LA MUERTE INAPROPIADA

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Morirse es una actividad para la que habitualmente estamos poco preparados. Por más que hay quién sostiene que hacemos, como mínimo, un entrenamiento al día, cuando nos dormimos, esto siempre lo hacemos con la confianza de que volvemos a despertarnos al cabo de unas horas. No, morirse es una actividad sin posible ensayo y de cuyas consecuencias nadie tiene certeza.

Tal vez por eso, seguramente por eso, nadie se muere en el momento más oportuno. A nadie le suele pillar la muerte con todos sus proyectos vitales cerrados y pensando que es el momento. La inoportunidad pasa de una muerte prematura, en la que la vida apenas ha arrancado, hasta esas muertes que se demoran en el tiempo causando estragos en los que esperan y en sus familias, sin olvidarse de esas muertes inopinadas, absolutamente sorprendentes. Esas muertes de cuyo sujeto suele decirse que ayer estaba como una rosa.

No, la muerte nunca es oportuna, la muerte nunca llega adecuadamente. Pero con todo y con eso, hay momentos, causas, en los que la muerte parece hacer una burla. Muertes que deberían llevar aparejada una indemnización en vida.

Y esa es la sensación que tengo en estos días, esa es la percepción que me provocan ciertas muertes a día de hoy, que hay gente que se muere de muertes impropias, de muertes inadecuadas.

Ahora, hoy, desde hace casi un año, cuando alguien se muere, cuando te dicen que alguien ha muerto, lo primero que piensas es que el puñetero COVID se ha se llevado otra vida por delante. Ya casi ni lo preguntas, por eso cuando te dicen, de motu proprio o porque lo preguntas, que el finado ha muerto por otra enfermedad, o por accidente, o por un deficiente funcionamiento del sistema médico, tienes que pararte a pensar que existe una realidad mortuoria más allá del virus de nuestras “entremascarillas”.

Y entonces, con ese irónico fatalismo que tan bien manejamos, en vez de pensar que ayer estaba como una rosa, piensas: “si ayer aún iba con mascarilla”, como diciendo, todos estos meses sin salir a la calle, lavándose las manos cada quince minutos, poniéndose dos mascarillas hasta para besar a su cónyuge, a sus hijos, y ahora va y muere atropellado, de un infarto, tropezando con la acera, o de cualquiera de esas muertes que en tiempos de pandemia deberían de caer en desuso, deberían de estar prohibidas.

No, morirse, sea de lo que sea, sea por la causa que sea, que no sea el bicho, siendo siempre inoportuno, en tiempos de pandemia, parece incluso inadecuado, como morirse a traición y con desacato.

Y aunque esta reflexión pueda tener una cierta lectura irónica, humorística, con humor negro, necrosado, seguramente  es porque de alguna manera tenemos que revelarnos y mostrarle a la muerte nuestro irreductible desdén, por lo menos hasta que nos sintamos señalados.

Decía mi madre, que como muy bien saben mis lectores era de decir muchas cosas, que pocos sitios hay en los que las risas sean tantas y tan saludables, como en los velatorios. Alguno compartí con ella en el que las anécdotas se hilaban con risas evocadoras de tiempos y sucedidos, risas abiertas, en carcajada.

Pero por más que la risa acuda, el dolor, la pérdida, se quedan dentro, y la rabia por la muerte inoportuna se hace indignación por lo inapropiada. Muertos en esta pandemia, la muerte os debe una vida, la pandemia muchos miles. Ya sé que no me oís, ya sé que la muerte es sorda, pero aquí queda mi petición, y por escrito.

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