LA DULZURA SIN SOMBRA

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Hace unos meses tuve la oportunidad de ver la película canadiense « Maudie, el color de la vida», que narra la historia de la pintora Maud Dowley («Lewis», tras casarse), nacida en 1903 y fallecida en 1970. Desde su infancia padeció artritis reumatoide, enfermedad que fue deformando su cuerpo progresivamente hasta casi impedirle pintar al final de su vida.

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Sus cuadros, de un estilo similar al naif, pero desprovistos de tanto detalle como suelen tener las pinturas naif, comparten una característica que también transmite el personaje cinematográfico: la ausencia de sombras. Cuando leí esto, me apresuré a comprobar en internet la veracidad de la afirmación y pude verificar que, en efecto, Maudie no reflejaba en sus cuadros las sombras de las cosas.

Es posible que el personaje de la película esté idealizado y lo que se nos presenta en la cinta no se corresponda con la realidad, especialmente en lo que se refiere a su relación con su marido, hombre inculto, de carácter un tanto huraño pero con el que, al parecer, tuvo una razonable buena relación pasados los primeros años de matrimonio.

Por lo que he podido ver en algunas fotografías (y que la película transmite bien), Maud era pequeña, delgada, con un aspecto de suma fragilidad y una característica especialmente llamativa: su amplia sonrisa, que iluminaba su figura incluso cuando no se dibujaba en su rostro.

He de confesar que lo que más me ha atraído de la historia de Maudie Dowley ha sido la ausencia de sombras a la que me he referido antes, lo que me dejó una prolongada sensación de dulzura aún después de pasar un buen rato de terminada la película.

No son muchas las ocasiones en que he podido cruzarme con personas con ese mismo carisma y, al decir «no son muchas» probablemente esté exagerando de modo desmesurado ya que más bien debería indicar que «en rarísimas ocasiones» se ha cruzado en mi vida alguien sin sombras aunque, cuando me ha pasado, he podido identificarla sin mayor dificultad.

Tal vez por eso, al ver la dulzura de Maudie, recordé a otro personaje que me marcó en la infancia, cuando la adolescencia todavía quedaba lejos y tuve la suerte de tener un profesor de los que daban aquella —hoy tan denostada— asignatura titulada «Formación del Espíritu Nacional». Era solo una vez por semana y dedicó las cuatro primeras clases del curso 1960-61 a dictarnos primero y explicarnos después, cada una de las cuatro estrofas del poema «IF», de Ruyard Kipling, en la mejor versión de todas cuantas he conocido a lo largo de mi vida (la traducida por Jacinto Miquelarena), de una gran sonoridad en sus versos y trascendencia en su fondo. Tan bien explicaba aquel hombre el mensaje de Kipling que quedó grabado en mí para siempre tanto el mensaje como la identificación de su «Serás hombre…» con «Serás íntimamente feliz». He conservado durante los sesenta y cinco años transcurridos el poema tal y como me lo dictó aquel maestro. Hoy cuelga en la pared de mi despacho, enmarcado con la dignidad que merece. Y conservo dentro de mí, aprendido de memoria, cada una de sus cuatro estrofas y sus treinta y tres versos.

Algo que he podido constatar es que las personas que he conocido de las que pudiera predicarse su condición de «feliz» han sido gentes sin demasiados bienes, con pocas pretensiones y ninguna intención de dejar rastro en la memoria de nadie. Viven el día a día, aceptan con sencillez lo que la vida les ofrece y tratan de encontrar el lado hermoso y gratificante de lo que acontece en sus vidas. Sea lo que sea.

Y este es un camino que me gustaría recorrer hasta el último momento de la vida, tratando de aprender de aquellos que parecen haber alcanzado la sabiduría de la sencillez. Se que no se trata de una tarea fácil ya que tendemos a complicarnos de mil maneras distintas contribuyendo, con ello, a alejar de nosotros esa felicidad que ansiamos. Muchas veces porque tratamos de alcanzar, de conseguir cosas o estados que pudieran acercarnos a la felicidad sin darnos cuenta que, para ello, lo que tendríamos que hacer es rehuir esas mismas cosas y simplificar nuestro pensamiento, nuestra pretensión y nuestra meta.

Pero mientras quede un hálito de vida, un suspiro dentro de nosotros, todavía tendremos la esperanza de poder seguir desprendiéndonos de nuestras posesiones para simplificarnos. Y quizá —llegado el momento— nuestro último gesto, la renuncia definitiva, deba consistir simplemente en exhalar el último aliento, entregándonos con paz al silencio tras el último latido.

 

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