
I. Envidia, maravilla
– ¿Tú tienes envidia, a veces?
– ¿Yo? No sé lo que es. ¿Yo envidiar? Eso no va conmigo.
Así negamos y renegamos, sin darnos cuenta de que nos andamos comparando a cada paso, a cada instante.
Por ejemplo, por la calle compito por el paso más largo. Con juego de cintura y paso rápido, me convenzo de que no voy a la zaga, caminando casi triunfante a la carrera entre la marabunta en la urbe grande. ¿Adelanto o me rezago?: puede que me distraiga un rato, pero vuelvo a la carga: ¡que se enteren todos y yo misma de que yo tengo un propósito que seguir!
Así, rauda, me enfilo entre los viandantes, encontrando un espacio; camino tan rápidamente, que casi vuelo: vuelo alto y más alto para dar a la caza alcance. Me sumo en el marasmo de la jungla humana, convenciéndome de que no ando vagueando, vagando, deambulando, rambleando, perdiendo el tiempo productivo o creativo.
II. La envidia en el taller, cuando Barcelona Escribe
En el taller de escritura libre (free writing) hacemos una impro, es decir, un hara-kiri con resultado vida, donde no hay tiempo ni para la envidia. Escribimos in situ, hic et nunc, o ahora o nunca, como si se nos escapara la vida, como si fuera la última oportunidad, la última escritura. Y lo que ocurra, esos tachones, garabatos, letras más o menos atildadas, nos delatarán acto seguido, cuando los leamos en alto, de viva voz, tal cual salieron de la boca de nuestra pluma. Quizá, como mucho, habremos releído rápidamente lo escrito antes de sentir el vértigo de leerlo.
Mientras leemos por turnos, permanecemos muy atentos, hasta tomamos apuntes de esas frases dignas de envidia, o de esos comienzos que sitúan al lector en el relato agarrándolo del brazo.
Disimulamos los gazapos y despropósitos propios y ajenos, porque no caben en ese entorno de valentía donde ya no cabe la envidia. Y es tanta la belleza que se escancia, tanta la inspiración que cae sobre las cabezas aplicadas sobre la mesa larga, que se diría que el espíritu de los ancestros baja a saludarnos con un guiño de ojo para que el texto no se abisme y pueda recobrarse en un final cabal y súbito al mismo tiempo: “vamos acabando, quedan dos minutos”, se oye una voz que recuerda el paso ineluctable del tiempo desde la trastienda.
¿Se desata la envidia o la valentía? ¿No es acaso valentía esa envidia aguda de la belleza del vuelo alto, más alto para dar a la caza alcance, que nos impulsa a estrenar alas ocultas?
La consigna del día: como no, LA ENVIDIA. Las lecturas: Neruda: Oda a la envidia; San Juan de la Cruz: “le di a la caza alcance”.
III. Y un poema a la Envidia, En-vida
Me das tanto miedo, que llevo toda la semana preparándote, preparándome, para que no irrumpas en mi vida o en esta habitación así, de golpe, clavando el puño sobre la mesa larga de los escritores. Imagina que, con tu estruendo, con esas pisadas poderosas, dejaras mi miedo en evidencia.
Que hablen de mí, aunque sea mal, me digo, me repito, como un antídoto preciso contra la artillería de tu envidia, si eres hombre, como un antídoto impreciso contra las insinuaciones solapadas, sibilinas de tu envidia, si eres mujer.
Me das tanto miedo, envidia, que llevo toda la semana preparándote, preparándome. Quizá llegues como un regalo esperado cuando los escritores estemos ya sentados a lo largo y ancho de nuestra mesa de madera barnizada en el hotel lujoso que alberga el taller y la consigna.
Sin embargo, en el hotel de lujo en compañía no hay envidia que quepa, no hay ofrenda, no hay ofensa, pues discurre el tiempo sabio por las venas dejando palabras sobre ti, querida envidia.
Además, ¿Qué sería de nosotros si no envidiáramos a cada momento el momento siguiente o el pasado? ¿Qué sería de nosotros si no hubiera nostalgia del pasado y aprensión del futuro? Qué haríamos sin ese dilema que se abre en un presente neutro, sin color de envidia.
De la envidia a la en-vida, solo un paso.
Seas mujer u hombre, Envidia, vislumbro tu sol, tu luz y tu camino trazado por ver si mi suerte coincide con la tuya. Olfateo el aroma de tu cuerpo como un sabueso, y saboreo tus palabras como si fueran mías. Cuando tus gestos y respuestas me parecen ajenas y distintas, las hago mías. De hecho, cuando menos lo pienso, me encuentro acariciándome la mejilla como si fueras tú quien lo hiciera en un espejo de ti, o en un espejo de Narciso, da lo mismo. ¡Ah, sí, ese gesto no es mío…, tampoco esa respuesta, y yo, que yo sepa, no huelo a nada, por mucho que me perfume con menta, tomillo o albahaca…!
Así, me percibo sin aroma, sin gesto, sin pose poseída, sin fina apostura, me encuentro incluso sin el espejo del río donde en tiempos me miraba.
Y por eso te miro ansiosa, Envidia, mujer templada u hombre que empuña el dardo en la palabra. Te miro en busca de una pista que devuelva el reclamo sensual que me guiaba mientras te perseguía envidia, en-vida por los caminos y los campos.
Me he rendido a tu encanto, a tu cuerpo de aroma, a tu mejilla y aguijón viperino. Con tu vista me visto la mirada y me complazco en la belleza que anuncias y señalas, aunque mi vuelo, alto, cada vez más alto, no de todavía a la caza alcance.
Si, Envidia, nos hemos hecho amigas y ya no ando preparándome para tu llegada con el miedo entre las piernas, sino que te abrazo en esa frescura tuya de ver tanto en el otro, que queda iluminado, halagado, transformado en arcoíris y rayo.





Simplemente: bravo…!!!
simplemente generosa!! Gracias povir tu aliento