
Mis primeros pasos en busca de la razón y mis primeras reflexiones sobre la conciencia como camino hacia la libertad partiendo del libre albedrío como punto de inflexión y, con la intención de resolver la dicotomía entre el bien y el maal, dentro de una concepción libertaria basada en el hecho de que nuestras acciones están únicamente motivadas por nuestra voluntad, me hacen preguntarme ¿cuál es el origen de nuestra voluntad?, ¿es la conciencia la responsable de nuestra acciones?, ¿qué es la conciencia?.

Estas tres preguntas me llevan a una respuesta unívoca en el sentido que sólo el hombre en forma de conciencia tiene una manifestación vital, una voluntad de acción, pero, ¿qué es la conciencia más allá de ese juez interno que nos hace elegir entre el bien y el mal?, ¿existe la conciencia más allá de una subjetivación de verdades marcadas por dogmas?, ¿tiene un hombre aislado inmediatamente después de nacer conciencia?.
Para intentar despejar todos los interrogantes planteados, podemos partir de una experiencia primigenia, primordial y predominante, como origen de la conciencia, pero ello nos lleva al mito del pecado original de San Agustín, cuando afirma: “Como resultado de la entrada del pecado en el mundo, el hombre nunca más puede desear el verdadero bien, el cual está arraigado en el amor de Dios, ni tampoco realizar su verdadero destino, más bien se hunde más y más en la esclavitud”. Dicho de otra manera, sólo admitiendo el dogma de la fe, la actuación del hombre es buena o mala en esencia, lo cual nos lleva finalmente a una objetivación de un concreto actuar colectivo marcado por una religión, cuestión de la que me alejo, pues entiendo que los dogmas no son el camino de la razón.
Otra posibilidad, sería recurrir al gnosticismo, como conocimiento absoluto e intuitivo, especialmente de la divinidad, basado en la creencia de que todos los seres humanos contienen una parte de la divinidad, que hacen que nuestra existencia material trascienda a la materia física sujeta a la decadencia, la putrefacción y la muerte. Es decir, sólo esa chispa de la divinidad despositada en los seres humanos nos lleva a la verdad, a la verdadera conciencia.
En ambos supuestos se parte de un argumento epistemológico, según el cual el fundamento de las Ideas (verdades eternas e inmutables) no puede estar en las cosas creadas, que son cambiantes, sino que ha de estar en un ser inmutable y eterno, a su vez, es decir, en Dios. En definitiva, Dios nos ha dado el libre albedrío para poder elegir hacer el bien y esa es la razón de que se castigue con justicia al que lo usa para pecar.
Pero, si el libre albedrio es dado bajo la concepción del pecado y su castigo por un ser superior, no existiría una auténtica libertad de actuación puesto que el temor a ser castigado sería el hilo conductor de la acción.
De manera que, sólo bajo la concepción del hombre como parte del universo, sometido a las mismas reglas del orden y el caos, son la causa de la existencia humana y de su conducta, como seres que vivimos atrapados en la tierra pero sostenidos por el Universo, lo que nos lleva a conceptos de infinito, naturaleza, razón e inmoralidad (INRI), sin buscar la salvación por medio del conocimiento, sino el conocimiento como medio de salvación, no como un castigo por el pecado, sino de transmutación de nuestro ser hacia estadios superiores de consciencia y, por consiguiente de conciencia, basados en el conocimiento profundo de nosotros mismos y de nuestros semejantes, lo que nos lleva finalmente al camino hacia la iluminación interior; y a la posibilidad de que, incluso un hombre aislado del mundo después de nacer también tenga una conciencia basada en la toma de razón o consciencia de las consecuencia de sus propios actos basados en los resultados de ensayo y error, aunque en este caso, con la ausencia de la mente colectiva que se genera con la unión consciente a nuestros semejantes para un propósito común, dando lugar a una entidad psíquica autónoma capaz de influir en los pensamientos de un grupo de personas.

Sólo llegando a conocer nuestra parte divina descubriremos que la razón de ser del ser es el mismo ser, siendo la consecuencia de nuestros propios actos de forma aislada o colectiva, o lo que es lo mismo, la experiencia personal y colectiva a lo largo del tiempo y de la historia, la que delimita la conciencia en nuestra actuación y la búsqueda de la armonía de los contrarios para adquirir la perfección que nos llevará a la Verdad, hacia lo divino de nuestra existencia, en definitiva el triunfo de la Verdad con mayúsculas sobre la falsedad.





