Hace seis años, en la víspera de esa pandemia que sorprendió al mundo dejando tras de si una estela de 14,9 millones de víctimas mortales, de las que la conciencia colectiva parece haberse olvidado, como nos olvidamos de la mayoría de las catástrofes pasado un tiempo; perdí por otras causas distintas a mi padre y a mi hermano, con una diferencia apenas de mes y medio que, sin duda, me sirvió para comprender mejor el dolor de las familias de aquella tragedia que sorprendió al mundo entero.

A mi padre lo perdí tras un largo alzheimer que lo fue consumiendo durante cinco largos años y, a mi hermano, por culpa de un cáncer galopante, dejándome un vacío eterno, constante, insufrible al principio, y que a lo largo del tiempo he aprendido a gestionar, teniéndolos presentes, hablando con ellos y que, a pesar de que nunca me responden con palabras, si lo hacen con emociones del recuerdo que suscitan en mi interior, tomando ejemplo de su vida y de transito a otra dimesión, dejando que me acaricie el amor que me dieron, y que siento como si siguiesen estando conmigo.
Os cuento todo esto, porque mi intención es hablaros de la muerte, anque no es la primera vez que lo hago. No desde ese punto de vista macabro con el que siempre se la representa, un esqueleto a caballo con una a guadaña en una mano y la otra en la riendas, sino como un estadio, como un paso, como un renacer.
Soy consciente que hablar de la muerte es enfrentarse, inevitablemente, al límite último de la experiencia humana, viniéndose a mi cabeza ritos ancestrales, doctrinas religiosas y filosóficas, todas ellas intentando en mayor o menor medida, ir más allá de esa visión reductiva que la concibe como un simple final, como un interruptor que apaga todas nuestras actividades fisiológicas, todos esos procesos químicos y físicos que permiten mantener la vida.
En las culturas antiguas, la muerte rara vez fue vista como un corte abrupto o una aniquilación definitiva. Para los egipcios, por ejemplo, el alma continuaba su viaje tras abandonar el cuerpo, enfrentándose a un juicio y, si era digna, accediendo a la eternidad. En las tradiciones orientales, especialmente en el hinduismo y el budismo, la muerte se inserta dentro de un ciclo continuo de vida, muerte y reencarnación, donde cada existencia es una etapa en un proceso evolutivo del alma. Incluso en la cosmovisión cristiana, la muerte no es el final, sino la antesala de la resurrección y la vida eterna. Estas concepciones coinciden en una intuición profunda: morir no es desaparecer, sino transformarse.
Es cierto que, desde un enfoque científico actual, no hay evidencia verificable de que la conciencia sobreviva a la muerte cerebral. Todo apunta a que la experiencia subjetiva cesa con la desintegración del cerebro. Sin embargo, existen estadios que nos aproxima a esa continuidad de la conciencia como son las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM) que, como bien sabemos, son vivencias reportadas por personas que han estado en situaciones de muerte clínica temporal (paro cardíaco, coma profundo, accidentes graves) y que, al recuperarse, describen experiencias intensas y extraordinarias ocurridas mientras su vida estuvo en peligro.
No se trata de negar el dolor, la pérdida o el vacío que deja la partida de un ser querido, sino de comprender que ese dolor surge precisamente del amor y del apego. Desde esta óptica, la muerte no es enemiga de la vida, sino su complemento inevitable. Así como el día da sentido a la noche y el invierno prepara el renacer de la primavera, la muerte dota a la vida de profundidad, urgencia y significado.
Me pregunto, si fuésemos eternos en este plano o dimensión en la que nos encontramos, ¿percibiríamos la existencia con la misma intensidad?.
Ello me lleva a que, aceptar la muerte como tránsito también me lleva a confrontar con mi propia finitud, sobre todo en esta sociedad obsesionada con la juventud, la productividad y la negación del envejecimiento, en la que, hablar de muerte resulta incómodo. Preferimos ocultarla, medicalizarla, relegarla a los márgenes. Sin embargo, cuanto más la evitamos, me doy cuenta que más poder tiene sobre nosotros. Por eso prefiero reconocerla como parte natural del ciclo vital que me permite establecer una relación más sana con ella, y, paradójicamente, vivir con mayor plenitud.

Resulta innegable que, cuando comprendemos que todo es impermanente, cada momento adquiere un valor sagrado. La conciencia de que un día dejaremos este mundo puede transformarse en una llamada a la autenticidad. Nos invita a preguntarnos: ¿estamos viviendo de acuerdo con nuestros valores más profundos? ¿Estamos amando con honestidad? ¿Estamos siendo fieles a lo que somos? La muerte, vista así, no paraliza, sino que despierta.
La muerte como renacimiento, como tránsito, me ayuda a sumergirme en la continuidad en otras dimensiones, sin necesidad de adherirme a una doctrina específica para intuir que la energía, la conciencia o la esencia de un ser no se extinguen por completo. Quizá persista en la memoria de quienes me amaron, en las huellas que consiga dejar en este mundo. en las semillas que pude sembrar. En este sentido, considero que cada vida trasciende su propio límite biológico y se expande en una red invisible de influencias.
En última instancia, concebir la muerte como renacimiento me invita a una reconciliación profunda con mi propia condición humana. Me libera de la ilusión de control absoluto y me coloca frente al misterio con humildad. Me recuerda que soy parte de un flujo continuo, de un ciclo donde nada se pierde del todo, sino que se transforma.
Tal vez el verdadero renacimiento no ocurra después de la muerte física, sino en la forma en que elegimos vivir al saber que moriremos. Cada instante se convierte entonces en un acto consciente, cada respiración en un regalo, cada encuentro en un milagro irrepetible. Comprendemos que vivir bien es, en el fondo, aprender a morir, y que morir serenamente es haber aprendido a vivir.
De esta manera, la muerte deja de ser un abismo y se convierte en un puente. Un puente hacia lo desconocido, sí, pero también hacia lo eterno, hacia lo que trasciende las formas, hacia ese misterio profundo que llamamos vida, y que quizás no tenga opuesto, sino solo distintas manifestaciones.






Un profundo artículo, conmovedor y alentador.
Una extraordinaria reflexión.
Gracias.