En mi anterior artículo, dejándome llevar por los tecnicismos de mi profesión, me diò por analizar el declive de las democracias actuales fruto del populismo, como resultado no sólo de la manifiesta decadencia social sino de una libertad mal entendida donde sólo se reclaman derechos que, no digo yo que no haya que hacerlo, y con ahínco y firmeza, pero siendo conscientes de los correlativos deberes como equilibrio de la balanza que debe nivelar nuestras relaciones sociales, donde se debe reflejar la auténtica esencia de un demócrata que no es otra que el respeto y la tolerancia hacia quienes no piensan lo mismo que nosotros.

Declibe, también fruto de la decadencia moral de nuestros representantes políticos que con sus actitudes, más propias de charlatanes de feria y de la camorra siciliana, están convirtiendo las instituciones en auténticos estercoleros, en cloacas de inmundicia, de las que todos, sin exclusión, reitero, sin exclusión, participan o han participado por tolerancia o permisibilidad, falta de crítica y de condena de las conductas de sus correligionarios de partido, de coalicion, co-gobierno, o en un tü me das para que yo te dé; incluso de alterne en esos lugares de lucecitas rojas, verdes y amarillas, de comilonas, o de vacaciones en resortes de lujo con pulsera de todo incluido, absolutamente todo; como también por accion o por omisión ante un panorama en el que todo vale para mantener sus posaderas bien apoyadas en la poltrona del poder y obtener ingentes fortunas.
Pero lo más bochornoso, es ver y soportar, cómo en todo el espectro parlamentario a nivel central y autonómico, sin olvidar las otras Administraciones territoriales, se pretende por algunos, dando lo mismo en la derecha que la izquierda, dar lecciones de moralidad y democracia, cuando todos están inmersos en un populismo de verborrea política disfrazado de cierto cienticismo político basado en doctrinas radicalizadas y caducas de división y confrontación entre unos y otros, con una polarización cada vez mayor, donde el interés general que debe regir la actuación de los poderes públicos, está íntimamente unido a los intereses de partido, buscando la rentabilidad política a base de un adoctrinamiento reaccionario de que, lo contrario, no es lo democrático.
Tal vez, se espere de mi una postura menos mordaz, pero hasta el buenismo de quiénes piensan que siempre hay algo bueno en algunos representantes, me parece no ser más que una manifestación de conformismo y hasta tolerancia con este sistema que se empeñan en tildarlo de democracia cuando realmente estamos ante una vulgar parodia política, donde se prostituye hasta la propia constitución sin reparo ni vergüenza, mediante una partidocracia que convierte el pluralismo político en un sagaz juego de manipulación ciudadana que, en vez de sumar en beneficio de todos, se ha convertido en una auténtica batalla campal, fiel reflejo del cuadro de Goya de «a garrotazos». Que vergüenza, o mejor dicho cuántos sinvergüenzas juntos
Miren ustedes, no sé puede dar por válido el comportamiento de aquellos políticos que critican las acciones cargadas de inmundicia de otros, pero siguen participando de ellas o de sus políticas, mediante apoyos o coaliciones parlamentarias de las que sacan provecho, no todos, sino sólo los suyos.
No sé puede llamar a los otros corruptos tolerando sus actitudes y participando de su poder. No se puede llamar a los demás casta cuando estás participando o colaborando con ella, porque eso en mi tierra se llama oportunismo, aparte de convertirse igualmente en casta quienes lo hacen, porque como dice el refrán: «dime con quién andas y te diré quién eres».
Esto es lo que tenemos, y no se si lo que merecemos por votarlos, porque aún pensando en que la esperanza en el cambio por quienes hemos votado esperando que dieran un giro a este patético panorama político y social, me llevan a plantearme si no es más que una manifestación de nuestra inmadurez democrática y política, aparte de una motivación basada en una reflexión cargada de una pueril confianza en quienes no la merecen.







Extraordinario artículo, a cuya reflexión me adhiero por completo.
Donde la corrupción campa a sus anchas, no hay democracia; sólo impotencia de los administrados y guante blanco de quienes reparten, para llevarse…; ya lo dice el refrán…
Hay que legislar para que exista verdadera separación de poderes y para que las minorías no se conviertan en mayorías; pero quién le pondrá el cascabel al gato…?
Aun así, los jueces, creo, harán su trabajo.
No olvidemos una cosa. Las instituciones son un reflejo de como son aquellos que las eligen. todavía sigo escuchando a correligionarios de todo el espectro justificar lo injustificable de aquellos líderes a los que siguen, pero criticando y condenando esos mismos actos si son de «Los contrarios». Hace bien poco he llegado a escuchar …. «Bueno al menos roban los nuestros» como si eso fuera un beneficio para él mismo, que está siendo expoliado.