LA PERFECCIÓN Y LA BELLEZA

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Decía Campoamor, con gran acierto, que nada es verdad ni es mentira, y que al final todo depende del color del cristal con que se mira, y hasta esta gran verdad tiene matices, porque nadie está dentro de la cabeza de otro para poder identificar los colores, apreciaciones ópticas, simplemente dando su nombre, definiciones léxicas.

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Siempre que pienso, cosa que hago cada vez más, y con mayor sobresalto, en los caminos que los hombres emprendemos para acercarnos a algún objetivo, me sorprendo al ir comprendiendo en que gran medida nuestro fracaso sistemático está en el mismo punto de partida, en no saber diferenciar los ideales de los objetivos, ni los objetivos de las metas. Ni siquiera, por lo que voy percibiendo en mí, y en los que me rodean, sabemos distinguir entre una meta y una parada de descanso. A veces, cuando mi pesimismo es mayor, creo que ni siquiera soy capaz de distinguir el punto de partida.

Compruebo con desencanto, a ciertos niveles con horror, la complacencia de muchas personas con la labor que desarrollan, con un trabajo realizado, con una misión cumplida, en unos términos que oscilan entre la ignorancia, la soberbia y una falsa modestia que marca claramente el fracaso ético de cualquier logro material conseguido.

¿Significa eso que no podemos alegrarnos por nuestros logros? Por supuesto que no, significa simplemente que no podemos creer en ningún caso que hemos logrado algo superior a lo realmente conseguido, ni debemos dar cancha a nuestro orgullo revistiendo con alharacas de objetivo algo que no es más que una pausa en el camino.

Es difícil tratar el tema sustrayéndose a la dialéctica creyente/no creyente, o, para darle un enfoque menos dogmático-religioso, trascendente/ no trascendente, ya que para el que considera que todo se acaba con la muerte, hablar de lo inalcanzable de los ideales para el ser humano, es reconocer el fracaso de todo lo que se emprende en vida, delegando toda compensación a un logro ético sin consecuencias, perecedero, confiando en un legado, la memoria, que en su mayor parte durará un par de generaciones, o ni eso.

¿Tiene entonces sentido hablar de la perfección? ¿Teorizar sobre su consecución? ¿Emprender caminos que la pretendan, o que pretendan acercarnos a ella? Me resulta difícil concebir la respuesta desde un punto de vista no trascendente, aunque considero que, tanto en un caso como en otro, iniciar la búsqueda es más una pulsión que una voluntad. Aunque no siempre, no exclusivamente.

Muchas son las vías de búsqueda de la perfección, aunque no todas sean válidas, para aquel realmente interesado en iniciarse en el camino; todas exigen compromiso, perseverancia y auto crítica, aunque cada una de ellas tiene sus propias herramientas y enseñanzas, y su singular percepción del progreso. En unos casos será la moral, en otros la ética, el conocimiento en otros más y en alguno que otro más la estética, pero no estoy muy seguro de si existen los caminos puros, y casi todos tienen un algo de casi todo.

¿Todos los hombres tienen la misma posibilidad de progreso? No, es evidente, en este concepto, como en tantos otros, hay personas cuyas capacidades, o talentos, hacen que su camino sea inevitable, en tanto que otros tienen que esforzarse en la búsqueda del camino adecuado para ellos. Sucede en el arte, en la filosofía, en la vida laboral, e, incluso, en la vida social, cuanto menos cuando el camino es iniciático, reglado, sujeto a valoración externa.

La perfección es el ideal último del hombre, de sus obras, de sus luchas, de sus búsquedas, pero la perfección es inasequible al hombre, ni siquiera como accidente, porque su limitada dimensión espacio/temporal lo hace imperfecto en la apreciación de lo que lo rodea, lo hace parcialmente imperfecto como parte desgajada de un todo que sería la perfección, lo hace irremediablemente imperfecto desde una dualidad permanente que conculca la perfección de la unidad. Y esta imposibilidad hace que su objetivo, casi tan difícil de alcanzar como el ideal, esté puesto en la belleza, si su desafío es estético, en la sabiduría, si su desafío es intelectual, en la bondad, si ese desafío es ético, moral o emocional.

Pero, sea cual sea el camino, si identificamos, como deberíamos de hacer olvidando los criterios estrictamente estéticos, la sabiduría y la bondad con la belleza, podremos convenir en que esta es el máximo objetivo al que puede aspirar cualquier ser humano. Al final, la belleza se produce cuando la emoción impregna una técnica depurada, trabajada, exquisita.

Y esto, la técnica, nos lleva al camino a recorrer, porque en la evolución de la técnica elegida para nuestra aproximación a la perfección, la búsqueda de la belleza, se marcan las metas necesarias para lograrlo, y no importa que esa técnica se alcance mediante el estudio, el análisis, la plástica o el discernimiento de nuestro propio yo. No importa si el caminante nació especialmente dotado para el camino a recorrer, o si ha sido su voluntad sin talento previo, la que lo ha llevado a transitarlo, solo ciertas ventajas en el aprendizaje señalarán discretamente a uno u otro, lo importante, lo que determinará el resultado, serán la perseverancia y el compromiso para lograr las metas que jalonan el discurrir.

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Lo que sí es claro, es que la belleza solo se obtendrá por una aportación personal, sea individual o colectiva, que suponga una evolución en la disciplina elegida, y que el mero estudio sin resultados, el dominio de la técnica sin creación, el compromiso ético sin consecuencias, solo repetirán una belleza conseguida por otros, que de ninguna manera iluminará el camino personal, o no pasará de simular como logro propio un tránsito de caminos ya recorridos, lo que al fin y a la postre, independientemente de la valoración personal, supondrá un fracaso.

1 COMENTARIO

  1. También nuestro paisano Vicente Risco decía;» As cousas son asegún se miren»
    El talento se ejercita,se potencia y perfecciona con el esfuerzo.
    Que las musas te pillen trabajando

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