LA SEÑORA MARÍA

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Cuando se supo en el pueblo que la señora María había muerto, las campanas de la iglesia sonaron durante tanto tiempo, que daba la impresión de que Aguadulce del Monte había sido metido en un enorme tarro de cristal y un gigante con su enorme puño, golpeaba con estremecedores toc-toc, la fina y frágil pared cilíndrica de vidrio mientras que, con ojo de cíclope intentaba ver detenidamente en cuál de aquellas casitas blancas, como las de un belén de racimo de uvas, el alma de aquella mujer de pelo blanco había volado hacía un momento, junto a aquella bandada de garzas.

En la calle Mayor, no se hablaba de otra cosa, por lo menos aquel día, porque es en la calle Mayor, ancha serpiente de adoquines redondeados con vida propia, en donde las gentes de Aguadulce del Valle hablan y comentan de los sucedidos del pueblo.

Se juntan en pequeños grupos. Los hombres en la acera de la derecha y las mujeres en la de la izquierda. Y es entonces cuando las palabras brotan y se arremolinan como las nubes de los mosquitos en verano, al caer la tarde.

Que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá…..miradas silenciosas, risitas de complicidad y el humo de los cigarros de los hombres eran el pan nuestro de cada día en aquellas reuniones espontáneas al caer la tarde pintada de rayos de melocotón.

Pero aquel día, en los corrillos había unanimidad. La democracia del cotilleo había triunfado y sólo se hablaba de una cosa: La señora María había muerto.

María, María del Carmen Gómez de Dios, mujer de pelo blanco y piel fría de nieve.

Una eterna sonrisa siempre en su cara llena de arrugas y siempre con aquel bastoncito de marfil amarillento que le regalara su hermano Adrián, que en paz descanse, cuando volvió del África, después de haber vivido más de treinta años entre las selvas, los enormes ríos y aquellos hombres altos como el monte del águila y negros como el fondo del lago en los días pintados de gris nube en invierno.

En el pueblo siempre se había dicho que en una de las habitaciones de su casa, no se sabía en cuál porque el único que entraba en aquella casa ignota del indiscreto ojo vecinal era don Carlos, el cura, que una vez por semana, y es que María para eso era muy suya y para otras muchas otras también, y a cambio de una buena limosna para la parroquia; un día una pepita de oro, al otro una esmeralda aún agarrada a su piedra, iba a aquella casa misteriosa de África a oficiar misa; existía un tesoro de enormes proporciones.

El fue quien se la encontró. Sentada en una mecedora, con un Chal de lana roja por los hombros y con esa cara de felicidad que siempre había tenido. Le estaba esperando y se debió de ir con el Señor muy pocos minutos antes de que el padre Carlos entrara con la llave que le había dado hace años la propia María.

Mientras, las campanas siguen repicando y los comentarios aumentan y aumentan como un globo hinchado sin tino:

-Y ahora ¿Qué va a pasar? –preguntaba Avelina a los oídos insaciables de curiosidad de la Adelina, Genara y Agustina, vecinas las cuatro y compañeras de todo desde que eran niñas- porque con el fortunón que debía de tener escondido La María en su casa, y sin parientes que se sepa… dime tú a mí, qué va a pasar con tanto capital…

Y las otras tres se miraban entre sí como inquietos jilgueros de jaula, ocultando tras sus negros antifaces y avaricia las enormes montañas de oro y joyas que supuestamente existían escondidos en la casa de María.

-Pues lo más normal sería que –decía Paquito el pregonero a voz en grito desde uno de los grupos de hombres que seguían fumando como chimeneas- tal y como está el pueblo, don Jacinto, el alcalde diera orden a la autoridad de abrir la casa y buscar todo el Potosí que la María tenía en su casa y luego hacer entre dos cosas: O aprovechar tantos dineros para arreglar el pueblo que está dejado de la mano de Dios o repartirlo entre todos vecinos que buena falta nos hace.

-Eso, eso….contestaron algunos en voz baja.

Mientras, el cuerpo de la señora María yacía en un ataúd de madera clara en la iglesia al lado del altar, aún con su sonrisa de buena persona.

Era don Carlos, el cura joven, el único que sentado en uno de los bancos del templo se mantenía al margen, mientras velaba el descanso eterno y rezaba por el alma buena de María del Carmen Gómez de Dios.

A la tarde siguiente, en el camposanto de miniatura de Aguadulce del Monte se enterró a María. Todas la almas vivas de aquel pueblo estaban allí, esperando que alguien dijera algo acerca de los bienes de la difunta aguardado, con ojillos avariciosos, a que el tiempo les trajera oro y diamantes.

La cuerdas de esparto bajaron el féretro al fondo de la tumba y las primeras paladas de tierras retumbaron de hueco como un Tam-Tam en el rincón más oscuro de la selva.

El cielo se cubrió de nubes de improviso y comenzó a llover tan torrencialmente que todas las gentes tuvieron que salir corriendo con la palabra «Dinero» en la boca a refugiarse en sus casas, dejando a medio enterrar a María.

Llovió durante toda noche y las calles se convirtieron en ríos desbocados y los truenos en gritos de bestias salvajes. Nadie durmió aquella noche en Aguadulce del Monte….

Y de repente el silencio..

Con las primeras luces del alba, el cantó tímido de un ruiseñor anunció el final de la pesadilla.

El cielo estaba completamente azul. Era como si nada hubiese pasado.

Todos salieron en procesión camino del cementerio, a ver qué había pasado con el medio entierro de María.

Cuando llegaron, encontraron a María sobre un manto de flores y fresca hierba, con su camisón blanco inmaculado y esa sonrisa de buena persona. No había rastro de ataúd y la tumba no había sido excavada nunca.

Nadie se atrevió de decir nada, pues era más que claro que un milagro se había obrado.

El cura, mandó que el cuerpo de María fuese llevado de nuevo a su casa y colocado sobre su cama. Y así se hizo. Después, don Carlos, cerró la puerta con llave.

-Vamos todos para nuestras casas vecinos, que aquí ya no tenemos nada más que hacer –dijo con voz grave el alcalde- María del Carmen Gómez de Dios ya ha sido enterrada.

Y así quedó aquel pedazo de África de casita blanca, en Aguadulce del Monte…

Nadie ha vuelto a entrar jamás allí, pero hay quien asegura que pasando cerca, uno puede escuchar el sonido del un gran río, el resoplar de los hipopótamos y el rugido de la pantera, todo bajo la esplendorosa sonrisa de María que soñando, navega con su hermano por las tranquilas aguas del río Kokopó.

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