“LA ESPECTACULARIDAD DEL MAL… SERÁ MEJOR QUE CORRAS»

Maldita la gracia que tienen algunos mitos. Aspirar a parecerse a Orfeo, o a Dante, como modelo de heroísmo es una imposición cultural absolutamente cruel. No siendo músico ni poeta las musas no me iban a proteger… Además, yo sólo quería coger el metro de manera que tampoco necesitaba ningún Virgilio que me guiara. ¿Por qué leches estaba pensando en estas cosas?

El Bosco, El jardín de las delicias, (fragmento)

Bajar y bajar. Primero las escaleras mecánicas, después un enorme ascensor que en este caso no hacía honor a su nombre y descendía durante un tiempo que me pareció imposible. ¿Tanto habían excavado?

En el andén, una especie de mamparas desde el suelo hasta el techo impedían el acceso a las vías. Supongo que es por seguridad ¡hoy todo lo hacemos por y para nuestra seguridad!. El Estado nos protege para salvaguardarnos… de nosotros mismos…

De manera que ahí estaba, consciente de que alguien observaba mi imagen por medio de las cámaras en las esquinas.[1]Yo también veía a alguien en ese enorme vidrío que convertía el túnel en un gigantesco intestino en el que (más pronto que tarde) esperaba entrar.

Conocía esa cara, desde luego, ¡y no! aunque nos parecíamos (si llevas el cabello largo te asemejas automáticamente a todos los que llevan melena,… es una especie de ley absurda y reduccionista de la que no hay hombre que escape –aunque, curiosamente, no es aplicable a las mujeres-), ese que ocupaba el lugar en el que debería estar mi reflejo no era yo. Es imposible mirarse a uno mismo con esa intensidad.

Tampoco, por raro que os parezca, soy un cruce entre animal y vegetal. Mis pies no son dos barcas… Y, al menos ese día, no llevaba un sombrero coronado por una gaita.

De repente un enorme estruendo lo llenó todo. Las luces de la estación se apagaron por unos segundos. El metro llegó en medio de una especie de cacofonía en la que se mezclaban las voces de la gente, chirridos metálicos, ropa al agitarse, pasos apresurados, algún grito en medio de la penumbra…

Tablero de los Siete Pecados Capitales y las cuatro Postrimerías, Madrid, Museo del Prado

Ya en el vagón, conseguí sentarme. Arrancó y nada más entrar en el túnel volví a verle. Estaba al otro lado de la ventana. Frente a mi. Sentí un tremendo escalofrío. Debía tener ergotismo, la Fiebre de San Antonio, o cualesquiera de esas enfermedades que te provocan calentura y alucinaciones porque ese extraño personaje que me miraba se había escapado de El jardín de las Delicias… era Jheronimus Bosch (El Bosco) y parecía decir:

Éste es mi mundo y el tuyo, querido espectador, el infierno en la tierra”.[2]

La verdad es que siempre me ha fascinado desde que vi alguna reproducción de sus obras en esos libros de la EGB, a menudo en blanco y negro. En todos estos años no he conseguido averiguar mucho más acerca desde autor que el lugar en el que nació, vivió y murió (Hertongenbosch, 1450-1516).

¿Cómo es posible no saber casi nada de un artista que fue reconocido en su época? ¿Ocultaba algo o se escondía?

Dado que no dejó nada escrito, debemos acudir a su obra para descifrar, en la medida de lo posible, sus intenciones. Y desde luego, en ese sentido, tenemos la posibilidad de acudir a la mejor de las bibliotecas sobre el Bosco, el Museo del Prado de Madrid.

Pero hay que prepararse. Lo que vamos a ver nos confronta directamente con un mundo de sueños, pesadillas y alucinaciones en el que las formas mutan permanentemente ante nuestros ojos. Es posible que para muchos de los millones de admiradores lo que ven sea una forma de entretenimiento. Para mí, este mundo lleno de demonios, de ángeles caídos, de humanos en los que la perversidad se convierte en la materia prima de su propia carne, es directamente el jardín del… mal.

Tablero de los Siete Pecados Capitales y las cuatro Postrimerías(Avaricia y Envidia)

Nada tiene que ver con ese mundo prosaico y banal en el que el mal contemporáneo parece haberse camuflado desde que Hannah Arendt degradase el mayor de los problemas de la humanidad[3] a la categoría de trivial, común o insustancial. Quizás esta pensadora intentaste explicar, entender, nuestra incapacidad para detectar a los monstruos -a los demonios- capaces de perpetrar las mayores vilezas contra sus semejantes. Intentó ser justa y no vengativa (siendo judía debió sentir que esta era su obligación).

Nunca he entendido la desafortunada imagen que simboliza a La justicia: una mujer con los ojos vendados, una balanza en una mano y una espada en otra. Supuestamente, tapar la visión tiene la función de destacar que esta no mira a los hombres sino a los hechos, siendo así igual para todos. La balanza medirá argumentos y pruebas. La espada castigará duramente a los culpables.

Y con una responsabilidad tan enorme se priva de uno de los sentidos fundamentales para la comprensión. ¡Inadmisible!

El mismo sentimiento debió alentar al Bosco –obviamente amplificado- cuando efectuó el Tablero de los siete pecados capitales y de las cuatro postrimerías (Madrid, Museo del Prado). Lo que está en juego es el mismo destino de la humanidad mostrado en una seria de imágenes circulares. El centro, representa el «Ojo de Dios». Alrededor de la pupila están inscritas las palabras «Atención, atención, Dios ve»; y lo que Dios ve está reflejado justamente en el círculo exterior de su ojo, en donde están representados los siete pecados capitales, mediante pequeñas y vividas escenas tomadas de la vida cotidiana: la gula, la pereza, la lujuria, la soberbia, la ira, la avaricia y la envidia.

El ojo de Dios del Bosco lo ve todo… nuestra justicia es ciega: algo falla.

En esta pieza el Bosco nos muestra un espejo con el que cada espectador deberá confrontar su alma, su espíritu, y comprobar hasta que punto ha sido esta desfigurada por nuestros pecados, por nuestros vicios. ¿Moralista? Que cada cual mire a su alrededor y haga la cuenta de vidas destrozadas en seres queridos, amigos o ellos los mismos por cada una de las siete pequeñas veleidades humanas citadas en este tablero. A mí, desde luego, se me acabó la tinta.

La mirada del Bosco era una mirada de la Edad media… sin duda, muy diferente a la nuestra. Pero debemos abandonar con urgencia ese sentimiento prepotente de ser los máximos exponentes evolutivos. El culmen de la especie sapiens y por tanto de la inteligencia en el universo. El humanismo y la ilustración han puesto al ser humano como medida de todas las cosas. Destacamos los logros y la belleza de las técnicas y de las artes… pero banalizamos la espectacularidad  de aquello en lo que probablemente nos mostramos mas capaces… EL MAL y nuestra capacidad de destrucción y aniquilación. Porque el reino de la naturaleza al que pertenece el hombre es el de la crueldad y no el de la ética.[4]

Sebastián Brant publicó en 1494 La Nave de los locos, una serie de poemas que satirizaba los defectos y las flaquezas de la humanidad. El Bosco hizo una pintura específica con este título, pero el espíritu es aplicable a toda su obra. Brant se lamenta:

«Todo el mundo vive en la oscuridad de la noche, persistiendo a ciegas en la perversidad, mientras que cada calle atestigua la existencia de estos necios».[5]

El Juicio Final, Viena (fragmento) Akademie der bildenken Künste

No sería mala idea, por tanto, recuperar la mirada escrutadora y atenta de este enigmático pensador. Resulta muy curioso que solamente se destaque su obra como entretenimiento, tanto en sus imágenes infernales como en las pretendidamente paradisiacas,… un «inventor de monstruos y desvariadas imaginaciones»[6].

El arte del Bosco tiene un significado más profundo. Y por ello debemos evitar el anacronismo peligroso de la tendencia a interpretar sus imágenes en términos del surrealismo contemporáneo o de la psicología freudiana. Ésta quizás pueda explicar el interés que despiertan en nosotros sus pinturas, pero desde luego lo que no puede hacer es mostrarnos el significado que tenían para el Bosco y sus coetáneos. Evidentemente hay un intento de trasmisión de verdades morales y espirituales y, desde este punto de vista, sus imágenes deben tener un significado preciso y estudiado. Perteneciendo a una Edad Media que se aproximaba a su fin es probable que sus esperanzas hayan caducado… pero es seguro que sus temores siguen vigentes y muy actuales.

El metro va avanzando… paso por estaciones en una especie de viaje cinematográfico irreal (aunque a mi me parece otra cosa). Cada parada añade monstruos en el reflejo de las ventanillas, en los andenes, a mi alrededor.

