LA FICCIÓN (I)- LA FICCIÓN SAGRADA

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Soy, no lo puedo esconder, en consumidor de ficción, un buscador compulsivo de preguntas, un devorador permanente de situaciones no vividas personalmente. La ficción, la fantástica en concreto, me proporciona vivencias que, no solo trascienden mi vida cotidiana, si no que proyectan sobre ella, anclada a un territorio limitado y a un tiempo finito, la infinitud de lo ignoto y la eternidad de la imaginación. El descubrimiento de la ficción como divulgación, como especulación práctica de los avances científicos, me abrió el acceso a una visión excepcional del mundo, que solo la experiencia, la capacidad de proyectar lo imaginado sobre lo especulado, me ha ido abriendo caminos insospechados, procesos reflexivos que parten de la inconveniencia de descartar ninguna posibilidad que pueda abrirse paso en la imaginación.

 

Vivimos en un mundo, en un tiempo, en una civilización, en la que la ciencia ficción, cada vez me siento más alejado de este término que lastra emocional y argumentalmente a lo que pretende representar, se queda anticuada antes incluso de que la historia haya llegado a los ojos del lector, del espectador. En un mundo, en un entorno temporal, en el que la ciencia, en el que la especulación científica, se asoma a los mitos, les presta plausibilidad, y les da una pátina de certeza. En un mundo, en un momento, en el que el hombre se asoma a la divinidad de explicar lo que no llega a entender, y de crear su propia réplica.

Y es, tal vez, esta última interacción con nuestro entorno la primera que me llamó la atención sobre la ciencia ficción, cualquiera de sus ramas y épocas, y me llevó a consagrarme durante muchos años a su lectura. Lectura en la que estoy volviendo a incurrir tras unos tiempos de exploración de otras ramas literarias.

Pero, y es una pregunta fundamental ¿Qué es la ciencia ficción? Si aplicamos el significado estricto, ciencia ficción es toda ficción científica, pero ¿Dónde quedan entonces todas las distopías sociales que apenas inciden en la ciencia? ¿Dónde los viajes espaciales de Don Quijote, de Cyrano, de Luciano de Samósata o de Antonio Diógenes? ¿Dónde los viajes a los universos interiores de la «New Thing»? Porque muchas de estas ficciones apenas rozan la ciencia, si es que la rozan, para ponernos en una situación idónea para que la historia contada tenga fuste, para centrar el enfoque previsto de la ficción relatada.

Tal vez los americanos de los años 50, cuando crearon aquella enciclopedia de la primera edad de oro de la ciencia ficción que se llamó “Fantasy & Sciencie Fictión”, aquella revista en la que publicaron todos los grandes monstruos de la literatura fantástica del momento, estuvieron más cerca de la verdadera definición, fantasía y ciencia ficción. Pero tampoco eso completa totalmente el mosaico de posibilidades del género, porque cuando la ficción intimista, la ficción de universos interiores, la ficción de entramado social, hacen su aparición, pueden considerarse fantasía, pero en realidad pretenden ser anticipación, pretenden ser proyección, o, por usar un término más querido en el mundillo iniciado, extrapolación del presente sobre el futuro.

Y aquí no se acaban las realidades, las posibilidades,  de este género literario que es, tal vez, el más antiguo de los conocidos, ya que empezó con los libros sagrados, esos que habitualmente se consideran fuentes de conocimiento revelado. ¿Pueden considerarse estos textos fantasía? No, no por los creyentes, en primer término, no por nadie que analice con un cierto rigor los textos. ¿Ciencia ficción? No, tampoco. La ciencia no parece ocupar ningún lugar preponderante en sus textos. ¿Anticipación, tal vez? Pues tampoco, salvo para aquellos que consideren que todo se repite infinitamente, para los que consideren que el futuro es un pasado repetido, y ni así.

Pero sí parecen tener visos de ser divulgación, me cuesta decir científica, pero una divulgación con la que la ciencia, según avanza y va explicando el mundo, establece conexiones inevitables, evidentes, con pasajes fundamentales de esas escrituras, de esa tradición, que, vista desde esa perspectiva, parece la conservación de un conocimiento transmitido por quién ya lo había tenido.

