LA EXISTENCIA DE NUESTRA PROPIA IGNORANCIA (II)

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Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y volver a aprender.

Alvin Toffler.

 

 

Tan grande como es la humildad del maestro dispuesto a enseñar lo que sabe sin resquicios y reservas a ser superado en un futuro por el aprendiz aventajado, debe ser la humildad de éste que le haga permeable a los conocimientos que se le transmiten y sin miedo a equivocarse una y otra vez, porque se aprende más de los errores que de los aciertos.

Porque aprendiz soy y cuanto más me equivoco mayor es el reto y consecuentemente el entusiasmo en alcanzar los objetivos de las enseñanzas que recibo, aunque también, debo ser honesto y reconocer que no siempre asciendo en mi camino hacia la luz del conocimiento, sino que mi impaciencia y las correcciones de mi maestro hacen que a veces mi espíritu se vuelva del revés, y aflore la soberbia del que no reconoce sus errores o peor aún, cuando veo en el espejo la frustración de mi propia ignorancia, los fantasmas que me arrastran al mundo oscuro de la desesperación.

Eso es lo que hay que aprender, a dominar nuestras frustraciones, nuestros miedos. Sí, nos caemos. Sí, fracasamos. Sí, a veces estropeamos todo lo que tocamos. Pero dará vida a un nuevo comienzo. Porque de eso se trata de comenzar una y otra vez, hasta que logremos el éxito, pero sin que éste suponga que nuestro maestro ponga una medalla en nuestro pecho, porque el éxito es efímero, como también es la vida por muy larga que sea. Porque ese comienzo una y otra vez es, al fin y al cabo, la esperanza que nos mantiene vivos.

Cada momento que vivimos debe estar conectado con la fe que nuestros actos, quizá mañana, dentro de una semana, meses o años, produzcan sus frutos, o tal vez  no; pero qué importa, porque todo trabajo que se acomete con entusiasmo aunque no culmine en una obra perfecta, habrá dejado el poso en nuestra alma, y eso es la sabiduría,  y quién sabe si también en los que nos rodean, porque no estamos solos, existe una fuerza superior que es el espíritu, la energía que trasciende a nuestro cuerpo, la fuerza de nuestra intención que sólo sumada a la de los demás podrá ser infinita.

Sólo de esta forma no tendremos miedo a equivocarnos y podremos deshacernos de los fantasmas que nos arrastran a la oscuridad de nuestra soberbia, de nuestra envidia a otros aprendices más aventajados que nosotros. Sólo así podremos llegar a conocer la verdadera esencia de las enseñanzas de nuestros maestros que, no es otra que aprender, desaprender y volver a aprender.

Y recordemos, cuando el verdadero maestro nos corrige no es para humillarnos, porque él es siempre un eterno aprendiz, sino para conseguir que nuestra obra sea digna de los futuros maestros en el que un día nos convertiremos, no sólo como recompensa de nuestro trabajo, sino por la necesidad que el arte u oficio de su escuela alcance a generaciones futuras, con la impronta de todos y cada uno que nos han precedido.

 

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