LA VIDA QUE ME DOY…

0
24817
91

 

 

«Uno se acostumbra a todo». Lo dijiste como si tal cosa, como podías haber dicho: no tengo hambre o parece que hace frío.

Imagen aporgtada por la autora del texto

Ese día llevabas puesta una bata roja con lunares blancos, muy folclórica, pero en mi recuerdo vistes con otra, más elegante, más señorial, pero más incómoda, su color era verde agua. Una manta de lana te cubría las piernas, eso sí es seguro, ese detalle devuelve intacto mi recuerdo.

Así es, por desgracia, «uno se acostumbra a todo». Supervivencia, a veces conformismo, en tu caso, no había otro remedio. Respirar no es una mala costumbre, es una vulgar necesidad para permanecer vivos.

En un tren, camino a Cádiz, recupero esa conversación, que tal vez, no llegó ni a eso, se quedó en una sentencia, un hablar para sí misma. Una frase que duró una eternidad.

La vida serpenteando entre una inhalación y una exhalación, un único segundo como una burbuja de tu botella de oxígeno limpia mi cabeza.

La chica que va sentada enfrente no me deja escucharme. Habla con su madre por teléfono, le cuenta algo de una amiga, solo me llegan palabras sueltas que se mezclan con violines. Max Richter conquista mis oídos mientras, «la Cristina», la amiga de mi vecina de vagón, hace pizzicatos en la nueva versión de Las Cuatro Estaciones que ha grabado el compositor.

Me molesta, estoy a punto de decírselo, de recriminarle la voz alta y de echarle en cara que al resto de pasajeros no nos importa la vida de su amiga ni la de su novio, ni tampoco la suya. Me veo cogiéndole el teléfono de las manos y estrellándolo contra el suelo, reventando la pantalla con los pies. Lo pisoteo en el instante en que la primavera irrumpe en mis oídos.

Pero no, ni siquiera pestañeo, tal vez me muerdo el labio inferior, lo hago a veces cuando estoy nerviosa. No servirá de nada decirle educadamente que baje el tono, aludirá a su libertad y me contestará, retirando el móvil de su cara, «que si tanto me molesta debía haber cogido el billete en un coche en silencio». Eso hará, me callará la boca y me avergonzará.

Es libre, es verdad, lo es porque no está prohibido, está permitido por la ley, a eso nos agarramos como garrapatas, a lo legal, como si lo que está legislado fuera de la mano de lo ético, de lo que no molesta, de la amabilidad, de no hacer daño.

Dejo el bolígrafo con el que estoy escribiendo todo esto encima de mi libreta de cuadros, cierro los ojos y subo el volumen hasta que deja de ser música y se convierte en estruendo. Por fin encuentro el silencio en el máximo de decibelios que pueden arrojar mis auriculares.

Tú, mientras tanto, te recolocas y suspiras, no, en realidad resoplas, y no lo entiendo, cómo es posible que devuelvas al espacio eso que no tienes, aire. Efectivamente, así es, a todo te acostumbras.

Al principio de la enfermedad, cuando dejó de ser preocupante para ser grave, todo eran alarmas: la tos, tus mejillas coloradas y los silbidos del pecho. En ese momento solo pensaba: «no puede respirar», unos segundos en los que era yo la que me quedaba sin aliento.

Con el paso del tiempo escuchaba el sonido de tus bronquios del mismo modo que lo hago ahora con la música o con la chica que habla a gritos con su madre, otra madre. Todo es ruido de fondo.

Supervivencia y nada más. La orquesta y la voz que cecea al teléfono comienzan a oler a mar, me tropiezo con él por la ventana y relamo la sal que ha ido goteando sobre mis labios. Las preocupaciones no pueden a la vida, de ser así se acabaría en un parpadeo, en cada caída de pestañas. Se puede, claro que se puede, se puede con todo, salvo con el final.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí