LA MERIENDA

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Estábamos sentados el uno junto a la otra, ella, y entre palabra y broma una pizca del relleno de su bocadillo quedo pegado a su labio inferior. Inicialmente pensé que se desprendería o sería engullido con el siguiente bocado, pero dada la persistencia de aquella brizna alargué la mano en un gesto que hoy valoro como de excesiva intimidad pero que no fue más que casi un acto reflejo.

Mi dedo pulgar rozó un instante de más, una pulgada de más de lo imprescindible su labio y sus pestañas cayeron un instante de más, un parpadeo de más, en el contacto. Aquel gesto posó mi dedo que recorrió el camino inverso sin conseguir despegarse de unos labios que se entreabrieron y emitieron un suspiro quedo.

No pude recuperar mi dedo que con suavidad y firmeza recorrió sus labios una y otra vez en un movimiento de hipnóptico vaivén sobre aquella boca que emitía bocanadas cada vez más profundas de un aire que parecía provenir desde otros labios. Sus ojos se entrecerraron y finalmente un leve estremecimiento recorrió su cuerpo y un suspiro surgido de más abajo del estomago salió de su boca ya ligeramente abierta. Después un instante de inmovilidad, un instante de silencio, un instante en que mis entrañas, las suyas, se retorcieron en un espasmo eléctrico.

El tiempo, el sonido, el movimiento volvieron a ser lo que fueron. Las palabras siguieron justo donde un instante antes estuvieran y nadie, tal vez ni nosotros entonces, reparamos en lo sucedido, ni nunca se repitió, ni nunca el hecho traspasará la berrera de nuestra mutua memoria, la memoria de apenas unos segundos, de apenas un orgasmo.

© Boticheli

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