equilibrio de fuerzas entre oriente y occidente. Que patético es todo. Que fácil es convencer a la masa sin criterio, a los alineados políticos, en defintiva a los débiles de conciencia y consciencia con lo que está sucediendo a su alrededor.




Extraordinario artículo.
Ojalá la lucha por la libertad y la justicia en la verdadera democracia vaya instalándose en los pueblos cada vez más.