LA PIEDRA INTERIOR. UN VIAJE HACIA LA LUZ QUE ROMPE PREJUICIOS

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Hay libros que se leen para conocer una historia y otros que, sin apenas advertirlo, terminan convirtiéndose en un espejo donde el lector acaba encontrándose a sí mismo. La Piedra Interior I y La Piedra Interior II pertenecen a esta segunda categoría. No son tratados sobre masonería, ni manuales destinados a explicar sus rituales; son, ante todo, la historia de un hombre que, como tantos otros, inicia un camino sin saber realmente hacia dónde se dirige.

Ese hombre se llama Diego, y a través de sus vivencias el lector descubre, paso a paso, una forma distinta de comprender la vida. No recibe respuestas prefabricadas, sino preguntas; no encuentra dogmas, sino símbolos; no se le pide que crea, sino que piense. Esa es precisamente la esencia del recorrido que proponen ambos libros.

La masonería ha sido, durante siglos, una de las instituciones más incomprendidas de nuestra historia. El misterio que siempre la ha rodeado ha alimentado leyendas, sospechas y prejuicios que, en demasiadas ocasiones, han sustituido al conocimiento. Sin embargo, basta acercarse a ella con serenidad para descubrir una realidad muy diferente.

Tradicionalmente se ha definido la masonería como «un sistema de moralidad velado por alegorías e ilustrado por símbolos». Pocas expresiones resumen mejor su naturaleza. Su enseñanza no se transmite mediante imposiciones doctrinales, sino a través de un lenguaje simbólico que invita a cada persona a reflexionar por sí misma. Su método es iniciático porque propone un camino de crecimiento personal, y es pedagógico porque convierte cada símbolo en una herramienta para comprender mejor al ser humano.

Lejos de cualquier forma de adoctrinamiento, la masonería persigue el perfeccionamiento moral, intelectual y espiritual de quienes libremente deciden recorrer ese camino. No pretende uniformar conciencias, sino despertar la capacidad de pensar con libertad; no ofrece una verdad cerrada, sino un método para buscarla con humildad.

Precisamente por ello, La Piedra Interior no intenta explicar la masonería desde fuera, sino permitir que el lector la descubra desde dentro, acompañando a Diego en cada uno de sus descubrimientos. Conforme avanza la narración, los símbolos dejan de ser simples objetos para convertirse en auténticas claves de interpretación de la existencia. La piedra bruta, la escuadra, el compás, las columnas o la luz adquieren un significado profundamente humano, comprensible incluso para quien jamás haya oído hablar de una logia.

Pero estos libros persiguen también otro objetivo igualmente importante: contribuir a desmontar muchos de los prejuicios que todavía hoy pesan sobre la Orden.

Durante el franquismo, la masonería fue objeto de una persecución especialmente intensa. Se la convirtió en uno de los grandes enemigos ideológicos del régimen, se aprobó una legislación específica para su represión y miles de personas sufrieron procesos judiciales, prisión, depuración profesional, exilio y, en numerosos casos, la muerte, en un contexto donde ser identificado como masón podía acarrear gravísimas consecuencias. Aquella campaña dejó una profunda huella en la memoria colectiva española y alimentó una imagen distorsionada que, en parte, todavía perdura.

Quizá haya llegado el momento de sustituir el prejuicio por el conocimiento, la caricatura por la realidad y el miedo por la curiosidad intelectual. Porque difícilmente puede comprenderse aquello que nunca se ha querido conocer.

Ese es, en el fondo, el verdadero propósito de La Piedra Interior I y La Piedra Interior II. No convencer a nadie de nada, sino invitar a mirar con otros ojos; abrir una puerta que durante demasiado tiempo permaneció cerrada por el desconocimiento; demostrar que, detrás del simbolismo masónico, no existe una organización empeñada en dirigir el mundo, sino una tradición humanista que propone al individuo una tarea mucho más difícil: aprender a gobernarse a sí mismo.

Al finalizar la lectura, probablemente el lector no se habrá convertido en masón. Tampoco era ese el objetivo. Pero quizá descubra que los símbolos no pertenecen únicamente a una institución, sino que hablan un lenguaje universal capaz de interpelar a cualquier ser humano. Y tal vez comprenda, junto a Diego, que la auténtica construcción nunca comienza levantando templos de piedra, sino edificando el propio carácter. Porque la verdadera piedra que todos estamos llamados a labrar siempre ha estado en nuestro interior

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