LA SÉPTIMA PLANTA

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Se cerró tras de él una puerta metálica mientras alguien se apresuraba a cerrarla con llave, le acompañaba un celador que no soltó ni media palabra  con una carpeta de cartulina blanca en la mano donde figuraba su nombre, fecha de nacimiento e ingreso y un código de barras, en una pegatina adherida a su solapa anterior,  que entregó a una enfermera cincuentona en apariencia, sentada tras un pequeño mostrador en un largo pasillo con habitaciones numeradas a uno y otro lado.

Tras la despedida del hasta entonces mudo acompañante, con un «ahí te lo dejo», empezó lo que pudo comprobar tras un ingreso posterior al suyo era un ritual para quienes sobrepasaban el umbral de aquella puerta metálica con llave que accionaba un guarda de seguridad, también de pocas palabras, quizá fuese un protocolo para todos los trabajadores de aquel lugar a que custodiaba ubicada en la séptima y última planta del hospital.

«Me acompaña» le dijo la enfermera,  invitándole a desnudarme por completo en su presencia en una sala en penumbra con perchas a los lados repletas de ropa de calle, las de los hombres a la derecha de la entrada y la de las mujeres a la izquierda, y a depositar sus pertenencias, incluido el móvil desconectado, en una bandeja negra de plástico duro parecida a los de los arcos de seguridad de los aeropuertos,  que fue guardada  en un armario metálico  tras a adherir otra página con la identificación personal como la de la carpeta.

Le entregó un pijama de tela de rayas finas azules, desgastado del uso, instruyéndolo finalmente de las normas que regulaban los servicios de la planta y de conducta, de camino a la habitación asignada ubicada al norte y compartida con otros dos pacientes, en ese momento ausentes.

Eran las siete de la tarde, una hora antes de la cena y apenas dos horas después de su ingreso voluntario, propiciado por una fuerte crisis de desesperación tras el abandono de su mujer hacía un par de meses tras liarse con un picapleitos veinte años mayor que ella, a la que finalmente dejó preñada y que ahora llaman «el abuelo».

Empezó a sentir el agobio de ese ingreso semi carcelario, apresurándose a salir de la habitación en busca de algún lugar donde no estar solo, aunque quizá no fue buena idea, pensó tras ser agredido con un sonoro bofetón por un vecino de la habitación de enfrente, un adolescente con un fuerte estado de histeria que arremetía contra todo ser viviente que se encontraba en su camino, sanitarios incluidos,  provocando la alerta de los cuidadores, quienes se precipitaron a su encuentro para sujetarle las manos con unas bridas de tela almohadillada, rapapolvo incluido por su acción, lo que le llevó a darse cuenta de otra norma de la que no le habían advertido, la precaución.

Llegó la hora de la cena, comunicada por megafonía, que hacían todos juntos menos los asistidos, en un comedor al final del pasillo. Se sentó solo en una mesa vacía al fondo de la sala, donde le fueron presentados sus dos compañeros de habitación, y a una cuarta comensal, que completaba la mesa, una chica joven, de tez muy blanca, media melena negra y muy guapa, todos ataviados con el mismo pijama, en cuyos bolsillos del costado derecho aprecia impresas la siglas “Sacyl” en referencia a la Sanidad de Castilla y León, en dos de ellos sobrepuestas a las grabadas en un primer momento, por su desgaste que, sin mediar palabra alguna se interesaron por la causa de su internamiento: ¿por qué estás aquí?, directos al grano, sin contemplaciones, sólo ella permaneció callada, mirándole a los ojos.

Se dio cuenta que no podía omitir la respuesta, tras un silencio  prolongado pero inquisitorio, dejando claro el carácter voluntario de su internamiento por una crisis no superada de su separación, con tendencia a autolesionarse. ¿Y vosotros?, preguntó él.

El más joven, sobre unos treinta años, decía que le apodaron San Juan cuando llegó al hospital por sus largas barbas y melenas, tras un año sin salir de su habitación causa de una agorafobia, sin apenas asesarse. El segundo se quejó de su internamiento forzoso por un Juez a instancia de su familia con la pretensión de incapacitarlo con la intención de quedarse con todos sus bienes, insultándola de forma reiterada, a media que iba describiendo su periplo por consultas de «loqueros» y el juzgado.

Ella seguía en silencio, sin retirar la mirada sobre el recién llegado, esbozando una ligera sonrisa, mientras unas lágrimas surcaban sus mejillas de porcelana: «yo me arroje por la ventana de mi habitación, desde un tercer piso, tras una fuerte depresión que me llevó a aislarme de mis dos hijos, un niño y una niña preciosos, de tres y seis años, y un marido estupendo, que todavía me quieren», decía como no mereciéndolo. «Ahora me encuentro mucho mejor, tras recuperarme de las lesiones sufridas durante más de un año postrada en una cama durante seis meses y en silla de ruedas, además de una dura rehabilitación, pero me dicen que todavía me queda un largo periodo para restablecerme de mis dolencias emocionales, los veo una vez por semana que vienen a visitarme».

Fue el recién llegado el que ahora conmocionado por aquella desgarradora historia, no pudo evitar que sus ojos se empañasen de lágrimas, cambiando su semblante. Sin poder articular palabra apretó sus mandíbulas para evitar un sollozo, dejó sus cubiertos sobre la mesa, sin apenas haber probado la cena, retirándose a su habitación tras pedir disculpas, por no encontrarse bien,  donde pudo llorar amargamente tumbado en su cama. ¿Qué hago yo aquí?, se preguntaba una y otra vez, ¿qué hago yo aquí?.

Le sacó de su ensimismada queja un rumor cada vez más creciente en el pasillo que hizo que se incorporarse de la cama para ver que pasaba,  observando como una larga cola se había formando a partir del mostrador de ingreso en la sala, donde a cada persona se le daba dos vasos de plástico blanco desechables, uno más pequeño que contenía la medicación y otro con agua para ayudar a tragarla y, de ahí cada uno a su cama, donde antes de apagar la luces que les ayudasen a conciliar el sueño se les ofrecía un zumo de melocotón o de naranja o bien un vaso de leche, a elegir. No pudo dormir durante la noche, dando vueltas incesantes en la cama, sin poder abandonar la habitación, era una de las normas de conducta.

Al día siguiente pidió consulta con la psiquiatra que había dispuesto su ingreso al fin de rogarle el alta, también voluntaria, bajo el argumento de no poder aguantar lo que allí se vivía, personas, algunas vagando como zombis buscando su alma perdida, otras con un semblante tan triste que podía verse en él su dolor interno, también las había con una risa tonta pero amable buscando el calor de algún igual, o murmurando conversaciones sin sentido, todos paseando durante la mañana por el largo pasillo soleado o sentados en una sala de estar con la televisión puesta a todo volumen.

Le dio el alta, no sin manifestar su deseo que continuase unos días más ingresado para poderse tranquilizar más,  tras prescribirle una consultas externas en la unidad de salud mental ambulatoria y una medicación para aplacar su angustia. Le abrió la puerta que el día anterior se cerró a sus espaldas  el mismo guarda de seguridad, en silencio, sólo la despedida cuando volvió para atrás de la chica que le acompaño en la cena, con la mano extendida, diciendo adiós.

Me lo contó mi amigo Frederic, en el viaje de vuelta, fue a mi a quien me llamó para irlo a recoger al hospital. Fue un revulsivo para superar la crisis que había puesto en luto su alma.

 

 

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