LA SUPERIORIDAD MORAL DE LOS IMBÉCILES

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Mural del pintor Diego Rivera

Existen dos ámbitos donde la superioridad moral suele manifestarse de forma más evidente que en otros, como son el religioso y el político. Sus contenidos doctrinales e ideológicos hacen sentir a algunos de sus adeptos o seguidores como dignos representantes de el único camino de evolución espiritual o de cambio social favorable y, por ello, con la superioridad moral para convertirse en justicieros de la pecaminosa y pobre vida del resto de los mortales o por su falta de sincronicidad con la ideología a la que pertenecen.

El apasionamiento exagerado o fanatismo origen de esa superioridad moral hace imposible el poder converger con ellos, convertidos en talibanes de las ideas que defiende sin que les importe destruir al divergente por no aceptar la moral de esclavos que  pretenden, de borregos que ciegamente sigan las normas establecidas.

No son creadores de valores, sino que toman prestados los heredados por la tradición de épocas pasadas. Su ortodoxia sólo sirve para el desprecio del que quiere construir su propia escala de valores, como creador y dueño de su vida, entendida como evolución personal, y de su destino, donde el libre pensamiento prevalece frente a la imposición de ideas enlatadas.

Condenado por la Inquisición vestido con un sambenito que lleva la cruz de San Andrés (Francisco de Goya).

Ellos nos perdonan la vida tras un juicio inquisitorio, donde la destrucción de la imagen de reo y su descalificación es realmente el castigo que persiguen, colgándonos un Sambenito para mostrar en público nuestra pecaminosa e infame vida.

Huelen a naftalina o a incienso de sacristía, escupen su rabia cada vez que hablan, apuntándonos con su dedo índice de su mano derecha o de la izquierda, según de dónde calcen su neuronas, como si de una pistola se tratase, con el deseo de vaciar su cargador en las sienes de los que consideran la encarnación de Satán o ideológicamente inferior por no enarbolar su misma bandera. Siendo el desprecio y la provocación su modus operandi.

En definitiva, la crueldad y fanatismo son las dos palabras que mejor les define, con la pretensión de erigirse en directores espirituales de los demás, imponiendo sus convicciones y doctrinas, antes que por verdaderas por propias y valederas, conformando así un sistema de creencias sin objetividad. Ello sin olvidar su maquiavelismo intelectual frente a quienes no comulgamos con sus creencias o no admitimos a sus dioses tiranos que dividen, su idolatría de besapiés de santos, vírgenes y cristos de distintas marcas, o no admitimos reyes con cuentas en Suiza ni a su descendencia de sangre azul, pero tampoco en presidentes de repúblicas impuestas basadas en pretendidos derechos históricos, cuando la democracia es pisoteada.

No tengo edad para que nadie me perdone la vida, ni mis pecados, sólo soy culpable de mi culpa por reiteración,  no por errores cometidos para vivir o seguir viviendo, bastante tengo con devastar las aristas de mi tortuosa vida para soportarme y soportar a los demás…

 

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