LA FRATERNIDAD: EL ÚLTIMO VÍNCULO

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Vivimos rodeados de palabras y, paradójicamente, cada vez nos escuchamos menos. Nunca habíamos dispuesto de tantos medios para comunicarnos, para conocer lo que piensa quien vive al otro lado del mundo, para compartir ideas, sentimientos o experiencias y, sin embargo, pocas veces hemos parecido tan distantes unos de otros. Hemos confundido comunicarnos con hablar, debatir con vencer y defender nuestras convicciones con destruir las del contrario. Quizá por eso resulte necesario recuperar una palabra antigua, sencilla y profundamente humana: fraternidad.

Aquella fraternidad que, junto a la libertad y la igualdad, terminó formando parte de uno de los grandes ideales heredados de la Ilustración y de la Revolución francesa. Y quizá de las tres sea la que más fácilmente hemos olvidado, pese a que, sin ella, las otras dos difícilmente pueden alcanzar toda su dimensión humana. Porque la libertad sin fraternidad puede terminar convirtiéndose en egoísmo, y la igualdad sin fraternidad puede reducirse a una proclamación formal. Es la fraternidad la que nos recuerda que libertad e igualdad no son solamente derechos que reclamamos para nosotros, sino también derechos que debemos reconocer en los demás.

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La fraternidad universal no exige que pensemos igual. Si así fuera, dejaría de ser fraternidad para convertirse en uniformidad. Tampoco significa renunciar a nuestras convicciones. Consiste en algo mucho más difícil: reconocer como semejante a quien no piensa como nosotros. Comprender que detrás de una ideología, una religión, una cultura, una nacionalidad o una manera diferente de entender la vida existe alguien que ama, teme, sufre, duda y espera igual que nosotros.

Pero estamos olvidándolo.

Como sociedad, corremos el riesgo de ser cada vez peores. No porque sepamos menos, sino porque parecemos comprendernos menos; no porque tengamos menos posibilidades de comunicarnos, sino porque hemos convertido demasiadas veces la comunicación en enfrentamiento. Hemos normalizado el insulto, la descalificación y el desprecio. Una discrepancia política puede romper una amistad; una opinión diferente convierte al vecino en adversario; una palabra escrita desde la distancia de una pantalla puede contener una crueldad que difícilmente utilizaríamos mirando a los ojos a la persona que tenemos delante.

Algo estamos haciendo mal.

También la política tiene una responsabilidad en esta degradación cuando encuentra en la división una forma de movilizar apoyos o conservar el poder. Una sociedad enfrentada resulta especialmente vulnerable a los discursos que reducen la realidad a dos bandos irreconciliables. Y cuando políticos mediocres de los que tenemos una prolija muestra en el actual presidente del gobierno y sus ministros, descubren que resulta más fácil enfrentar que convencer, descalificar que argumentar y señalar culpables que resolver problemas, dejando la política de ser servicio para convertirse en una lucha por permanecer en el poder a cualquier precio. Pero sería demasiado cómodo responsabilizar solamente a políticos  que gobiernan, medios de comunicación o redes sociales, máxime cuando en el pasado otros  han hecho más de lo  mismo.

Hoy todo esta marketinizado, el culto al placer ha convertido casi todo cuanto nos rodea en un satisfación enfermiza  de nuestra propia existencia sin importarnos los demás, donde tiene cabida ese  mensaje de quienes dirigen el mundo que sólo buscan la confrontación y eliminación del contrario, desde la izquierda como un peligro para para ese hedonismo existencial que llaman justicia social con mensajes que venden una falsa experanza en una sociedad mejor, relegando el esuferzo con ayudas asistenciales; y por la derecha mediante un neoliberalismo feroz, lo que en ambos casos se traduce en un desequilibrio entre el trabajo y el capital, lo que al final supone el ejercicio de una política ruín y rastrera para coseguir votos, de elinación de ideas, sometiendo al ostracismo o a la muerte civil a cualquiera que piense lo contrario. Un mundo de locos guiado por locos insaciables de poder que en vez de hacer de la política una tarea noble de construcción de sociedades guiadas por valores humanistas y  principios éticos, la han converido en una forma abyecta de ejercico de poder para matenerse en él.

Sin embargo, sómos nosotros los que finalmente ddecidimos si aceptamos esa lógica. Nosotros elegimos si repetimos el insulto, alimentamos el odio o convertimos al discrepante en enemigo.

No podemos entregar nuestra conciencia a nadie. Tenemos la obligación de pensar por nosotros mismos, de escuchar antes de condenar y de conservar la libertad suficiente para reconocer una razón incluso cuando procede de alguien con quien habitualmente discrepamos. Ningún dirigente, ningún partido, ninguna ideología debería conseguir que despreciáramos a otro ser humano simplemente porque piensa de manera diferente. Cuando permitimos que eso suceda, no solo pierde quien recibe nuestro desprecio: perdemos todos.

Porque la fraternidad comienza precisamente donde termina la comodidad de relacionarnos únicamente con quienes piensan como nosotros.

Antes que conservadores o progresistas, creyentes o ateos, ricos o pobres, nacionales o extranjeros, somos seres humanos. Habitamos el mismo pequeño planeta perdido en una inmensidad que apenas alcanzamos a comprender. Compartimos los mismos temores esenciales, la necesidad de sentirnos queridos, la experiencia del dolor, la incertidumbre ante el futuro y la inevitable certeza de la muerte. Nuestra existencia es demasiado breve para desperdiciarla odiándonos por nuestras diferencias.

