LAS FÁBULAS MAL CONTADAS- PEDRO Y EL LOBO

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Erase que se era, no hace tanto tiempo, tal vez no tan lejos, pudiera ser hoy y aquí mismo, que en un pueblo con tradición pastoril, tampoco es importante especificar el tipo de ganado, vivía un pastorcillo llamado Pedro (*), que estaba obsesionado con no perder su puesto de trabajo, para lo cual estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que le garantizara su permanencia en el mismo.

 

Andaba Pedro preocupado, pastoreando a su rebaño, que se movía perezoso ramoneando la hierba del monte, cuando viendo algunas huellas en el suelo se puso a identificarlas. De caballo, de vaca, de lince, de… y entonces la cabeza de Pedro, en una cabriola imaginativa, pensó, si fueran de lobo, si hubiera huellas de lobo, y yo fuera capaz de hacerle frente, nadie dudaría de mi utilidad, e incluso me subirían el sueldo.

No se podía quitar, Pedro, la idea de la cabeza, pero, por más vueltas que le daba a la idea, lo más parecido a un lobo que había por los alrededores, era uno de sus perros, que era un extraño cruce, pero que conservaba parte de los rasgos de uno de sus progenitores. Decían algunos que habían visto lobos, allá en el extremo derecho de la sierra, pero eso no le servía de gran cosa. Tantas vueltas le dio, tanta ansiedad se generó, que ideo una artimaña, que él consideró justificada ya que su trabajo era importante para la economía del pueblo, que podía demostrarle a todos sus conciudadanos lo eficaz y necesario que era en su puesto de trabajo.

A ver – se dijo, Pedro, en plena maquinación- los mayores peligros para el rebaño, y que a mí me competen, son las cabezas descarriadas, y el lobo. De las cabezas descarriadas ya se ocupan mis perros pastores, pero del lobo, aunque ellos también me echen una mano, el principal responsable soy yo. Claro que hace tiempo que no hay ataques de lobos al ganado, porque están en la sierra, y no se acercan hasta aquí. Pero, ¿Qué pasaría si, a pesar de todo, hubiera algún ataque de vez en cuando? ¿Quién va a poner en duda que si yo digo que ha atacado algún lobo eso sea verdad? ¿Aunque solo haya sido un zorro, o un lince, quién va a poner en cuestión lo que yo diga?

Así que con la determinación tomada, Pedro, el pastor, empezó a difundir el rumor de que había visto huellas de lobos, y que alguna vez le había parecido ver a alguno a lo lejos, e incluso se fabricó una suerte de silbato para, dijo él, si alguna vez viera que los lobos se acercaban mucho, usándolo, el pueblo supiera que el ganado estaba en peligro y acudieran en su ayuda y así poder espantarlos. Y de esta manera puso en marcha su plan, encaminado a perpetuarse como pastor de aquel rebaño.

Pedro, siguiendo su plan, pasado un tiempo, hizo sonar su silbato mientras preparaba el escenario que él cría que podía ser verosímil, y se puso a correr hasta conseguir estar sudoroso y jadeante, momento en el que empezaron a aparecer las gentes del pueblo que acudían en su ayuda. Pedro, buscando aliento, con cara de susto, les explicó que varios lobos habían aparecido hacía un rato, cuando hizo sonar el silbato, merodeando al ganado, pero que, entre los perros, y él, habían logrado ponerlos en fuga justo antes de aparecer la gente que acudía en su ayuda.

Tan bien funcionó el ardid, tantas felicitaciones de sus vecinos recibió Pedro cuando bajó a la cantina, que decidió repetirlo cuando lo considerara necesario para su tranquilidad laboral: “y, además -se decía para sí mismo- mantenía alerta a los del pueblo, porque, quién sabe, cualquier día puede ser que el lobo realmente aparezca, y entonces si me hará falta su ayuda, y además se darán cuenta de lo necesario que soy vigilando el ganado”

El problema surgió cuando Pedro, confiado en su artimaña, y embebido de la soberbia de considerarse imprescindible, traspasó toda prudencia y empezó a abusar de los episodios de alarma, lo que empezó a incomodar a los parroquianos que, cada vez con mayor frecuencia, tenían que abandonar sus propias tareas, para atender a las llamadas de auxilio del pastor, que, invariablemente, como no podía ser de otro modo, resultaban innecesarias.

La incomodidad de las gentes empezó a tomar cuerpo, y era motivo de corrillos y conversaciones en el pueblo, hasta tal punto que el alcalde en persona decidió tomar cartas en el asunto, e ideó una treta para confirmar las sospechas generales, desenmascarar a Pedro, y escarmentarlo por mentiroso. Con ese fin solicitó ayuda a algunos cazadores de la localidad, y al alcalde del pueblo ubicado en el extremo derecho de la sierra, donde al parecer, había más lobos.

