LAS MISERIAS HUMANAS (VI): Los abandonados

Existen situaciones intolerables en nuestra vida cotidiana, situaciones intolerables que la falta de solidaridad institucional convierte de necesariamente extraordinarias en lamentablemente ordinarias, tan ordinarias que acaban sumiéndose en el olvido de una sociedad preocupada por el bienestar egoísta de cada uno de sus miembros, que tienden a delegar esa solidaridad necesaria, de cercanía y calor humano, en una supuesta solidaridad institucional, lejana, fría, cuando no inexistente.

Hablábamos hace unos días de la miseria humana sufrida por nuestros mayores en residencias que han sido ignoradas en sus desesperadas necesidades por todas las instituciones a las que les correspondía supervisar, dotar y reforzar estos centros porque eran de su competencia.

La miseria humana que hoy quiero traer ante vuestros ojos tiene los mismos protagonistas, nuestros mayores, pero sus circunstancias son tan terribles, ni más ni menos, como las de los ancianos confinados, atrapados entre cuatro paredes con su asesino. Hablo de los ancianos que conviven con su soledad y su deterioro en viviendas sin que haya familia, ni amigos cercanos, que siga su evolución y sus necesidades, que pueda, en un momento crítico, suplementar esas carencias, que ordinariamente son de cariño y atención, y extraordinariamente, como lo es actualmente, son de cuidado y alerta, de tomar decisiones necesarias en el momento necesario.

Las estadísticas de nuestros mayores muertos en colectivos desamparados son terribles, son indignantes, son imperdonables, pero me temo que las estadísticas de los muertos en soledad en su casa, sin atención ni compañía, no lo sean menos.

Es dramáticamente más impactante imaginar a un grupo de ancianos y cuidadores, en algunos casos tan ancianos como ellos, debatiéndose colectivamente entre la vida y la muerte. Esa colectivización, el entorno cerrado, la desesperación ante lo inevitable, hace que el dramatismo de la situación nos traspase y remueva nuestra conciencia.

Pero no creo que sea menos dramático, con el dramatismo del abandono, de la soledad, con la miseria de la posible incapacidad de tomar resoluciones llegado el momento crítico, el episodio de la muerte en absoluto abandono de muchos de nuestros mayores, que han muerto en su casa sin que nadie los asistiera ni aliviara su padecimiento debido al confinamiento en que nos encontramos sumidos. Nadie Parece haber pensado tampoco en ellos, nadie parece haber tomado medidas para paliar una problemática perfectamente previsible.

Todos los que hemos vivido el deterioro de nuestros mayores sabemos que, llegado un cierto momento de esa evolución, existe una incapacidad manifiesta de actuar, de tomar decisiones, de resolver, y dependen de sus familias porque han perdido ese empuje mínimo necesario para, incluso, preservar su vida. Y si no existen esas familias, esas personas cercanas que sigan su evolución y resuelvan por ellos, sucederá lo que está sucediendo, que se dejan morir sin que nadie atienda su muda demanda de ayuda, sin que nadie se percate y pueda hacer esa llamada salvadora, o pueda acariciar esa mano que se paga agarrada al vacío de su soledad.

Y lo más terrible, lo más patético, lo más intolerable, es que ni tenemos estadísticas, ni las podremos tener hasta que pase un tiempo, porque algunos de ellos, posiblemente muchos, irán apareciendo en sus sillones, en sus camas, en el suelo de sus casas, según vaya pasando el tiempo y alguien repare en su ausencia, cuando las ausencias, de nuevo, sean excepcionales, o, en los más terribles casos, cuando algún acto administrativo alerte de unos plazos excedidos.

Y es que si la muerte colectiva es miserable, no lo es menos, ni más, la muerte en absoluto abandono, la absoluta soledad del muerto sin deudos.

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