
La vida no transcurre por caminos siempre llanos; tarde o temprano aparecen la enfermedad, la pérdida, la injusticia, el fracaso o la decepción, momentos en los que el ser humano descubre que su verdadera fortaleza no depende tanto de la ausencia de dificultades como de la manera en que decide afrontarlas; es precisamente en ese instante cuando surge la diferencia entre la resiliencia y el abandono personal, dos actitudes que, aunque puedan parecer semejantes desde el exterior porque ambas nacen de la adversidad, responden a concepciones radicalmente distintas de la dignidad humana.

La resiliencia no consiste en negar el dolor, ni en fingir que nada ocurre, tampoco en levantar un muro emocional que nos haga insensibles; supone reconocer la realidad tal como es, aceptarla sin resignación y decidir, desde la serenidad, que ninguna circunstancia tendrá el poder de arrebatarnos aquello que verdaderamente somos. La persona resiliente puede caer, incluso puede sentirse vencida por momentos; pero jamás permite que la derrota ocasional se convierta en una derrota definitiva, porque comprende que el sufrimiento forma parte del camino, mientras que la renuncia a seguir caminando depende exclusivamente de la propia voluntad.
Muy distinta es la actitud del abandono personal; éste no aparece cuando alguien fracasa, sino cuando deja de creer que merece la pena volver a levantarse; no nace de la fuerza de la adversidad, sino de la pérdida del gobierno sobre uno mismo. Poco a poco se abandona el esfuerzo, se debilita la ilusión, desaparece la disciplina y termina instalándose una peligrosa indiferencia hacia el propio destino; entonces la persona deja de construir su vida para limitarse a soportarla, renuncia a dirigir el timón y acepta que sean las circunstancias quienes decidan por ella.
Existe una diferencia esencial entre aceptar una realidad y entregarse a ella; aceptar es reconocer aquello que no puede cambiarse para concentrar nuestras fuerzas en aquello que sí depende de nosotros; abandonarse significa convertir las dificultades en una excusa permanente para dejar de crecer. La resiliencia mira al futuro aun cuando el presente resulte doloroso; el abandono únicamente contempla el peso del presente hasta convencerse de que el futuro carece de sentido.
No debemos olvidar que la primera batalla frente a la adversidad no se libra en el exterior, sino en el interior del ser humano y he aquí lo complicado para mantener esta actitud; antes de vencer un problema es necesario dominar el impulso que dicho problema despierta en nosotros. La ira, el miedo, la desesperanza, el deseo de responder con violencia o la tentación de huir aparecen de forma casi inmediata; son reacciones profundamente humanas, pero no por ello deben convertirse en las dueñas de nuestra conducta. Entre el estímulo y la respuesta existe un espacio de libertad que constituye uno de los mayores tesoros del ser humano; precisamente en ese espacio nace la templanza.
La templanza suele confundirse con la debilidad, cuando en realidad representa una de las formas más elevadas de fortaleza; templado no es quien carece de emociones, sino quien consigue gobernarlas sin dejarse arrastrar por ellas. Resulta fácil responder impulsivamente cuando la injusticia nos hiere; mucho más difícil es conservar la serenidad suficiente para decidir cuál es la respuesta más justa y más útil. Dominar el impulso no significa reprimir los sentimientos, sino impedir que éstos ocupen el lugar que corresponde a la razón.
La adversidad suele presentarnos una falsa alternativa; o reaccionamos impulsivamente o nos resignamos pasivamente. Sin embargo, existe un tercer camino, mucho más exigente y fecundo, que consiste en responder desde el equilibrio; la resiliencia recorre precisamente ese camino porque comprende que el sufrimiento nunca justifica perder nuestra identidad, nuestros principios o nuestra dignidad. Quien actúa movido únicamente por el impulso termina siendo esclavo de las circunstancias; quien actúa desde la templanza permanece dueño de sí mismo incluso cuando todo parece desmoronarse a su alrededor.

La resilencia sería equiparable a la imagen de un traspecista que camina sobre una cuerda floja, cada paso que da sabe que si no lo hace con precisión puede caer, pero tampoco le importa porque lo hará sobre una red que le servirá para darle un impulso hacia arriba y que le permitirá finalmente aterrizar en el suelo sin dañarse. Pues bien, en esta imagen la cuerda sobre la que camina el trapecista es la vida, nada fácil, mientra que la red es la disposición a incorporarse y empezar de nuevo.
Las personas verdaderamente resilientes no son aquellas que jamás sienten miedo, tristeza o desánimo; son quienes, aun experimentando todas esas emociones, deciden que ninguna de ellas gobernará sus actos. Descubren que la serenidad no consiste en la ausencia de tormentas, sino en la capacidad de mantener firme el rumbo mientras éstas duran; entienden que la esperanza no nace de la ingenuidad, sino de la convicción profunda de que siempre existe un margen para seguir construyendo.
Toda dificultad encierra una elección silenciosa; podemos permitir que la adversidad nos reduzca a la condición de víctimas permanentes o podemos convertirla en una ocasión para conocernos mejor, fortalecer nuestro carácter y descubrir recursos que ignorábamos poseer. Ningún sufrimiento es bueno por sí mismo; pero incluso el sufrimiento puede convertirse en maestro cuando somos capaces de extraer de él prudencia, fortaleza y humildad.
Quizá la auténtica resiliencia consista precisamente en eso; en comprender que la vida nunca nos promete ausencia de obstáculos, pero sí nos ofrece la posibilidad de decidir quién queremos ser frente a ellos. Porque el verdadero fracaso no consiste en caer, sino en abandonar la tarea de levantarse; y la mayor victoria no es vencer siempre las circunstancias, sino impedir que las circunstancias terminen por vencernos a nosotros mismos.
Pues bien… yo sigo luchando por ser resiliente, y trato de tejer esa red que me dará el impulso para seguir, cuando no lo hago caigo en la desesperación, y sólo me libera el saber que si no continúo teminaré hundiéndome cada día más y más en la adversidad y en la desesperación. Como todas las grandes obras, y esta lo es pues se trata de nosotros mismos, exige esfuerzo y paciencia, paciencia y más paciencia.






