LA MALDAD ES UNA HEBRA DE AGUA TURBIA QUE NACE DE UN CRISTAL DE INOCENCIA.

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Hay que razonar junto a Gabriela Mistral leyéndole que la maldad es como una hebra de agua turbia que, si te remontas a su fuente, nace de un cristal de inocencia, y, por tanto, hay que comprender, con la escritora, que en el nacimiento de lo malo hay una inconsciencia primigenia que brota sin darse cuenta, primer paso impuro que se da sin saberse que lo es tanto, y que, sin embargo, lleva a la perdición.

De joven, aquel chico que conocí en el patio del colegio era cariñoso, simpático y sociable. Se quedó huérfano relativamente pronto y luego la vida, sin la madre en casa, creo que le dejó un poco desprotegido, al socaire de todos los vientos. Cuando terminé derecho empecé a defenderle en juicios de faltas –ahora, con esta afición al eufemismo, se llaman juicios por delitos leves–. Quizás todo comenzó en un primer traspié ingenuo, sin intención. Ningún delincuente comienza matando, todos comienzan pensando que no lo son, que no lo serán, que controlan, pero hay una progresión en el devenir delictivo que pasa por pisar por primera vez y con inocencia el territorio prohibido. A partir de ahí, la hebra de agua diamantina se va enturbiando con ese coqueteo cercano y seductor, llega la ponzoña que corroe por dentro y ya no te libera de la culpa, que vive contigo y pide más alimento. Hay algo en el sentirse culpable, creo yo, que, si no eres humilde y no reconoces la culpa, te lleva a afirmarte volviendo a las andadas, y el andar de un criminal intuyo que es una lucha constante contra esa voz interior que le recuerda que un día fue puro y bueno, pero a la que él no hace caso huyendo cada vez más lejos del manantial puro y cristalino, manchándolo con más crímenes, uno tras otro, pues llega un momento en que no hay otro modo de tapar a la voz de la conciencia que enterrarla en la ciénaga de la crueldad. Sin embargo el culpable se sigue oyendo, por eso el delincuente entra en una espiral que le lleva siempre más allá, creyendo que los delitos más execrables acallarán la voz de la conciencia. De joven, aquel chico que yo conocí, era majo y sociable, se hacía querer, pero con los años y tras una trayectoria delincuencial constante acabó matando a un hombre sólo porque, el pobre, le descubrió robando en su casa. Huyó refugiándose en la madrugada y en ese su manto oscuro y protector, pasó la noche en un lupanar, luego se refugió meses esquivando el rastro de la pasma hasta acabar juzgado y preso. Murió ahorcado en la cárcel y hasta es posible que se reuniera con su madre allá donde toda culpa lava las máculas más profundas para convertirse otra vez en un cristal de inocencia. Yo, que hacía muchos años que no le defendía, estuve en ese juicio suyo defendiendo a otra persona atrapada en la red de forma tangencial. Me convertí entonces en el espectador final de una inercia que empezó un poco más tarde de aquel tiempo en el que tirábamos canastas. Los jueces nada sabían del chico que yo conocí, ni falta que les hacía, pues los jueces juzgan hechos y aplican el derecho y santas pascuas. Es su función. Solo alguien excepcional como Gabriela Mistral puede alcanzar la profundidad suficiente para  comprender que aquel escolar que jugaba al baloncesto conmigo abandonaría la senda de la inocencia cometiendo inocentemente,  valga la redundancia, un primer acto de maldad, una pillería que le llevó a la reprensión judicial leve. Cristal de inocencia, luego, agua turbia. Cuando ya no encontró más remedio a aquel destino suyo de no liberarse de la mala vida, decidió quitarse la vida.

Mi abuelo Guillermo Amieva me dejó la cita de Gabriela Mistral en una última carta suya que aún conservo. Confiaba en la humanidad, pensaba que las generaciones jóvenes mejoraban en inteligencia y habilidad y que, con el tiempo, el ser humano será capaz de remontar el río turbio en que hemos convertido la vida y que, al fin, nos reuniremos en la fuente del amor, agua pura y cristalina donde la maldad no existe. Aquella carta postrera suya, escrita como una herencia espiritual, digo que la conservo aún  bajo el cartapacio de mi despacho, lugar donde se guardan las cosas importantes. Esa carta de mi abuelo, bella, muy bella y profunda  –de él he heredado el amor por la literatura – lleva toda la vida profesional conmigo, unida como una costilla de Adán de la que ha nacido en mí un compromiso de reflexión constante.

Hay veces que una frase da juego para mucho tiempo y esconde secretos que hay que desvelar poco a poco. Acostumbrado después de treinta años a la vida del foro y vinculado a este escenario donde se dirimen las responsabilidades de los actos delictivos, una noticia tan horrenda como el infanticidio de dos niñas encantadoras, siendo yo mismo padre de dos hijas, me deja estupefacto. Ciertamente, una cosa así es horrorosa. El caso concreto siempre indigna incluso a los juristas más duchos, pero un análisis abstracto , una vez que nos sobreponemos a la tragedia (el tiempo, tristemente, nos cura de espanto) nos debe llevar a repensar esos actos criminales que cometen otros pero que forman parte de nuestro pasivo colectivo y que son nuestra responsabilidad. Hay manos que los ejecutan, nadie puede dejar de abominar de ese padre que ha convertido a sus niñas en dos víctimas que ahora honramos con nuestro dolor. Llevamos días pensando en su inocencia y se nos mete en el alma que ese salvaje haya podido hacer una cosa como esa, pero pronto el tiempo traerá el olvido. Lo crucial es saber que la maldad es como una hebra de agua turbia que, si nos remontamos a su fuente, siempre nace prendida de inocencia. Quizás debamos analizar, para evitarlo, qué pasa para que un chico sociable y cariñoso, o ese padre que un día amó y trajo al mundo con pasión dos sirenas hermosas, cruce la frontera del territorio que hace de nosotros unos verdaderos monstruos.

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