En su cruzada particular contra el mal El Bosco es meticuloso y realiza un inventario pormenorizado de tipos, de clases, de posibilidades creativas tratando de advertirnos de que si bien la idiotez, la estulticia, la insensatez, el pecado, ocupan un lugar destacado, solamente tendrá sentido en un contexto ¿medieval? Más amplio: El Juicio Final (Viena).

Este día, como en un carnaval que acaba de repente, de una manera odiosamente turbulenta, esa historia trágica de la humanidad que comenzó con La caída de Adán y Eva y la expulsión del Edén los muertos se levantan, y todos somos juzgados. Todas las profecías de San Juan en su Apocalipsis se harán realidad: plagas, diluvios, desastres naturales, eventos políticos extraordinarios,… estos serán los signos del último reino y del Anticristo. ¿Serán? ¿Cuántos apocalipsis estamos viviendo desde hace siglos? ¿Acaso no ha ocurrido ya para cientos de millones en el s. XX? ¿Estamos ya en el final del tiempo y el comienzo de la eternidad?

El carro de heno (Panel central) Madrid, Museo del Prado

En este caso, el cataclismo, la pesadilla de la agonía final, se produce por el fuego (y no por las aguas como pensaban Durero y Leonardo). Son los «Dies Irae»: «Día de la ira, día en que el mundo se disuelve en ardientes cenizas». La tierra y el infierno se confunden, no se puede distinguir la una del otro. Ha comenzado el castigo eterno. Y será una agonía física, porque el Bosco es material. Los cuerpos pálidos y desnudos sufren unas mutilaciones horribles, mordidos y desgarrados por animales conocidos y utópicos; se abrasan en hornos y se amontonan en increíbles artefactos creados sólo para la tortura.

Especies nuevas, cada vez más espeluznantes, van engrosando este zoo de fauna infernal. Las fusiones se convierten en imposibles híbridos de animales y humanos, de objetos y animales, de las tres cosas a la vez. Un monstruo en forma de pájaro ayuda a llevar un cuchillo gigante, Su torso se convertirá en una cola de pez que calzan un par de vasijas… todo este caos ocurría delante de mis propios ojos. Ya no hay leyes de la naturaleza. ¿Les resultaba más fácil de asimilar, todo esto, a sus coetáneos? Empezaba a resultar insoportable… porque todo este tormento, tamaña locura, está escrita con la más sutil de las luminosidades. Por un instante, pienso sorprendiéndome a mi mismo, que el infierno se ha convertido en una exquisitez estética.

El tríptico El carro de heno existe en dos versiones, una en el Escorial, la otra en el Museo del Prado, Madrid. En su ala derecha tenemos una nueva visión del infierno (inagotable, prolífico, infernalmente productivo…).

Pero la tabla central es algo nuevo: una gran carreta de heno avanzando pesadamente. Tras ella, a caballo, los notables de este mundo,… incluso tenemos un Papa y un emperador (ya no falta nadie). Las clases inferiores (el pueblo, burgueses, monja y clero) arrancan manojos como pueden, si es necesario utilizando la violencia. Arriba, un Jesucristo insignificante observa esta frenética y delirante actividad.

El carro de heno (fragmento de panel central) Madrid, Museo del Prado

Con todo, a excepción de un ángel, que reza en la parte superior de la carreta de heno, nadie se percata de la Divina Presencia; y, sobre todo, nadie advierte que los diablos arrastran el carro, para conducirlo al infierno y a la perdición.

Este vehículo que nos puede recordar «La nave de los locos», de Brandt, pone en imágenes lo más abyecto de la debilidad humana… ¿hay algo más idiota que atesorar heno?. Siguiendo a la canción neerlandesa que dice que Dios ha apilado las cosas buenas sobre la tierra, como una pila de heno, pero que cada persona se quiere quedar con todo… y  dado que este tiene poco valor… esta obra simboliza la total y absoluta pérdida de tiempo, la inutilidad de los proyectos, de nuestros planes, mundanos.

Es el desfile carnavalesco de la avaricia y de las infinitas subdivisiones de este pecado capital. Probablemente sea el mayor de todos ya que esta conduce a la violencia y al crimen en un crescendo mimético que solo acabará con la aniquilación física.[7] La discordia, la violencia y el crimen son mostrados en el espacio abierto delante del carro. También el engaño y el fraude.

