LAS MISERIAS HUMANAS (III): Los coronautas

Hay sastres, y hay desastres. E incluso hay sastres que hacen desastres. Sastres que una vez acabado el traje, sea bien o mal, son incapaces de rematarlo adecuadamente, por falta de pericia o por falta de presupuesto. El caso es que, sea por un motivo o por el otro, dejan hilvanes que en el momento en que alguien que lo utiliza hace un esfuerzo, por leve que sea, saltan las costuras y queda el forro, o la piel, a la vista de los que lo rodeen.

En España llevamos siglos de malos sastres, de grandes desastres y de la malhadada conjunción de ambas cosas que da lugar a la repetida miseria de aquellos que encargaron el traje, habitualmente de la clase media para abajo.

Es realmente miserable este ya casi crónico mal de nuestro país, o país de países, o países metidos en un país, o cualquier otra ocurrencia de político de turno, que impide con la miseria de sus dirigentes el normal desarrollo político, económico y social de unas gentes que merecen, y a la vista de la historia es palmario, una suerte un poco más favorable.

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No ha sido distinta esta catástrofe, que, por mor de la incompetencia de los encargados de afrontarla, se ha acabado convirtiendo en una catástrofe de catástrofes, o en unas catástrofes metidas en una catástrofe, de consecuencias aún inimaginables. Administradores que, a pesar de que los números no se lo permitirían a nadie con un mínimo de honradez política, o humana, se dedican a loarse a sí mismos, a crear discordia en la sociedad, cuando no, ciertos socios de esa administración, a juguetear ideológicamente creando una mayor inseguridad, cabreo e inquietud en los de siempre, como ya he dicho, de la clase media para abajo, con sus acciones.

Pero no era de los ínclitos administradores, que ya tendrán su momento de gloria cuando toque, de los que yo quería hablar cuando me he puesto a pergeñar estas letras, sino de los Coronautas, término cuya autoría me permito reclamar y acuñado en honor, y a la imagen, de mi virtual amigo, Francisco Breijo, no por virtual menos apreciado, equipado para el comienzo de sus médicas tareas.

Llamo Caronautas a todos aquellos que en su función de atención a los pacientes del maldito bicho se mueven en las zonas de riesgo, hospitales, ambulancias, consultas y más, embutidos en unos equipamientos, a veces trajes, que les hacen semejar personajes de película de ciencia ficción. Llamo Coronautas a todos los que día a día se juegan su contagio, su aislamiento de sus propios familiares y su vida, atendiendo a los enfermos en cuerpo y espíritu, porque este maldito virus también afecta al espíritu, a  la soledad del enfermo grave que ve cómo va perdiendo la vida en la ausencia de sus seres queridos.

Miserable es el comportamiento de las administradores con los coronautas, miserable y criminal. Miserable y criminal es verlos confeccionando esos trajes, como en el atrezo de una película de pacotilla, como sastres en medio del desastre, con bolsas de basura, mientras los responsables dan ruedas de prensa triunfalistas asegurando que todo se está gestionando correctamente y que la culpa de cualquier deficiencia es siempre de los otros, de la oposición, de los insolidarios, de los chinos, pero jamás suya.

Los coronautas, navegando entre nubes de coronados virus ávidos de nuevos territorios de expansión, se han defendido como han podido, se han defendido de los virus, de las carencias y de la miseria moral de unos administradores incapaces y soberbios en su incapacidad. Han tenido que bregar con la enfermedad de los pacientes, con la soledad de los dolientes y con la carencia de medios mínimos para ejercer su trabajo correctamente y salvaguardar su propia salud en ese ejercicio.

Y de esa conducta miserable, y culpable, de los administradores, todos, cada uno en su nivel y competencia, dan fe las cifras: más de veintiochomil sanitarios infectados, casi treinta muertos, eso sin contar los cuerpos y fuerzas de seguridad y las fuerzas armadas.

Yo no sé si en ejercicio de esa grandeza de compromiso, de profesionalidad vocacional, que están haciendo, alguno de ellos se sentirá compensado con ese aplauso colectivo, que ya en muchos casos se ha convertido en una especie de rito social sin trasfondo, de alivio al enclaustramiento con espectáculo, diario. Yo creo que no, que como mucho confortados, y en ocasiones puntuales reconocidos, pero no compensados en su esfuerzo y en su riego

Veremos a cuántos de ellos, pasada la emergencia, se le reconocen esos méritos con unas condiciones laborales más acordes con su valía, con su compromiso, y con la dependencia que esta sociedad tiene de ellos para el mantenimiento de su estado de bienestar, y, sobre todo, para estar preparados para futuras crisis que no se adivinan muy lejanas en el horizonte.

Y por si fueran pocas las miserias con las que los administradores los castigan, han aparecido los “solidarios de siempre”, los valientes de los anónimos en el portal, solicitando la solidaridad que ellos no sienten y conminando a los que arriesgan su vida a abandonar su hogar para no sentirse ellos, los miserables redactores, en riesgo.

Ante tantas miserias, ante tantos y tan diversos miserables, mi solidaridad, mi reconocimiento y mi admiración por los coronautas. Y hoy sí, aquí sí, mi sentido aplauso.

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