Allá por el año 2019 en este mismo medio hice un análisis crítico sobre el gran fraude en el que se había convertido la Organización de las Naciones Unidas (ONU), con ocasión de la celebración de su día internacional el 24 de octubre; aplicable al conflicto entre EEUU y Venezuela que Donald Trump ya puso sobre la mesa en su primer gobierno y que, ayer mostrándose al mundo como un superhéroe inicia un nuevo recorrido mediante su incursión militar en Territorio venezolano y captura de su presidente Nicolás Maduro como una operación contra narcoterrorismo y tráfiico de armas que, numerosos gobiernos y organismos internacionales han calificado como una violación del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas.

La ONU fue concebida como un mecanismo multilateral para evitar guerras, preservar la paz internacional y proteger la soberanía y los derechos de los pueblos tras las devastaciones del siglo XX. Sin embargo, la realidad contemporánea muestra sus limitaciones estructurales y políticas: la ONU a menudo ha servido, de hecho, como instrumento de legitimación o de impotencia frente a las grandes potencias, en lugar de ser un árbitro efectivo de justicia internacional.
Durante años, Venezuela ha estado inmersa en una profunda crisis institucional y humanitaria, con amplias denuncias de fraude electoral, represión política, colapso económico, encarcelamiento y persecución a opositores y detractores del continuista gobierno de Hugo Chávez, a quien Maduro sucedió tras su muerte en marzo de 2013, cumpliendo los deseos de aquel quien le ungió como su sucesor político, lo que convierte a su gobierno en ilegítimo, como así han afirmado otros gobiernos, especialmente en América Latina y Europa, indicando que las elecciones y la permanencia en el poder de Maduro carecen de legitimidad democrática.
Pese a ello, el Consejo de Seguridad de la ONU no ha logrado articular una respuesta colectiva eficaz, en parte debido al derecho de veto de sus miembros permanentes y a las contradicciones geopolíticas entre potencias como Estados Unidos, Rusia y China que evidencian el gran fraude de este organismo internacional referido al inicio, debido a su incapacidad para mediar y proponer soluciones políticas concertadas antes de que estallara la crisis abierta entre EEUU y Venezuela.
El profesor Robert Keohane, uno de los teóricos contemporáneos más influyentes de las relaciones internacionales, ha señalado, a menudo, que los organismos multilaterales pueden perder credibilidad cuando no hay mecanismos internos que obliguen a sus miembros poderosos a cumplir con sus principios fundacionales. En su obra sobre gobernanza internacional, Keohane subraya que la eficacia de las instituciones globales no depende únicamente de sus normas, sino de la voluntad política de sus miembros para hacerlas efectivas.
En definitiva, si la ONU hubiera actuado de forma proactiva y con mayor independencia de los intereses de las grandes potencias, podría haber ofrecido una ruta de mediación política legítima que evitara la actual escalada y las consecuencias de una intervención militar directa y unilateral que ahora está generando reacciones divergentes no sólo en el conflicto que estamos analizando sino en mucho otros que todos tenemos en nuestra mente a nivel mundial. De manera que, mientras, algunos gobiernos europeos y de otras regiones exigen respeto al derecho internacional y rechazo al uso unilateral de la fuerza, otros señalan que la crisis es una “amenaza a la paz y la seguridad internacionales” que debería haberse abordado mucho antes con mecanismos de contención y presión diplomática colectiva.
Es más, la Carta de las Naciones Unidas establece claramente la prohibición del uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, convirtiéndose el artículo 2(4) de la Carta en uno de los pilares del derecho internacional moderno, al prohibir de manera expresa la amenaza o el uso de la fuerza salvo en casos muy limitados y bajo mandato del Consejo de Seguridad. Motivo por el cual, la acción estadounidense en el día de ayer no puede ser más que condenada y criticada, porque tal y como ha puesto de manifiesto la propia ONU al mostrar su grave preocupación al respecto por la escalada de tensiones a nivel global y subrayando la necesidad de respetar la Carta de la ONU y el derecho internacional que Trump se sigue pasando por el arco del triunfo, lo que ha llevado a mucho gobiernos a instar la convocatoria de emergencia del Consejo de Seguridad y a reforzar su mandato de protección de poblaciones vulnerables, llamando a una solución negociada y política que respete los derechos humanos y la voluntad popular, en lugar de recurrir a la fuerza unilateral.
La intervención y la captura de líderes políticos generan inevitablemente consecuencias humanas y regionales, con un impacto real sobre poblaciones civiles, desplazamientos forzados y tensiones regionales, evitables si la ONU, con su sistema de agencias especializadas hubiera movilizado antes mecanismos de observación electoral, mediación política y asistencia humanitaria, reduciendo así tanto la crisis interna venezolana como la tensión internacional que en el momento actual sufre una gran escala alcanzando niveles muy peligrosos que pueden desestabilizar la paz mundial, al debilitarse las relaciones diplomáticas.
Esto no significa relativizar la crisis política venezolana, pero sí pone de relieve que la ausencia de una respuesta multilateral preventiva para evitar una intervención militar unilateral que ahora divide a la comunidad internacional en torno a cuestiones de soberanía, legitimidad democrática y la legalidad del uso de la fuerza, hubiese sido la solución al problema, pasando necesariamente por la convocatoria de elecciones bajo la supervisión internacional que legitimen un gobienro que salga de la urnas.

Es necesario y urgente para que la ONU resulte eficaz evidenciar sus debilidades estructurales que deben solucionarse mediante la reforma de su Consejo de Seguridad de modo que refleje mejor las realidades del siglo XXI y reduzca la hegemonía de unos pocos Estados con derecho a veto; además de habilitar mecanismos de intervención temprana para fortalecer su capacidad de gestión de crisis política antes de que se conviertan en conflictos abiertos y, por último, dotarla de mayor autonomía frente a intereses geopolíticos particulares de sus miembros más poderosos para poder cumplir realmente con su mandato de paz y seguridad.
De lo expuesto, la conclusión no puede ser otra que la crisis entre EEUU y Venezuela pone de manifiesto, una vez más, la ineficacia de la ONU para frenar una escalada militar antes de que ocurra, evidenciando de manera clara que su actuación constituye una falla profunda en el sistema internacional contemporáneo.
Ahora bien, lejos de demonizar, sin más, a la ONU, calificándola como entidad inútil, que lo es en su actual concepción, el episodio entre EEUU y Venezuela debería ser una llamada de atención para reforzar sus mecanismos de prevención de conflictos y mediación política, de modo que otro Estado no tenga que ver su soberanía violada por falta de alternativas multilaterales.
Solo una ONU más fuerte, más legítima y verdaderamente independiente podría haber ofrecido, con anticipación, una salida pacífica a una crisis que ahora amenaza no solo la estabilidad de Venezuela, sino la confianza global en las instituciones internacionales que supuestamente protegen la paz y el derecho internacional.






Es una vergüenza lo que ha ocurrido y provoca terror la paralización del resto ante esa barbarie.