LAS COSAS PEQUEÑAS

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«…Abrí la puerta, saliendo a la calle a través unas escaleras muy estrechas de madera. Lo que no recuerdo es el tiempo que estuve bajando, una, dos horas tal vez… Y eso que mi casa está en un primer piso.

 

Tenía y tengo catorce años.

Desde niño siempre me gustaron las cosas pequeñas; las motas de polvo, los mosquitos pequeños que se quedan inmóviles en las cortinas blancas que tiene la tía Encarna en su dormitorio, las bolsas llenas, llenitas de lentejas, los besos cortos y de labios gorditos.

Por eso en cuanto mi madre me llamó y me preguntó que si la quería hacer un “mandado”, no lo dudé un momento:

-Mamá, venga dame la lista que yo bajo –cosas pequeñas, estupendo!!!. Pensé casi en voz alta-.

Bajar al colmado del señor Ramón, el que está en la esquina de mi calle con la del Olmo, era la experiencia más excitante que podía suceder en un martes corriente y moliente como era el aquel día.

Es curioso pero los martes no se distinguen de cualquier otro día sino por el nombre distinto que aparece escrito en un calendario de la cocina, de número grandes y negros, con la foto de una señora rubia vestida de blanco y rojo y con una cesta llena de panes en su mano derecha.

Los demás días se distinguen perfectamente. Uno de levanta por la mañana y sabe que es jueves, porque huele a jueves, un olor muy parecido a la canela, o a viernes, porque un perfume a tierra mojada inunda el aire… Pero los martes, los martes, ni saben ni huelen a nada, definitivamente hay que mirar el calendario.

-Aquí tienes la lista hijo. Le dices a Ramón que nos fíe, estamos?. Mañana baja tu padre y le paga las trescientas pesetas que debemos más lo de hoy.

-Vale mamá!!.

-No te entretengas que te conozco.

-Descuida.

Abrí la puerta y saqué un beso pequeñito de mi boca, lo puse sobre mi mano y lo soplé suavemente. Voló lo poquito que vuelan los besos; dos o tres aleteos, y fue a posarse en el hombro izquierdo de mi madre. Ella no se dio cuenta, pero yo sí..

Mamá echó el pestillo por dentro y el mundo de escaleras estrechas de maderas se dibujó delante de mí.

Las escaleras de madera se bajan despacio porque en cada peldaño hay y viven cosas muy pequeñas, tanto, que tengo que coger una lupa que tiene mi padre en el cajón del comedor para mirar los sellos, e ir poniendo el pie a cámara lenta en cada uno de ellos para no destruir los bosques, las casas, iglesias y colmados como los del señor Ramón, que existen entre las vetas de la madera.

Lo mejor es ir pisando por los extremos en donde siempre hay desiertos o zonas deshabitadas.

-Ustedes perdonen, lo siento, discúlpenme!!! –iba diciendo mientras descendía de puntillas hasta el portal-

“Siempre hay que ser educado “ me dice mi madre mientras me peina antes de ir a la escuela. “respeta siempre a todo el mundo y ellos te respetarán a ti”.

Por eso yo, siempre soy educado aún cuando no hay nadie y estoy sólo.

El último peldaño, uno oscuro.

Allí habitan los pájaros negros. Y son sus plumas de azabache las que tiñen la madera de pena y de rayo caído.

Nadie me lo ha dicho pero sé que si se pisa dos veces con el pie derecho sobre él y después se dibuja una cruz con el dedo índice en el centro, los pájaros negros levantan el vuelo y te rodean, trasladándote después en volandas a las escaleras de barro cocido de tres peldaños que llevan a la carbonera, uno de los comienzos del infierno, lugar en donde se escuchan ruidos extraños y voces que no pertenecen a este mundo de cosas chiquitas.

No siquiera quiero pisarlo, nunca lo piso.

Así que salté por encima de él con todas mis fuerzas y con la lista de la compra en mi mano.

No sé que pasó algo se interpuso entre el aire y mis zapatillas blancas de cordones.

Caí al suelo y me golpeé en la cabeza.

En aquel momento el mundo se me llenó de visillos blancos y un sinfín de voces chillonas se escucharon a mi alrededor.

Lo siguiente que recuerdo es abrir los ojos y ver la cara amable del señor Ramón, con sus gafas redondas y su bigote blanco y siempre tan bien cuidado.

-Estás bien chaval? Menudo Golpazo que te has dado contra el mostrador!!!, si es que no se puede andar por ahí con los cordones de las zapatillas desabrochados…te va salir un buen chichón…

Tarde un poco en reaccionar y una mano invisible fue corriendo uno por unos los visillos de mis ojos.

-Yo, yo…las escalera de casa, me caí y…

Una señora gorda, rubia y con un traje de flores me ayudó a levantarme.

Su brazo, blando, pecoso y sin ningún pelo, me recordó a un enorme trozo de queso.

-Gracias señora.

Hay que ser educado.

-Tenías este papel en la mano antes de caerte –dijo la señora con una voz muy chillona-

-Es la lista de la compra que me ha dado mi madre, señor Ramón tenga. Dice mi madre que mañana sin falta se la paga todo y…

-Vale hombre vale, tu tranquilo…

El señor Ramón fue cogiendo todas las cosas que mamá había escrito con letra redondita en la nota y las metió en una bolsa de papel marrón. Todas cosas pequeñas. Somos tres nada más y la casa es como de muñecas, las cosas grandes hay que mojarlas para que encojan, si no, no entran…

-Pues aquí tienes –dijo el señor Ramón- y dile a tu madre que tranquila, que no hay prisa.

-Gracias señor Ramón.

Hay que ser educado.

Di media vuelta al mostrador, a don Ramón y a la señora gorda y con tres pasos lentos y la bolsa en la mamo izquierda abrí la puerta del colmado, marrón, de esas que tienen arriba una campanita para avisar de que alguien entra o sale, de que alguien vive o muere e intenté salir a la calle, pero no pude.

Al otro lado del dintel caoba del colmado “El Negrito” no se abría la calle, ni sus ruidos, ni tan siquiera estaba la gente que va y viene de y a ninguna parte.

Los visillos, al fin, se corrieron de verdad y aparecí delante de los tres peldaños de barro cocido que dan brazos a la puerta de hierro de la carbonera.

Estaba todavía en el suelo y de mi frente brotaba un pequeño manantial de sangre.

Y tras de mí un enorme peldaño negro, como un edificio de siete u ocho plantas.

Aquí, yo soy lo único pequeño, microscópico, como el polvo.

Ahora quieto y sin poder moverme, espero que mi propia madre me aplaste con sus zapatillas rojas de felpa, al bajar corriendo y sin ningún cuidado por las estrechas escaleras de madera, preocupada por el largo tiempo que tardo en regresar de su “mandado”….

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