Aunque las fábulas suelen tener una moraleja casi universalmente aceptada, no siempre, ni todos, tenemos por qué estar de acuerdo con el sentido moral de la fábula. Los tiempos cambian, las circunstancias, los objetivos, incluso la moral, cambian, y lo que en tiempos remotos tenía una justificación moral predominante, hoy en día puede ser visto de una forma distinta.

Sin duda, en las fábulas, sobre todo en las agonales, el narrador es el que interpreta, según la moral de la época, según los criterios morales de la sociedad en la que vivía, una historia que ignora el punto de vista de uno de los personajes, y se instala en un blanco y negro difícil de justificar, para colocar el mensaje final que el narrador, observador, juez, pretendía.
Hoy, ya transcurridos unos años, alrededor de unos 2500, en el caso de Esopo, si es que realmente existió, algo menos si nos referimos a otros reputados fabulistas: Samaniego, Iriarte, La Fontaine, tal vez haya llegado el momento de releer la historia, de preguntarle su opinión al personaje ignorado, tal vez de reescribirla desde un punto de vista de una moral, de una necesidad y realidad sociales diferentes al momento en el que fue escrita por primera vez.
Puede ser que la idea tenga ese punto de osadía que a veces solo se justifica con un resultado positivo, pero, al menos, merecerá la pena darle la opción de reivindicarse a algunos personajes sumidos en la ignominia, el descrédito y el desprecio de una sociedad que solo es capaz apreciar valores colectivos, y olvida las valías personales, individuales.
Esta idea no es inocente, no surge un día de un despertar inspirado, de un momento de lucidez creativa, si no de la observación pertinaz del mundo que me rodea, de la incongruencia de una sociedad sumida en permanentes contradicciones, de la ceguera histérica de personas que no son capaces de abominar de un sistema que las anula, las esclaviza, y las atormenta.
Intentaremos reescribir la historia, aunque resulte reconocible, que cada personaje explique su punto de vista, que el narrador no tome partido, y que sea el lector quién elija su propia moraleja. Una, o varias
La idea es empezar con la fábula de la cigarra y la hormiga, que es la inspiradora de esta idea, que es el detonante, al intentar explicar el mundo y la libertad a las hormigas, que ha puesto en marcha esta iniciativa.
En esa primera creación, y en las revisiones posteriores de La Fontaín, y de Samaniego, sin contar en las aportaciones de traductores y editoriales para infantilizar, en unos casos, o modernizar en otros, la hormiga es la heroína, y la cigarra la villana. La cigarra, o el saltamontes, o, como en la original, el escarabajo, pero basta echar una mirada ligeramente crítica, para darse uno cuenta de que la historia simplifica, de que la historia adolece de falta de matices, de falta de verdad. Tengo intención, y veremos si el tiempo y el empuje me lo permiten, que esta fábula solo sea la primera de una serie de revisiones que nos lleven a reivindicar a los villanos de toda la vida, a los incomprendidos de la historia, a los anti sistema siempre vilipendiados.





