LA FALSEDAD FARISAICA DE LOS HOMBRES SERPIENTE

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Vivimos la vida continuamente juzgando a los demás, a la vecina de enfrente porque sacude el mantel por la ventana, a los compañeros de trabajo porque se hacen los remolones o sobresalen más que nosotros, a nuestros amigos porque no responden a nuestras muestras de amistad, a nuestros hermanos porque no se comportan como nosotros en los problemas familiares y, así podríamos seguir con un largo etcétera hasta salir de nuestro entorno más inmediato y juzgar al mundo mundial por los mismos errores que nosotros cometemos, por actitudes similares a las nuestras, por los mismos egoísmos, egocentrismos, o simplemente porque piensan de forma diferente.

Nos hemos convertido en jueces implacables de la vida de los demás, en jueces sin ningún tipo de compasión, crueles, como si hubiésemos sido elegidos por una mano poderosa porque somos mejores que el resto, cuando en realidad somos iguales, incluso peores, porque nuestra falta de magnanimidad y comprensión esta arrinconada en esa parte de nuestro ser, donde el olor a azufre cada día se hace más intenso.

«Nos hemos convertido en jueces implacables de la vida de los demás, en jueces sin ningún tipo de compasión, crueles, como si hubiésemos sido elegidos por una mano poderosa porque somos mejores que el resto»

Nos ponemos nuestra sotana invisible para en nombre de un Ser Todopoderoso juzgar la moral de los demás cuando la nuestra deja mucho que desear, siendo, además, la relación con ese Ser una relación acomodaticia, sin compromiso, olvidando virtudes tales como la compasión, la caridad, la humildad, que hace que no tratemos a los demás como nos gustaría que nos tratasen a nosotros mismos.

Otros se ponen la toga de juez, porque se creen más justos que los demás, sin ni siquiera dar la oportunidad a quienes juzgan de defenderse, porque  son jueces cobardes, de naturaleza soberbia, y con las mismas imperfecciones del sometido a su juicios o quizá peores. Jueces que no saben ni les apetece, por su crueldad, buscar el equilibrio en la balanza de su justicia interesada, buscando solamente el placer de creerse superior al resto.

También los hay de los que juzgan en la oscuridad, quizá los más peligros porque son los que se ponen el traje invisible para que nadie los vea, moviéndose con la sinuosidad y el sigilio de las serpientes, procurando no dejar rastro de su movimiento para que nadie les pueda exigir el mismo comportamiento que ellos exigen de los demás, y que cuando tienen al sometido a su juicio a su alcance saltan sobre ellos clavándole sus colmillos, o instigando o colaborando con otras serpientes más hábiles para inocularles  el veneno de una justicia basada en dogmas, ideologías o creencias que siempre han sometido la libertad de pensamiento.

Pobres desgraciados. Jueces llenos de prejuicios. Hombres y mujeres anormales cuya pobre vida no da para más. Incapaces de ponerse en el lugar de los demás, de empatizar, de comprender. Cobardes malintencionados que se rodean de un aura de perfección pero  que, cuando te acercas a ellos huelen a incienso de sacristía. Seres pobres de espíritu, que en vez de perder el tiempo en amar lo dedican a observar los errores de los demás. Tibios, de moral retorcida, de los que nos tenemos que cuidar porque su falsedad farisaica puede hacer mucho daño.

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