Y, sin embargo, seguimos levantando muros. Hemos acumulado conocimientos y un poder extraordinario para transformar el mundo, pero no siempre hemos desarrollado en la misma medida la sabiduría necesaria para hacerlo mejor. Somos  capaces de llegar al espacio, comunicarnos instantáneamente entre continentes o crear tecnologías que hace unas décadas parecían imposibles y, sin embargo, todavía nos cuesta algo aparentemente elemental: sentarnos frente a alguien que piensa diferente y escucharlo sin sentir la necesidad de derrotarlo, humillarlo, despreciarlo.

Ese quizá sea uno de nuestros mayores fracasos. Pero no tiene por qué ser nuestro destino.

Estamos llamados a construir un mundo mejor, porque la superviviencia del planeta, nuestro hogar, depende de ello. No porque exista alguna garantía de que vayamos a conseguirlo, sino precisamente porque nada garantiza que suceda si nosotros no lo intentamos. Cada generación recibe una sociedad construida por quienes la precedieron y adquiere una responsabilidad elemental: intentar entregarla a quienes vienen detrás un poco más justa, más libre, más tolerante y, sobre todo, más humana. No deberíamos conformarnos con administrar la herencia recibida. Deberíamos sentir la obligación moral de mejorarla.

Y para hacerlo no necesitamos realizar grandes gestas. La fraternidad comienza en actos aparentemente insignificantes: escuchar, respetar, ayudar, contener una palabra hiriente, intentar comprender antes de juzgar, tender la mano cuando sería más sencillo levantar un muro. Comienza cuando somos capaces de preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo con nuestra manera cotidiana de tratar a los demás.

Pero fraternidad tampoco significa debilidad. Debemos ser suficientemente fuertes, equilibrados y mesurados para no permitir que quienes viven de la provocación determinen nuestra manera de comportarnos. Siempre habrá quien pretenda desestabilizar, herir o provocar una reacción airada; quien necesite convertir cada conversación en una batalla y cada diferencia en una ofensa. Es su elección permanecer en ese mundo gris y oscuro. No tiene por qué ser la nuestra. Responder al insulto con otro insulto, al desprecio con desprecio o a la intolerancia con una intolerancia semejante no nos hace más fuertes ni nos concede la razón: simplemente nos coloca a su mismo nivel y termina convirtiéndonos en aquello que rechazamos.

La verdadera fortaleza consiste precisamente en no permitirlo. En conservar la serenidad cuando otros buscan nuestra ira; en responder con argumentos cuando nos ofrecen descalificaciones; en mantener la educación cuando pretenden arrastrarnos hacia la grosería. No se trata de callar ni de aceptar mansamente aquello que consideramos injusto. Podemos ser firmes, extraordinariamente firmes, sin perder el respeto. Podemos defender nuestras convicciones sin renunciar a nuestra dignidad. A veces, la mayor victoria frente a quien provoca consiste simplemente en demostrarle que no posee poder suficiente para decidir quiénes somos.

Quizá nuestra mayor conquista no vaya a ser tecnológica, económica ni política. Tal vez sea aprender definitivamente que ninguna diferencia justifica despojar al otro de su dignidad. Tenemos capacidad para destruir mucho de lo que hemos construido, pero también para amar, crear, comprender, perdonar y comenzar de nuevo. Esa es nuestra esperanza y también nuestra responsabilidad.

Es posible que hablar de fraternidad universal parezca una utopía. Probablemente lo sea. Tal vez nunca exista un mundo en el que desaparezcan definitivamente el odio, la violencia, el egoísmo o la confrontación. Pero que una meta sea difícil, incluso inalcanzable en su plenitud, no significa que debamos dejar de caminar hacia ella. Las utopías también sirven para recordarnos hacia dónde queremos dirigir nuestros pasos.

Por eso debemos intentarlo.

Cada persona que decide escuchar en lugar de gritar, comprender en lugar de despreciar, construir en lugar de destruir, hace un poco menos utópica esa fraternidad. Y quizá, poco a poco, seamos cada vez más quienes queramos reconstruir una sociedad que comienza a mostrar demasiadas grietas; quienes nos neguemos a permanecer atrapados en una historia escrita demasiadas veces con guerras, enfrentamientos, odios e ignominias; quienes entendamos que recordar el pasado debe servir para no repetirlo, nunca para convertir sus heridas en combustible de nuevos enfrentamientos.

No estamos obligados a perpetuar los odios que heredamos. Tampoco a transmitir a quienes vengan después nuestras mismas trincheras, nuestros resentimientos o nuestros prejuicios. Podemos elegir otra cosa. Podemos reconstruir lo que otros pretenden quebrar, acercar lo que otros separan y demostrar que pensar diferente no nos convierte en enemigos.

Porque no estamos condenados a dejar un mundo peor del que recibimos.

Estamos llamados a dejar un mundo mejor.

Y quizá la fraternidad universal nunca llegue a alcanzarse por completo. Pero mientras haya seres humanos dispuestos a intentarlo, seguirá existiendo una esperanza.

Quizá, al final, de eso se trate: de ser cada día más los que construyen y cada día menos los que destruyen.

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