LA RUTA ALTERNATIVA (1) – “PLAN A, PLAN B … PLAN INDY”

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De repente se puso a llover con ganas, el viento empezó a soplar con fuerza y, para rematar, ya se había hecho de noche. Nos quedaban apenas diez minutos andando hasta casa, así que aceleramos el paso. O al menos eso intenté.

Indy se detuvo en mitad de la acera, con el abrigo empapado y una mirada de absoluta desaprobación.

—¡Vamos, Indy!

Nada.

PERRO
Indy. Imagen aportada por la autora del texto

Cuando Indy decide que no va a moverse, sus patas parecen pegarse al suelo. No es terquedad exactamente… es más bien que necesita entender por qué debería hacerlo.

Me agaché a su altura y le dije con la mayor naturalidad del mundo:

—Vamos a casa, que hace muy malo. Cuando lleguemos, jugamos al escondite, ¿vale?

Acto seguido empezó a caminar tan contento. Yo juraría que incluso hizo un pequeño gesto con la cabeza, como diciendo:

—Vale. Haberlo dicho antes.

Ahora que sabía cuál era el plan, todo estaba en orden en su empapada cabecita. No pude evitar sonreír. Y no fui la única. Una pareja que pasaba por nuestro lado también lo hizo, probablemente por mi comentario… o porque Indy tiene ese efecto en la gente.

Bajo la lluvia, rumbo a casa, me preguntaba si aquello era comunicación consciente o simplemente el resultado de años educando más desde el corazón que desde el manual. Quizá, pensé, he complicado su adiestramiento más de lo necesario con un ligero exceso de diálogo.

Mi mente se fue casi siete años atrás, al momento en que Indy llegó a nuestras vidas.

Después de leer durante meses sobre los Goldendoodles para asegurarnos de que era la elección perfecta para trabajar en colegios, llegamos a la conclusión de que era la mezcla ideal. Golden retriever y caniche: extremadamente sociable, amante de los niños, muy inteligente, hipoalergénico… También bastante dependiente, de ahí su apodo de “perro velcro”, pero eso no nos preocupaba porque el maravilloso plan consistía en convertirlo en mi compañero de trabajo. Ya sabíamos incluso el lugar donde se formaría como perro terapeuta.

Por aquel entonces aún no había Goldendoodles en Escocia. Buscamos más lejos y encontramos la foto de un cachorro de mirada cautivadora y nariz color chocolate… Nos subimos a un tren y, unas cuantas horas después, Indy entró en nuestra vida con la intensidad de quien sabe perfectamente que ha llegado para quedarse. Abrimos el transportín y aquella miniatura de apenas tres kilos se lanzó a llenarnos de lametazos. Lloraba como si nos hubiera estado esperando durante las ocho intensísimas semanas que llevaba en este mundo.

Igual de emocionado entró por la puerta de casa, inspeccionándolo todo y decidiendo, con absoluta determinación, dónde iba a instalarse. El pequeño cercado que habíamos comprado y colocado cuidadosamente en el salón lo saltó con una facilidad insultante mientras le mirábamos atónitos y cansados por el viaje. Así que terminó durmiendo donde realmente quería: a nuestro lado.

Las primeras noches, que suelen ser las más difíciles, no hizo un solo ruido. Dormía ocho horas seguidas, plácidamente, dentro de un cerco improvisado de almohadas y cojines que él mismo decidió que era suficiente medida de seguridad.

A sus diez semanas Indy ya empezaba a demostrar que la inteligencia no era solo propaganda de la raza. Respondía correctamente a once órdenes, tanto en inglés como en español. Yo no podía creer que, además de terapeuta, iba a ser bilingüe.

Y también parecía autodidacta. Jamás hubo que enseñarle a hacer sus cosas fuera. Salió a la calle, observó el entorno, evaluó la situación… y entendió perfectamente el concepto. Ni accidentes dramáticos, ni semanas de limpieza intensiva, ni manuales subrayados.

Por la calle nos paraban continuamente. Su aspecto de osito de peluche, con ojos aún azulados y pelaje ondulado de color canela, llamaba la atención. Todo el mundo quería saludarle y saber de dónde había salido aquella bolita perfecta.

Vivimos en Escocia, un país amante de los perros y profundamente consciente de su valía. El permiso para llevarlo al trabajo había sido casi más un ruego por parte de la directora que una petición mía. Su debut oficial como perro de terapia ya estaba en el calendario. También la frecuencia de los paseos, los horarios ideales, las zonas seguras para adiestrar, la peluquería… todo cuidadosamente estudiado.

En teoría, el plan A era sencillísimo. Con lo que no contábamos era con lo que nadie imaginó.

La pandemia irrumpió cuando Indy tenía apenas cuatro meses. Los colegios cerraron. El centro de formación también. Había que cambiar de plan y esperar a que todo pasara.

Los paseos, en plena pandemia, se volvieron desconcertantes para Indy.

¿Dónde se había metido la gente?

¿Por qué nadie se acercaba a decirle lo guapo que era?

¿Dónde estaban todos esos extraños a los que él quería tanto?

