
La tibieza se entiende comúnmente como la falta de firmeza o convicción en las acciones y decisiones, con la intención de evitar el conflicto en situaciones que claramente exigen un posicionamiento, bien por cobardía o por mantenerse atrincherado en su zona de confort, incluso bajo la justificación de una actitud prudente.
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Desde una perspectiva filosófica, la tibieza puede interpretarse como una forma de cobardía moral. Ya Aristóteles, en su teoría de las virtudes, señala que la valentía implica actuar conforme a los principios propios, aun cuando ello suponga enfrentar riesgos o consecuencias negativas. En contraste, la tibieza representa una falta de valentía al no asumir responsabilidades claras en momentos críticos.
Hasta el mismo Jesuscristo, al que yo me refiero como guía espiritual, como un ser iluminado, prescindiendo de dogmas religiosos, condeno a los tibios, del modo siguiente según podemos leer en el Apocalipsis 3:15-19;
“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete»
Son muchos los contextos en los que la tibieza puede manifestarse, aunque pienso que adquiere una gran relevancia cuando la injusticia exige un posicionamiento contra acciones que conculcan los principios básicos que deben guiar al individuo y a la sociedad en la que se integra, si pretendemos que la armonía reine, no sólo en nuestros corazones, sino en el grupo social como como elemento generador de un espíritu colectivo que une a los hombres y mujeres de buena voluntad, máxime cuando hablamos de lealtad y del compromiso que ésta genera.
De esta manera, según lo expresado, debemos de ser conscientes del deterioro de las relaciones individuales y grupales que genera la cobardía de los tibios, adquiriendo una especial gravedad cuando la enmascaramos de una cierta o aparente moralidad, basándonos en un eclecticismo que no tiene otro fin más que meter la cabeza en el fango de la cobardía, con el consiguiente resultado de perpetuación de problemas que podrían resolverse con una postura más decidida y comprometida.
No me hables de ser mi amigo y mi hermano cuando te pido la mano y en vez de dármela con firmeza me evitas, o no lo haces con la fuerza necesaria sino desde la hipocresía de ser un hombre o mujer aparentemente bueno, porque si realmente lo fueses, con la misma fuerza y contundencia en darme la razón cuando la tengo deberias quitármela si piensas que me he equivado. Pero sobre todo no me hables de prudencia sin un verdadero fundamento moral que la sostenga cuando lo que pretendes es mantenerte al margen. Tú sabras el valor que quieres darle la lealtad que nos une, a la razón, a la justicia, a todos esos principios necesarios que sirven para enfatizar la dignidad y el valor inherente a los seres humanos, dando forma a nuestras vidas en orden a alcanzar ese perfecionamiento moral que haga grande nuestra existencia.






El carácter y la defensa de las ideas son siempre signos de fortaleza y dan confianza.
Excelente artículo.