LAS MISERIAS HUMANAS (IX). El futuro

Es un dicho lleno de sabiduría ese que sostiene que a veces el árbol no deja ver el bosque. Me temo que una de nuestras mayores miserias en esta crisis, que solo podremos observar pasado el tiempo, es que de tanto atisbar para ver cómo será el futuro se nos ha pasado reflexionar sobre el futuro que, a nuestras espaldas, nos están construyendo.

Habrá a quién le guste la perspectiva, a quién le guste el modelo, quién se sienta beneficiario de ese proyecto y lo aplauda, pero me temo que la mayoría trabaja a favor de esa nueva normalidad sin pararse a pensar en que está ayudando a un sistema absolutamente contrario a sus valores.

© Fotomontaje Plazabiera.com

Hemos pasado por este confinamiento tan enfrascados en darle la razón hasta la irracionalidad a unos y denigrar hasta el insulto a otros, que, como ya viene siendo habitual, no hemos tenido tiempo de pararnos, reflexionar y tirar un tentáculo de inteligencia proyectado hacia las consecuencias que el hoy real va a tener en el mañana planificado.

Hay quién, seguramente con mucha razón, ha llegado a hablar de cambio de paradigma. Hay quién se erige en defensor de la sanidad, otros de la economía, otros de la gestión, y todos, todos hablamos desde el miedo, desde un terror a causa del que pagamos nuestra supuesta seguridad en derechos, en libertades, llegando a exigir que el precio sea aún mayor para sentirnos a salvo.

Hablamos por boca de organismos incontrolables, nacionales, internacionales, sospechosos muchas veces en sus actuaciones, pero olvidamos todo recato en aplaudirles si lo que declaran apoya lo que aquellos que consideramos los nuestros dicen. Sin reparar en el precio, sin reparar en la enormidad de la pérdida, sin reparar en que ayer decían lo contrario y también les aplaudíamos. Sin reparar en que hay otros tantos, igual de sospechosos, igual de inconsistentes, que dicen lo contrario.

Nuestro futuro, apuntado por nuestro presente, apuntalado por nuestro pánico, es un futuro entregado a las grandes corporaciones, a las farmacéuticas que nos curen, a las químicas que nos alimenten, a las energéticas que nos proporcionen confort y a las tecnológicas que nos construyan un mundo mejor.

¿Mejor para quién?

¿Quién, habiendo renunciado a sus derechos, habiendo pagado con sus derechos, confort, salud, alimento  y control, podrá tener acceso a reclamar equidad, justicia, libertad?

¿Quién, llegado el momento de necesitar un tratamiento pionero, inaccesible salvo para unos pocos, podrá reclamar la equidad que ahora está entregando por miedo?

¿Quién, llegado el momento de escasez de alimentos sanos y naturales, podrá reclamar la libertad de elegir un productor ya inexistente, o tan selecto que solo cierto privilegiados podrán alcanzar?

¿Quién ante la escasez, real o inducida, de tierras libres, de agua, de aire o de energía, y su acaparación por quienes pueden, se atreverá a solicitar la justicia a la que ha renunciado encerrado en su minúsculo pánico?

Un mundo mejor donde todo sea posible, pero solo para quién pueda pagarlo, para quienes en los tiempos de miedo ciego han aprovechado para constituirse en propietarios únicos de lo que es de todos.

Hay tantas distopías, tanta literatura que intenta, que ha intentado, avisarnos sobre los perversos caminos que el poder real utiliza para perpetuarse, que no podemos alegar que nadie nos había avisado.

Pero el miedo manda. No un miedo natural y constructivo. No un miedo que nos obligue a la precaución. No, un terror pánico que nos hace refugiarnos en lo más profundo de nosotros mismos, de nuestra comunidad, de nuestro pueblo, de nuestra casa, de nuestra piel, y que hace peligroso todo lo que intente acercarse a nuestra zona de ensimismamiento, de ceguera histérica y egoísta, histéricamente egoísta.

Parece ser, es, que hemos cambiado economía y salud por tiempo. Que solo hemos ganado tiempo dejándonos en el empeño una parte irrecuperable de nuestra vida. El tiempo, no ese que hemos ganado, si no ese que no nos permite ver nuestro miedo actual, nos pondrá en nuestro sitio, aunque entonces ya será tarde para demandar lo que hayamos cobardemente regalado.

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