LAS CHICAS TOPOLINO SE VISTEN PARA LA REVOLUCIÓN

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Eran los años cuarenta en una España de cartillas de racionamiento y represión pero, como en todas partes y épocas, no siempre la suerte se repartió por igual.

Composición de imágenes: libro «Vestidas para la revolución» de Laura Castelló – Fiat 600 Topolino – Imagen de la Formación Femenina en la España de posguerra.

En este caso, había una clase de mujeres bastante jóvenes, cuyas familias disponían de mucha de ésta (suerte), y por eso gozaban de una juventud que les permitía llevar a cabo su propia revolución. Eran mujeres con estudios, o con ganas de tenerlos y que se daban cuenta del significado de victoria frente al de paz. Vivieron en una España de obispos y generales, pero eran conscientes de que el presente eran ellas, con sus ganas de vivir sin ideologías de vencedores y vencidos y de viajar en Topolino (Fiat 500 de 1940).

Utilizaron su forma de vestir como arma para romper estereotipos y normas. Supieron conseguir que la moda les sirviera para dar un golpe en la mesa y demostrar quién llevaba ahora los pantalones. Ropa moderna con zapatos en cuña con la puntera abierta. Estaban vestidas para la revolución.

Gozaban de cierta libertad, les gustaba ir por libre y pasearse por el barrio de Salamanca. Buscaban un galán, o un joven, con trabajo del estado o sin él. Todo esto lo hacían de siete a nueve o de ocho a diez. Gozaban de una rebeldía sin objetivo definido que, con el paso del tiempo, al igual que otras rebeldías, se agotaba en sí misma.

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Imagen: mapuexpress.org

Este es uno de los muchos movimientos que hubo en España durante esos años. Después de las Topolino vinieron las Gilda, cuya ambigua rebeldía se confundía con los movimientos estudiantiles de los años 60 y las feministas de los años 70. Supongo que lo mismo que sucedió en España debió de suceder en la mayoría de los países, ya que es la propia naturaleza la que llama a la rebeldía.

Como puede observarse, la mujer, siempre ha sido capaz de rebelarse contra las circunstancias que de alguna manera le oprimían. Al mismo tiempo que hablo de las mujeres también incluyo a la bisabuela que recuerdo, a las abuelas, a mi madre y hermana y a mi propia hija. Todas ellas y todas las mujeres, sólo por naturaleza, maduran antes que los bisabuelos, abuelos, padres, hermanos e hijos. También gozan de otra inteligencia emocional que nosotros no tenemos, y es justo por eso, por lo que normalmente suelen «llevarse el gato al agua», al menos en los asuntos relacionados con el amor y la familia.

Desde luego que las mujeres en general han tenido que aguantar mucho, pero no podemos perder el norte. Si ahora, para tratar de restablecer «lo justo» o para hacer «justicia histórica» no somos eso mismo, justos, lo que podemos acabar haciendo es facilitar el abuso de ciertas personas, hombres y mujeres demasiado pícaras, sobre otros y otras no tanto y en peores condiciones. A la víctima se sumará la familia de la víctima, y al final acabará todo en una lucha más de intereses que de personas con nombres y apellidos.

Sólo la justicia trae la paz, y lo justo, en un país democrático, es que todos las personas que viven en él sean iguales, independientemente de que hayan nacido hombres, mujeres o como quieran llamarlo ahora. Si no es así no hay justicia, hay una injusticia de antifaz justiciero que a la larga no se sabe si es salvadora, opresora o ambas cosas a la vez.

En otro artículo utilice el término «gen machista» para referirme a aquellos males que traen a este mundo los recién nacidos con pene. No sé si soy la persona que lo usó por primera ver o no, pero creo que expresa, al menos, lo que pienso. Mis abuelas nacieron y se criaron en provincias y tuvieron que sufrir no poca opresión social dentro de otra opresión estatal, pero no por parte de los abuelos, porque aunque parezca mentira, ambas tenían y una de ellas sigue teniendo, más carácter que sus propios maridos. Han sabido ser más inteligentes psicológicamente que ellos.

Por otra parte, por aquella que más quiero, me ha tocado niño y niña, y para los dos quiero lo mismo, ni más ni menos. Por eso le temo tanto a esas viejas ideas nombradas de nuevo con términos que aparentan tan sofisticados. Me refiero a la corrección política, a interpretar la historia de una determinada manera. A tener sólo en cuenta una versión de los hechos. A no darnos cuenta del daño que nos está haciendo.

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Aquellos esclavos africanos llevados por los europeos a América ¿Quién capturaba a esas personas en sus pueblos y ciudades? ¿Por qué estuvo nuestro Cervantes preso en Argelia? ¿Qué nos dice la historia de todo esto? Pues lo que nos dice es que el ser humano es como un lobo para el propio ser humano, nada más. Capaz de lo más bello y de lo más monstruoso.

No han pasado ni cien años. Algunos aún lo pueden contar. Aquellos que tengan más de noventa años pueden relatarlo en primera persona. Vi la muerte por todas partes, y no sólo por los desastres de la guerra, sino por la falta de alimento y el horror que te atrapa como una enfermedad crónica. Mucho de esto empezó justo de esta manera; «tengo derecho» pero pocos hablan de; «tengo obligación».

Estoy haciendo prácticas en un colegio de secundaria. Trato con un montón de adolescentes desde los 12 a los 18 años y lo que sí tengo bien claro es que ellos pagarán mi pensión el día de mañana. Pero la pensión que cobre dependerá en gran medida de lo bien que lo haga yo. Por eso tomo mi parte de responsabilidad para sacar a esos jóvenes adelante de una forma seria, porque si te lo tomas en broma, mirándolos por encima del hombro y te ríes de sus torpezas, lo que acabarás teniendo el futuro de las chicas Topolino, cierta sensación de libertad en un estrecho horario y un mundo lleno de dogmas y generales.

 

 

 

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