Una casa no es hogar hasta que no está empapelada de costumbres. Es entonces cuando deja de ser el cubículo donde guarecerse del frío o del calor, donde comer, dormir o aliviar cualquier necesidad del cuerpo. Estoy segura, aunque no sé qué opinarán los arqueólogos acerca de que las cuevas donde dormía el hombre prehistórico se convirtieran en hogares cuando comenzaron a pintar las paredes, a llenarlas de recuerdos que entonces no se podían enmarcar como una fotografía ni acumular en el disco duro de un ordenador o en la memoria de un teléfono.

El hombre caza un bisonte y lo dibuja, deja su impronta de macho, cazador y cabeza de familia, cuando lo importante no tenía nada que ver con las emociones ni con los sentimientos, solo con el instante, con el estómago, con lo primario.
Siempre he pensado que las casas tienen las vidas de quienes las habitan. Como el papel de los setenta que se iba superponiendo uno encima de otro, eso mismo ocurre con los huéspedes, las paredes absorben lo que ocurre entre ellas. Unas veces son flores, otras figuras geométricas, paisajes, o simplemente lisas, esas son las más aburridas, en las que no ocurre nada, como mucho, grumos secos a los que se llamó gotelé.
A la de mi infancia, otra vez vuelvo a allí por ser la madre de todas ellas, se le cayó el papel del pasillo del peso. Demasiadas cosas tapando a otras.
Yo siempre me despido de las casas que me mudo con cariño y respeto, es una costumbre, las agradezco y a veces también las reprocho. A aquella, la última de mis padres, la agradecí, sobre todo, el tiempo permitido y me despedí llorando, con una mudanza rápida que se quedó a medio hacer, echándole en cara sus malas calidades, su falta de ascensor y las cucarachas que correteaban durante los meses de verano. Nunca hubo tantas como en el último antes de la recogida, actuaban como si fueran conscientes del poco tiempo que las quedaba por vivir en nuestra compañía.
En todos los lugares que habitas, dejas y te llevas algo, en aquella, dejé a la familia como concepto, como estructura. Cuando se abandona la casa de los padres abandonas también al grupo, a la manada; cuando encima son ellos los que te han abandonado a ti, aunque sea ley de vida, lo que dejas es la infancia, la juventud y todas aquellas pruebas de aprendizaje de felicidad y tristeza que desaparecen con ellos.
Las despedidas son de lo más contradictorio. Las hay temporales de un viaje con retorno, con un deje de alegría, a veces de relajación o incluso de alivio, o aquellas otras en las que no se escucha la palabra adiós, esas suelen ser infinitas y no caducan, duran la eternidad de una vida.





Hermoso, muy hermoso artículo, Carolina.
Sin saberlo, me has ayudado a tomar una decisión que no era capaz de tomar.
No voy a despedirme de la casa que heredé de mis padres, duele demasiado. Sin duda, es mi auténtico hogar.
Entre las raíces y las alas, me quedo con las dos, porque se puede.
Hola, Catalina:
Estoy de acuerdo contigo, se puede volar y colgar tú esencia de las alas.
Mil gracias por este comentario tan bonito 😘