¿Quién puede distinguir, en esta escena, entre humanos y diablos? Los unos y los otros se funden en una cacofonía de resonancias físicas de la que deberíamos aprender. No se trata de una predeterminación física… es la capacidad de mirar más allá de la piel lo que el Bosco nos muestra. Evitaremos así ser utilizados por el mal como carnada o carnaza…  eludiremos de esta manera ser cómicamente irreflexivos.[8]

De repente se abrieron las puertas. Una ingente multitud se apresuraba a llenar el espacio que quedaba en el vagón. Parecía imposible que tanto seres vivos se concentrasen en tan poco espacio…

Cientos de colores, multitud de formas, alturas,… una variedad infinita de vida. Un oasis de esperanzas, un edén de optimismo… ¡o eso creía yo!

El Jardín de las Delicias, al menos en parte, parecía querer desechar esta visión profundamente pesimista de la naturaleza humana.

El Jardín de las Delicias, Madrid, Museo del Prado

Cómo escapar a la fascinación que esta obra irradia. Sentir su resplandor es fácil… incluso su panel central parece sintetizar todos nuestros deseos, nuestros anhelos más inconfesables. El entusiasmo y la ilusión con la que acogemos este mundo idealizado no dejará de sorprenderme. ¿Pero, realmente entendemos las intenciones con las que el autor o su comitente iniciaron tamaña aventura?

Desde nuestros días, no deja de sorprender que acabarse en poder del ortodoxo católico Felipe II. Pero claro, ya desde entonces se hace esta lectura: Adán y Eva en el paraíso con Dios en el panel de la izquierda. En el de la derecha, incuestionablemente, un nuevo y atroz panorama infernal. Por tanto, la tabla central no puede ser otra cosa que la humanidad encaminándose a su propia perdición.

Y sin embargo como no insistir en soñar con la posibilidad del prometido universo feliz, liviano, despreocupado… donde el dolor y el sufrimiento haya sido expulsado… la muerte y los padecimientos exiliados –eternamente ausentes-. El tiempo, ese imponderable soberano que nos condena a caminar a cuatro patas, o a no poder hacerlo hacia el final de nuestros días, inexistente (sin vejez, ni infancia –que no siempre o, mejor dicho, casi nunca es feliz-).

Un mundo sin frustraciones, donde la violencia sea un concepto desconocido.

El sudor de nuestra frente no es necesario para alimentarnos, porque todo crece de manera prolífica y generosa. Sin frío ni calor, y  aún así con refugios naturales bellos y armoniosos a nuestra disposición para recogernos en delicadas grutas, bonitas conchas, increíbles y sorprendentes vainas, corales,…

No hay timidez, ni recato, ni indecoro… ni ropa que proteja del frio o esconda nuestras vergüenzas. Todo es amistad y amor, juego y gozo.

Desde nuestra mirada contemporánea se hace realmente complicado encontrar depravación y pecado. Y tampoco el Bosco, tan franco en sus opiniones iconográficas,  da la impresión de efectuar una condena inmediata ante lo que estamos viendo.

Además, parece imposible proyectar visiones ecologistas cinco siglos hacia el pasado.

Pero una cosa está clara. Del equilibrio de humanos y especies animales en el panel de la izquierda pasamos a un hiperpoblado espacio en el panel central.

El mandato divino -“creced y multiplicados y henchid la tierra, y enseñoreaos de ella, y dominad a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los animales que se mueven sobre la tierra”- se ha cumplido.

El Jardín de las Delicias (fragmento tabla central), Museo del Prado, Madrid

Estamos ante una suerte de paraíso posible, verosímil, creíble… ¿deseable?

Si todo esto es cierto, el final va ser tremendamente doloroso, triste, frustrante una vez más. Abajo a la derecha tenemos a Eva escondida con su manzana, en una caverna dentro de un cilindro de cristal. Alguien la señala (¿el Bautista?) con lo que puede parecer un gesto acusador. Este mundo fantástico,  utópico,  quizás la imagen de la promesa divina no ha existido.  Nunca llegó a ser. Ya se sabe cómo acaba la historia… el pecado original,… la caída.

Y del pudo ser pasamos, a la derecha, a la más terrorífica negación: el infierno y su castigo ejemplar. ¿Estamos en este panel ante lo que es? De estar en lo cierto,  esta imagen especular,  no mostraría más que una realidad anticipada de nuestro mundo actual.

