LA HUELLA DE AMOS OZ

 

No hay duda de que la densidad de nuestra perspectiva vital se enriquece al entrar en contacto con los mejores, con sus obras de distinto género a las que podemos aproximarnos y acceder incluso mucho después de que murieran. El escritor israelí Amos Oz no llegó a cumplir los 80 años de edad. De padre lituano y madre ucraniana, su nombre era Amos Klausner. Tendría unos quince años cuando al entrar en un kibutz decidió pasar a llamarse Amos Oz (‘valor’, ‘fuerza’, en hebreo).

Amos Oz

Hay un libro suyo póstumo, fruto de largas horas de conversaciones grabadas hace dos años con la editora Shira Hadad: ¿De qué está hecha una manzana? Echemos un vistazo a algunas de las cosas que quisieron trasladarnos, no un análisis pormenorizado y jerarquizado. Por ejemplo, destacaba su afán para que no se borrase el rastro de su existencia y de lo que él había observado y valorado. Sus relatos, afirmaba, estaban hechos de “una suma de encuentros, experiencias y escuchas atentas”. Decía saber de sus personajes literarios mucho más de lo que él dejaba escrito… Ha reconocido que tantear y hacer concesiones es ‘sinónimo de vida’, lo contrario de muerte y fanatismo (al que dedicó magníficos ensayos). Comparaba las diferencias de hábitos y usos generacionales y se mostraba crítico acerca de su intensa experiencia en kibutz.

¿Qué atributo le parecía más atractivo, tanto en el hombre como en la mujer? No vacilaba: la generosidad. Amos Oz era capaz de sentir remordimientos y arrepentirse de haber dicho ciertas cosas, por ejemplo que “la derecha piensa con las tripas, mientras la izquierda piensa con la cabeza”; lo que catalogaba de idea simplista e incorrecta, dado que unos y otros piensan con la cabeza y con las tripas al mismo tiempo.

Oz confesaba su gusto por enseñar, creía que educar es un acto de seducción, que “un profesor de música tiene que atraer oyentes y un profesor de literatura tiene que atraer lectores”. Y distinguía entre ‘influir’ y ‘dejar huella’. En cuanto a su evolución personal, decía que ahora disculpaba mucho cosas más que de joven pero jamás los actos de crueldad. Deploraba la sistemática infantilización de la humanidad, pero quería  confiar en la posible irrupción de cosas buenas e inesperadas. Son pensamientos que merecen ser absorbidos.

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