El truco consistía en cazar vivos varios lobos, trasladarlos al pueblo, y esperar pacientemente a que Pedro diera la siguiente alarma, momento en el que se soltarían los lobos, y nadie acudiría en ayuda del pastor, no, al menos, hasta que los lobos, que estarían convenientemente vigilados, pudieran suponer un riesgo para el ganado.

Dicho y hecho, y aún con esa premura el tiempo se le hizo largo a los paisanos de Pedro, que tuvieron que acudir, aún, a tres falsas alarmas del pastor. Y si acudieron fue porque el alcalde se lo había pedido encarecidamente, para evitar que Pedro sospechara. Cuando los lobos fueron cazados, y traídos al pueblo, los guardaron en un galpón de labor que uno de los paisanos tenía en unas tierras cercanas a  los pastos en los que pacía el ganado que cuidaba el pastor, que tenía la orden de, cuando oyera el silbato de alarma de Pedro, los preparara para soltarlos en cuanto el alcalde le dijera.

Por fin llegó el día, y cuando el silbato de alarma de Pedro empezó a sonar, el paisano que cuidaba a los lobos los preparó para soltarlos en cuanto llegara el alcalde, que hizo acto de presencia casi de inmediato, acompañado de casi todo el pueblo, ya que nadie quería perderse el espectáculo. El alcalde, que por una vez no se empeñó en decir unas palabras, dio orden de soltar a los animales y avisó a los que estaban comisionados para, ocultos en sitios previamente establecidos, vigilar la llegada de los lobos y avisar cuando conviniera a los vecinos.

Mientras tanto, Pedro, empezaba a ponerse nervioso al ver que la gente tardaba más de lo habitual en acudir a su llamada, y se temía que eso pudiera suponer el principio de su despido, iba de un lado al otro del prado para ver cuando la gente se había movilizado, y venía hacia el prado, pero no veía a nadie.

En esas estaba, cuando vio, avanzando ladera arriba, a un grupo de animales, que le costó reconocer como lobos, y que venían en manada, con aires de cazadores al acecho.  Aún tardaron un poco en reaccionar sus perros a la presencia de los lobos, ya que estos avanzaban con la brisa en contra, y eran difíciles de olfatear. Desesperado, Pedro empezó a usar de nuevo su silbato con un frenesí con el que nunca antes había, y, enfrentado al verdadero peligro que tanto había deseado, el miedo lo hizo encaramarse a una encina cercana, en tanto sus perros se preparaban para enfrentarse a los agresores, mientras el ganado, espantado ante la presencia de los lobos intentaba huir hacia el lado contrario de donde percibían el peligro, donde algunos vecinos, convenientemente apostados, los iban recibiendo y conduciando hacia un corral cercano, donde guardarlos.

Y en esta escena chusca, con Pedro encaramado en la encina, muerto de miedo, y soplando descontrolado el silbato de alarma, irrumpió el alcalde con los cazadores, que fueron recogiendo a los lobos y sujetándolos con las ataduras preparadas, y el resto de vecinos que pagaron su enfado con Pedro, mediante burlas y menosprecios.

Ni que decir que Pedro fue despedido fulminantemente, y que, ante el desprecio de sus vecinos, decidió marcharse del pueblo. Los lobos fueron devueltos a su entorno natural, en el extremo derecho de la sierra, de donde nunca habrían salido si el pastor no hubiera puesto en práctica su mentira, se nombró a un nuevo pastor, seguramente tan obsesionado con su trabajo como lo había estado Pedro, pero que había aprendido del episodio chusco, y los vecinos, ya sin sobresaltos, pudieron dedicarse tranquilamente a sus labores.

De esto debemos aprender:

  1. Si no quieres al lobo, no lo invoques
  2. Si quieres perpetuarte en tu trabajo, intenta ser honrado, eficaz, y no impliques en él a otros
  3. El exceso de imaginación, no siempre es una ventaja, depende de con qué fin la uses, inventarse peligros, muchas veces solo logra que esos peligros se vuelvan reales.
  4. Nadie es imprescindible, y pretenderlo puede llevarte a ser rechazado, incluso peligroso para la convivencia.
  5. El lobo siempre estará encantado de que le faciliten nuevos territorios de caza, y más si se los entregan sin tener que pelearlos.
  6. Un trabajo estable y bien remunerado, evita actitudes que comprometan la eficacia de quién lo desempeña.

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