Edificios que arden,  que parecen haber explotado,… nuestro Dios es un diablo entronizado que nos traga y nos defeca en un proceso inacabable de consumo.

El infierno lo hemos construido los hombres. ¿Y por qué no, acaso no decimos hoy que hemos creado a Dios… todas las religiones?

Sin duda, el Bosco sigue siendo uno de los artistas más contemporáneos.

Este artista enigmático –probablemente porque así el lo quiso-, este hombre que -al parecer-  nunca se movió de la ciudad en la que nació, bien pudo ser un convencido misántropo. Lo que El Bosco era capaz de ver en sus semejantes,  eso que Arendt no pudo ver en Eichmann, lo que de horrible y sublime hay en el mal,… lo abyecto y lo grotesco del ser humano ya existía –en el gótico-… y sigue existiendo en la literatura, el cine (bélico, de terror,…).

Ya sabemos que “El mejor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existía” -‘Sospechosos habituales’, Bryan Singer (1995)-. Al parecer se disfrazó de banalidad… incluso dentro de las imágenes del mundo del arte.[9]

De manera que solo quedan las obras del Bosco. Afortunadamente podemos aprender de ellas, a mirar dentro de ellas, y luego mirar fuera, a nuestro alrededor, a nuestros semejantes. No permitamos que esos funcionarios que se excusan en sus funciones continúen destrozando vidas. ¡Vamos, también les conocéis, como actúan,… sus nombres y apellidos. Son criminales,… personifican el mal!

Los edificios incendiados que estallan, incomprensiblemente para la época, en los cuadros del Bosco son los explosivos y sofisticadas bombas que utilizamos hoy en día para matar. De igual que fuese una premonición o una visión. El terror, la destrucción y la intolerancia que muestran llegaron las retinas de Goya,  de los surrealistas, de Murnau, de Otto Dix, de Max Beckmann, de Ernst, de Joel Peter Witkin, de Immendorf, de William Kentridge, de Jake & Dinos Chapman, y de tantos y tantos otros.

Es probable que no os parezcan vigentes,… ¡pero mirad!… no apartéis la vista… ¡no seáis neutrales!.

Salid del metro,… escapad del túnel que nos lleva al desastre. No apartéis la vista aunque sea doloroso. ¡Si no eres capaz mejor que corras… si, será mejor que corras!

Dante no coloca a los neutrales en el infierno, sino fuera de él, para evitar que los condenados sientan que existen almas todavía peores que las suyas… Allá vosotros:

“Confundidos están con el ominoso escuadrón de los ángeles que no se rebelaron contra Dios ni le fueron fieles, sino que permanecieron indecisos . Arrojáronlos del cielo para que no manchasen su esplendor, y no fueron admitidos en el profundo Infierno, porque no pudieran gloriarse los culpables de tener la misma pena que ellos”.[10]

El Jardín de las Delicias (fragmento ala derecha), Museo del Prado, Madrid

* Mientras escribía sonaba una y otra vez, City of Refuge de Nick Cave & The Bad Seeds (1998). (Podéis hacer lo mismo… o no)

 

[1] Creo que desde la aparición de “Vigilar
y castigar” nos hemos vuelto razonablemente paranoicos. Michel Foucault:  Vigilar
y castigar , Madrid, 1986, Siglo XXI Editores.

[2] Juan Antonio Ramírez apoya la hipótesis de que esta imagen responde a un autorretrato del Bosco, situada en el centro aproximado del panel derecho (el Infierno) de El Jardín de las delicias. El Bosco. Juan Antonio Ramírez (presentación). Biblioteca El Mundo, Ciro ediciones, 2004

[3] Hannah Arendt. Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre de la banalidad del mal. Editorial Lumen, Barcelona, 2001 (trad. de Carlos Ribalta)

[4] De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad. Yuval Noah Harari. Traducción de Joandomènec Ros Debate. Madrid, 2014

[5] Sebastian Brant, La nave de los necios, edición y estudio de Antonio Regales Serna, Akal, Madrid, 1998

[6] Don Felipe de Guevara, Comentarios de la pintura. https://www.museodelprado.es/aprende/enciclopedia/voz/coleccion-de-don-felipe-de-guevara/4eb2bc21-71ad-4571-b3aa-3c783bd198d

[7] “Para comprender este extraño fenómeno, basta con reconocer en lo que acabo de describir el comportamiento de los rivales miméticos, que, al prohibirse mutuamente el objeto que codician, refuerzan cada vez más su doble deseo. Al situarse ambos de manera sistemática frente al otro para escapar así de su inexorable rivalidad, vuelven siempre a chocar con el fascinante obstáculo que para los dos representa su oponente.