Las semanas pasaban y nuestro pequeño cachorro crecía rápido, al mismo tiempo que su personalidad empezaba a ocupar más espacio que su propio cuerpo. Era la fase de “muerdo todo lo que existe, especialmente lo que no debo”, “no distingo entre juguete, zapatilla o los brazos de mamá” y “mi nivel de energía supera el de cualquier ser humano promedio”.

Lo curioso es que al peluche que le acompañó desde el primer día jamás le hizo absolutamente nada. Al contrario, con él tenía un trato exquisito. Lo cual me hace pensar que el problema no era la falta de control… sino la cuidadosa selección de objetivos.

Las cosas empezaron a tomar un rumbo… sospechoso.

En plena pandemia comenzó a lanzarse con sorprendente constancia a por todos los pañuelos que encontraba por la calle y los devoraba como si fueran un manjar. Después llegaron las colillas y cualquier otro objeto que el viento decidiera poner en nuestra trayectoria. Durante semanas caminamos mirando al suelo, escaneando cada rincón como si estuviéramos desactivando minas en un campo de batalla urbano.

Al principio uno piensa que el pobre está cansado. O tiene hambre. O está aprendiendo. O tiene el día bobo. Pero llega un momento en que las excusas se agotan, sobre todo cuando empiezas a notar otras señales.

En casa corría por el pasillo como si hubiera tomado tres cafés dobles y, de repente, saltaba al sofá, rebotaba contra los cojines y salía disparado en dirección contraria como impulsado por un resorte invisible. Nosotros, mientras tanto, desconcertados y agotados, intentábamos apartarnos de la trayectoria sin saber cómo interrumpir tal espectáculo.

Investigamos y descubrimos el término “zoomies”: esos estallidos repentinos de energía en los que el perro corre sin rumbo fijo, con ojos ligeramente desorbitados y una expresión de histeria absoluta, como si hubiera perdido algo y no recordara qué.

También empezamos a descubrir que lo de “perro velcro” tiene otro significado. Más que disfrutar a tu lado, los Goldendoodles no soportan NO estar a tu lado. Parecen estar en alerta constante, observando todos tus movimientos por si, en un descuido, decides desaparecer cinco segundos sin previo aviso.

Nuestros vecinos sabían perfectamente cuándo íbamos al baño: los chillidos de Indy lo anunciaban con total claridad. También sabían cuándo llegaba el correo, porque Indy decidió que los repartidores merecían un recibimiento digno de alfombra roja.

Las primeras dudas sobre su futuro como perro terapeuta empezaron a rondarnos la cabeza. Vomitar en el coche nada más subirse no parecía una cualidad imprescindible para terapia asistida. Y hacer pipí de la emoción cada vez que alguien le decía hola tampoco ayudaba mucho al currículum.

¿Dónde estaba toda esa información sobre la raza? Nosotros habíamos leído que los Goldendoodles eran equilibrados y emocionalmente inteligentes… Si no fuera por los documentos que lo avalaban, habríamos empezado a sospechar que el nuestro era una edición limitada.

Le llamamos Indy por Indiana Jones, soñando con aventuras épicas… pero resultó que, además de los coches, parecían darle miedo hasta los paraguas. También los globos, los ascensores, el sonido de la sartén friendo lo que fuera, los cascos de los motoristas, los abrigos amplios, las guitarras, los patines, el agua, mis estornudos, las tormentas y, en general, cualquier ruido que decidiera salirse mínimamente de lo previsto. Nuestro explorador intrépido no estaba especialmente cómodo con lo inesperado.

Fue entonces cuando empezó a aparecer más información, un poco tarde, todo sea dicho, sobre lo sensibles y atentos al entorno que pueden ser los Goldendoodles. Esa misma sensibilidad que los hace maravillosos con las personas puede convertirlos también en expertos detectores de cualquier detalle inusual.

Para cuando todo volvió más o menos a la normalidad y los centros de adiestramiento reabrieron, nosotros ya habíamos alcanzado ese nivel de cansancio en el que uno se ríe mirando al vacío. Francamente, sabíamos que Indy no habría superado ni el primer día. Hasta el veterinario le miraba con desconcierto y comentó que estaba “madurando a su propio ritmo”.

Y a esa velocidad se desvanecieron nuestros planes A y B.

Pero Indy tenía algo mucho más potente que el currículum perfecto: una personalidad enorme, una energía imposible de ignorar y un don especial para atraer a la gente y obligarnos a replantearlo todo. Y eso, manual en mano o no, ya prometía una aventura interesante.

Es curioso que, cuando las cosas parecen torcerse, a veces simplemente estén tomando la dirección adecuada. Quizá Indy no reunía exactamente las cualidades del perro de terapia que habíamos imaginado… pero sí resultó ser mi mejor ayuda. Una ayuda que no supe cuánto necesitaba hasta que llegó.

Hace tanto que no usamos un paraguas que no es de extrañar que nos caláramos aquella noche bajo la lluvia. Y mientras caminábamos empapados, deseando llegar a casa para jugar al escondite, sonreí. Porque recordé que mi pequeño Indy no había llegado para cumplir nuestro plan. Había llegado con el suyo propio.

Y nunca tuvo la más mínima intención de cambiarlo.

 

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