LA LEALTAD

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El concepto de lealtad viene siendo entendido como un término de la grandeza de un ser humano, pero ¿Debe ser tomada esa concepción sin reservas?

 

La mejor manera de hablar de ciertos términos comienza dejando constancia del significado inequívoco que queremos dar ese término, por lo que trataremos tres conceptos íntimamente relacionados, empezaremos dando la definición por la que nos referiremos al usarlos.

Así como la fidelidad la entendemos como la firmeza y constancia en los afectos, ideas y obligaciones, y en el cumplimiento de los compromisos establecidos; esto nos permite entender el concepto de lealtad como el sentimiento de respeto y fidelidad a los propios principios morales, a los compromisos establecidos o hacia alguien. Teniendo claro el significado de estas palabras nos queda por clarificar el significado que le damos al concepto de honor, al cual nos referiremos cuando somos consecuentes al ajustar nuestras acciones a las reglas morales que nos impulsan como persona a actuar rectamente, cumpliendo nuestro deber y de acuerdo con la moral. Esto último sólo se consigue, cuando nuestra conciencia ha puesto en comunión nuestra alma racional y la sensorial, y esa moral construida a través de la razón se pone en movimiento a través de nuestros actos.

Si la moral es ese constructo de normas, establecidas a través de la razón, que deben regir nuestros actos, y además nos sabemos seres imperfectos, es evidente que somos realidades en perpetua construcción, lo cual nos lleva a preguntarnos ¿Nuestra moral es estática o dinámica? ¿Podemos considerar que el conjunto de valores que definen nuestra moral será siempre el mismo?

Aunque haya un sustrato inalienable en las reglas morales que nos otorgamos, cierto es que la perspectiva que da entidad a ese sustrato va mutando a través del tiempo, y los hechos y vivencias que nos acontecen, nos inviten a valorar de diferente forma situaciones que antaño entenderíamos de otra manera.

Cuando pasamos por la criba de la razón el principio de lealtad hay que entender, esencialmente, tres tipos diferentes, como ya enumerábamos unos párrafos más arriba.

La lealtad hacia alguien siempre estará condicionada a la evolución personal de quién la ofrece y en quién se deposita. Por tanto, la lealtad hacia las personas no puede, ni debe, ser algo férreo, ya que la propia libertad que anima al cambio a cada individuo obliga a que esa relación que se establece entre dos personas no pueda basarse en la fidelidad, ya que esta está determinada por la constancia y firmeza, y esto puede entrar en conflicto con la debida a nuestros principios morales. Solo podemos entender la fidelidad hacia las personas, si esta relación se estableciera condicionada a la propia evolución del depositante y el depositando, pero esto debilitaría el principio de constancia y firmeza que define a la lealtad.

La lealtad hacia compromisos adquiridos es el terreno de arenas movedizas en el que hay que extremar el cuidado. Dar nuestra palabra, siempre debe ser un compromiso firme, ya que por un lado demuestra la solidez de nuestra moral y por otro pasamos a formar parte ineludible del objeto de nuestro compromiso. La ejecución de este compromiso no es otra cosa que poner en movimiento nuestra moral a través de la acción. Por tanto, adquirir un compromiso no es cuestión que deba hacerse de forma baladí, sino tras una profunda reflexión.

Por último, la lealtad a nuestros principios morales debe ser inalienable, esto implica que todo acto consciente, debe ser el resultado de poner en movimiento nuestra concepción moral. El honor de una persona no debe ser la imagen que proyecta hacia el otro, sino que debe ser el resultado consciente del reflejo de nuestros principios en nuestros actos. Viene a mi memoria el cuento del rey desnudo, en el que los súbditos del Rey, por una mal entendida lealtad al mismo y una falta de lealtad a uno de los principios morales básicos, que es la sinceridad, alababan la calidad de su traje inexistente.

Hay que tener presente que la lealtad tiene un perpetuo conflicto con la libertad del ser humano, ya que mientras que la primera coarta la acción a lo largo del tiempo, la segunda da rienda suelta a someterla al momento y la perspectiva del instante, por tanto, el objeto de nuestra lealtad debe ser merecedor de ella y debe ser consecuente, al menos, con ese estrato básico que define nuestros principios morales.

 

 

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