Cojamos, por sernos el más conocido de los libros considerados sagrados, la Biblia, e intentemos leerla libres de prejuicios, con la mente abierta para trascender la letra exacta. Intentemos leer, con una base de conocimiento científico, los libros de la revelación, es decir, el génesis, el apocalipsis, y la mayoría de los libros de los profetas, y el resultado puede suponernos toda una sorpresa. Claro que lo primero, cosa que sucede con toda obra literaria, es comprender al público objetivo del relato, el público para el que se construye el relato, unas tribus que ignoran cualquier tipo de especulación científica, inmersas en un mundo de religiones mitológicas, animistas, que intentan explicarse el mundo inmediato y hablan de la creación con términos de naturaleza inmediata, gestaciones, nacimientos, emparejamientos. E, inopinadamente, empiezan a hablar de creación, de unidad, de etapas que implican evolución.

Porque el Génesis, leído desde el conocimiento actual, desde la voluntad de trascender la literalidad del retrato, es un maravilloso relato del Big-Bang y las eras evolutivas que el universo ha ido sufriendo, hasta la aparición de la consciencia, que tan poéticamente explica con la historia de Adán y Eva. El Génesis, el libro fundamental del creacionismo, es un libro sobre la evolución, despojándola de todo viso científico, escrito para personas que no comprenden nada del mundo que les rodea. Es un libro lleno de simbolismo, pleno de guiños a un despertar del conocimiento. Un libro capital para reflexionar sobre lo que fue, sobre lo que será, sobre lo que sabemos y lo que nos queda por saber. Un libro revelador, más allá de las revelaciones mal interpretadas por los que pretenden darle un valor literal.

Y si nos asomamos a las tradiciones, no escritas, americanas, con sus dioses astronautas, con sus árboles de fuego en los que viajan algunos de esos dioses, con sus historias, en las que se habla de transmisión del conocimiento, no de revelaciones, ni de ciencia infusa. Los dioses vienen, enseñan, y se van, pero queda el conocimiento. Desde las tribus del norte, hasta el sur, la estructura de los relatos se repite. Y estos dioses cosmonautas, estos dioses que viajan por el espacio, lo hacen en artilugios que son considerados árboles que echan fuego por su base, objetos que se elevan en medio del trueno, artilugios que solo pueden explicarse desde lo sagrado, desde lo desconocido. Y están curiosamente cerca de los dioses que en el Ramayana y en el Mahabharata sostiene luchas cósmicas, montados en carros celestiales

Y , hablando de carros, ¿Existe mejor relato de una abducción que el del arrebato de Elías? Por no hablar del dios tonante, del dios columna de fuego, del dios nube en lo alto de una zarza, que siempre tiene la tarea de transmitir, de revelar, pero nunca se desvela.

Así que, unos nómadas, sin ningún tipo de preparación científica, sin ningún tipo de inquietud científica, que apenas son capaces de entender que lo que está sobre su cabeza no sea un manto, como si tuvieron los egipcios, o los griegos, o los babilonios, nos regalan un libro, un relato coherente con la realidad científica, que nos cuenta las etapas de la evolución, que nos cuenta el despertar a la consciencia, que nos cuenta que existe un universo inabarcable, que plantea la existencia de ese universo y de realidades más allá del mundo cotidiano, que interactúan con nuestra realidad cotidiana, sumidos en un ámbito vivencial que está absolutamente de espaldas a todas esas cuestiones.

No sé cómo llamarle a toda esta tradición, escrita en algunos casos, oral en los más; tal vez ficción revelada, tal vez divulgación simbólica, tal vez, simplemente, ficción sagrada, tomando la segunda acepción de sagrado: “Que merece un respeto excepcional “.

A mí, desde luego, me lo merece, y despierta en mi interior el vértigo del que se asoma a lo insondable, a lo inabarcable.

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