LA SERENIDAD ANTE LO INEVITABLE

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Hay acontecimientos que no se pueden evitar.

Por mucho que se prevean, por mucho que se intente retrasarlos o minimizar su impacto, terminan por llegar. No siempre de la misma manera ni con la misma intensidad, pero con una característica común: introducen una ruptura en la continuidad de la vida tal como la conocíamos.

 

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Con frecuencia se manifiestan como pérdida: la pérdida de una persona cercana, de la salud, de una situación que ofrecía estabilidad o de un proyecto que formaba parte de nuestras expectativas. En otros casos, la pérdida puede ser material y, aunque no tenga la misma profundidad, también altera el equilibrio cotidiano.

En todos ellos hay un elemento compartido: algo desaparece. Y con ello, también, la seguridad que asociábamos a su presencia.

La reacción ante estos acontecimientos es profundamente humana.

No hay una única forma de afrontarlos. Algunas personas exteriorizan el dolor: el llanto, el lamento, la necesidad de expresar de manera visible lo que se está viviendo. Es una forma de dar salida a una tensión interior que, de otro modo, resultaría difícil de sostener.

Otras personas, en cambio, se recogen. El dolor no desaparece, pero se manifiesta de manera más contenida. Aparece en forma de silencio, de tristeza sostenida, de una sensación de fragilidad que no siempre se comparte. No es una ausencia de emoción, sino una forma distinta de vivirla.

Ninguna de estas respuestas es, en sí misma, más adecuada que la otra. Son modos diferentes de afrontar una misma realidad: la irrupción de lo inevitable.

Lo que sí suele aparecer en todos los casos es una cierta desorientación.

Durante un tiempo, la referencia que estructuraba ese ámbito concreto de la vida deja de estar presente. Las rutinas se ven alteradas, los proyectos pierden sentido o quedan en suspenso, y lo que antes parecía estable se muestra ahora como algo frágil.

Es en ese contexto donde la serenidad parece, en un primer momento, algo lejano. Incluso inapropiado. Porque la serenidad no puede imponerse como una exigencia inmediata. No sería realista, ni tampoco humano, pretender mantener una calma imperturbable ante situaciones que afectan de manera directa a lo que somos y a lo que sentimos.

La serenidad, en estos casos, no es el punto de partida. Es, en todo caso, un proceso. Y, a veces, un proceso lento.

Con frecuencia se confunde con la ausencia de emoción. Con una especie de distancia que evitaría el impacto de lo que ocurre. Pero esa imagen responde más a una idea abstracta que a una experiencia real. La serenidad no elimina el dolor, ni lo reduce a una mínima expresión. Lo transforma.

Permite que ese dolor encuentre un lugar en la propia vida sin desbordarla por completo. No desaparece, pero deja de ocuparlo todo. Se integra, poco a poco, en una forma de estar que no niega lo ocurrido, pero que tampoco queda paralizada por ello.

Ese proceso no sigue un recorrido uniforme. Hay momentos de mayor claridad y otros de mayor dificultad. Avances que parecen firmes y retrocesos que desconciertan. No responde a un esquema previsible, ni puede forzarse desde fuera.

Pero hay algo que lo favorece: la aceptación de lo inevitable. No como resignación, sino como reconocimiento de que hay aspectos de la vida que no dependen de nuestra voluntad. Resistirse de manera constante a lo que ya ha sucedido no modifica la realidad, pero sí prolonga el sufrimiento.

Aceptar no significa estar de acuerdo, ni conformarse. Tampoco dejar de sentir. Significa, más bien, dejar de oponerse interiormente a algo que no puede cambiarse. Y, desde ahí, comenzar a reconstruir una forma de equilibrio, distinta de la anterior, pero no necesariamente peor.

En ese proceso, la serenidad empieza a aparecer. No como una conquista repentina, sino como una presencia discreta. Como la capacidad de sostener lo que ocurre sin que todo se desmorone. Como una forma de estabilidad que no depende ya de que las circunstancias sean favorables, sino de una actitud interior más asentada.

También introduce una nueva mirada. Lo que antes se daba por supuesto adquiere un valor distinto. Lo cotidiano, lo sencillo, lo que permanece, aunque sea de forma parcial, se percibe con mayor claridad. No porque la pérdida deje de doler, sino porque el conjunto de la vida se reconfigura.

Quizá por eso la serenidad ante lo inevitable no consiste en no sentir. Consiste en poder seguir adelante sin negar lo que se ha perdido. En sostener la vida, aun cuando ha cambiado. En aceptar que no todo puede evitarse, pero que eso no impide encontrar, con el tiempo, una forma de equilibrio.

Y esa forma, aunque distinta, también puede ser vivida con sentido.

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