Con los escándalos ocurre lo mismo que con la falsa infinitud de las rivalidades miméticas. Segregan en cantidades crecientes envidia, celos, resentimiento, odio, todas las toxinas más nocivas, y nocivas no sólo para los antagonistas iniciales, sino para todosaquellos que se dejen fascinar por la intensidad de los deseos emulativos.

En la escalada de los escándalos, cada represalia suscita otra nueva, más violenta que la anterior. Así, si no ocurre nada que la detenga, la espiral desemboca necesariamente en las venganzas encadenadas, fusión perfecta de violencia y mimetismo.” René Girard. Veo a Satán caer como el relámpago. Ed, Anagrama, 1999

[8] “También comprendo que el subtítulo de la presente obra puede dar lugar a una auténtica controversia, ya que cuando hablo de la banalidad del mal lo hago solamente a un nivel estrictamente objetivo, y me limito a señalar un fenómeno que, en el curso del juicio, resultó evidente. Eichmann no era un Yago ni era un Macbeth, y nada pudo estar más lejos de sus intenciones que «resultar un villano», al decir de Ricardo III. Eichmann carecía de motivos, salvo aquellos demostrados por su extraordinaria diligencia en orden a su personal progreso. Y, en sí misma, tal diligencia no era criminal; Eichmann hubiera sido absolutamente incapaz de asesinar a su superior para heredar su cargo. Para expresarlo en palabras llanas, podemos decir que Eichmann, sencillamente, no supo jamás lo que se hacía. Y fue precisamente esta falta de imaginación lo que le permitió, en el curso de varios meses, estar frente al judío alemán encargado de efectuar el interrogatorio policial en Jerusalén, y hablarle con el corazón en la mano, explicándole una y otra vez las razones por las que tan solo pudo alcanzar el grado de teniente coronel de las SS, y que ninguna culpa tenía él de no haber sido ascendido a superiores rangos. Teóricamente, Eichmann sabía muy bien cuáles eran los problemas de fondo con que se enfrentaba, y en sus declaraciones postreras ante el tribunal habló de «la nueva escala de valores prescrita por el gobierno [nazi]». No, Eichmann no era estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión —que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez— fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como «banalidad», e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad cabe atribuir a Eichmann diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común. No es en modo alguno común que un hombre, en el instante de enfrentarse con la muerte, y, además, en el patíbulo, tan solo sea capaz de pensar en las frases oídas en los entierros y funerales a los que en el curso de su vida asistió, y que estas «palabras aladas» pudieran velar totalmente la perspectiva de su propia muerte. En realidad, una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana. Pero fue únicamente una lección, no una explicación del fenómeno, ni una teoría sobre el mismo”. Hannah Arendt. Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre de la banalidad del mal. Editorial Lumen, Barcelona, 2001 (trad. de Carlos Ribalta).

[9] “Tampoco el arte ha conseguido, según la utopía estética de los tiempos modernos, trascenderse como forma ideal de vida (antes no tenía por qué superarse hacia una totalidad, pues ésta ya existía, y era religiosa). No se ha abolido en una idealidad trascendente sino en una estetización general de la vida cotidiana, ha desaparecido en favor de una circulación pura de las imágenes, en una transestética de la banalidad. El arte precede incluso al capital en esta peripecia. Si el episodio político decisivo fue la crisis estratégica de 1929, con la que el capital se abre a la era transpolítica de las masas el episodio crucial en el arte fue sin duda Dada y Duchamp, en los que el arte, renegando de su propia regla de juego estética, se abre a la era transestética de la banalidad de las imágenes”. Jean Baudrillard. La Transparencia del Mal (Ensayo sobre los Fenómenos Extremos). Editorial Anagrama, S.A., 199

[10] Dante Alighieri. La divina comedia Canto tercero, pág 13. Copia online la Universidad de Alicante. Reproducción del original de La divina comedia, Dante Alighieri, según el texto de las ediciones más autorizadas y correctas, traducción por Cayetano Rosell, anotada y con un prólogo biográfico-crítico por Juan Eugenio Hartzenbusch, Barcelona, Montaner y Simón, 1914.

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