LA COMPASIÓN

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Según Giovanni Boccaccio en su obra “El Decamerón”, “Humana cosa es tener compasión de los afligidos; y esto, que en toda persona parece bien, debe máximamente exigirse a quienes hubieron menester consuelo y lo encontraron en los demás”.

¿Quién entre nosotros en determinados momentos de nuestra vida no hemos buscado en los demás el consuelo ante una situación de sufrimiento físico, pena o tristeza emocional?. Creo que no exista nadie que en esos momentos de aflicción haya buscado dentro o fuera del ámbito familiar el consuelo necesario para salir de esa situación de amarga existencia.

Es por ello que, resulta justo que a quienes hemos buscamos la paz de nuestro espíritu en los demás, recíprocamente demos lo mismo que hemos recibido. No como un quid por quo o intercambio de favores, sino como un acto de generosidad hacia quienes se encuentran su vida quebrantada por el sufrimiento.

Recuerdo que de pequeño un méndigo llamó a la puerta de mi casa pidiendo caridad…, la ayuda que le pudiéramos dar. Estábamos comiendo y fui yo por indicación de mi madre quien abrió la puerta, “es un mendigo pidiendo una limosna”, dije en voz alta. Mi madre me llamó y me dio unas monedas para que se las entregase, encargo que cumplí depositándoselas en su mano huesuda, con los dedos arqueados como si de pedir se hubieran quedado deformados, y un poco sucias como la vestimenta que llevaba encima, “gracias…, que Dios te lo pague”, fue su respuesta de aquel pobre hombre mientras que con la otra mano, igual de arruga y huesuda, aunque más limpia, agarro la mía; “de nada señor”, contesté, a la vez que retiré mi mano apresada por la suya, como si una corriente hubiese transmitido a mi brazo, recorriendo mi ser y dejando en mi pecho una sensación que no recuerdo antes haberla vivido. Sentí que me faltaba el aire, cerré la puerta sin ni siquiera esperar que aquel hombre me diera la espalda para continuar su camino y me eché a llorar de manera desconsolada.

Con la cara llena de lágrimas volví a la cocina donde estábamos comiendo y mi madre me preguntó que me pasaba, cuál era el motivo de mi llanto. Le dije que me había dado mucha pena ese hombre, que no entendía porque había personas pobres en el mundo. Ella con una ternura que tampoco antes había sentido me abrazó junto a su pecho y me explicó de una manera que pudiese entenderlo que la pobreza formaba parte de este mundo, que igual que existían personas con mucho dinero y lujos las había que no disponían de lo básico para poder vivir. Y, “¿por qué existen personas pobres?, volví a preguntar en mi inocencia, “¿por qué lo ricos no entregan parte de su dinero a los pobres para que todos seamos iguales”?. Mi madre, suspiró, giró mi cabeza para que la mirase, todavía escondida en su regazo por la vergüenza de mi sollozo y, mirándome a lo ojos me dijo “el mundo es injusto, algún día lo entederás mejor, pero debes saber que el dinero no da la felicidad y que muchas personas que viven en la abundancia son más pobres de espíritu que el  mendigó que acaba de venir ”, . Pude observar que sus ojos estaban enrojecidos y brillantes, y que unas lágrimas empezaron a caer. Me besó muy fuerte en la frente, zanjando tan ilustrativa lección, para seguir comiendo.

Empecé aremover la comida, parecía que el hambre se me había pasado, sentí un nudo en el estómago mientras mi cabeza no paraba de pensar en aquel hombre, en qué comería  ese día, si es que podía comer. “Come hijo”, me dijo mi madre, así que sin ganas pero obedeciéndola, cosa que no era habitual, posbilemente por mi aflicción continúe sin rechistar con mi plato de comida, aunque sin poder llegar al final. Creo que esa fue la primera vez que sentí compasión por alguien, quedando grabada en cabeza y en mi corazón la experiencia vivida y que ahora comparto con todos vosotros.

Más tardé me di cuenta de que en esta vivencia de mi infancia estuvieron presente las dos caras de una misma moneda, es decir, mi sentimiento de compasión hacía una determinada persona que sufría y el consuelo de mi madre compadeciéndose de unos buenos sentimientos que no dudo haber heredados tanto de ella como de mi padre.

Son muchas las anécdotas que podría contar, porque pasando los cincuenta y cerca de los sesenta son tantos los recuerdos que quizá superen las experiencias que nos quedan por vivir, pero, para no abrumaros, sólo quiero resaltar ese sentimiento de compasión que a lo largo de mi vida y, por diversas circunstancias, he encontrado en terceras personas, algunas de ellas próximas a mi, pero también de personas anónimas que me he encontrado en el camino y que me han tendido generosamente su mano para darme el consuelo que he necesitado.

Yo necesité y obtuve el consuelo de otros, lo sigo necesitando y obteniéndolo en mi día a día de personas que me rodean, personas buenas y generosas. Sin embargo, en el mundo, desgraciadamente existen personas que son incapaces de ponerse en la situación  emocional de los otros, lo cual no deja de ser una manifestación de un egocentrismo recalcitrante, fruto de la imperfección humana de quienes no quieren mejorar como personas para vencer a ese enemigo oscuro que todos tenemos en nuestro interior, fruto de nuestro ego, de celepatías no superadas, de envidias, de vengazas. Incapaces de ver, como dijo el Dalai Lama, que “el problema humano básico es la falta de compasión”, de manera, que “Mientras este problema subsista, subsistirán los demás problemas. Si se resuelve, podemos esperar días más felices”.

He visto a ricos criticando a pobres por ser pobres y a pobres criticando a ricos por ser ricos, pero no he visto en esos mismos compadecerse del ser humano que tienen en frente con independencia de su posición social, de su riquiza o pobreza, cuando su espíritu mendigaba ayuda o compasión, o porque en sus ojos faltaba el brillo de la vida.

El amor es compasión, de manera que es cierto que cuando damos nuestro amor a los demás sobre todo en esos momentos de aflicción, sin esperar nada a cambio, se traduce en un sentimiento inmenso de felicidad, porque compadecer no sólo es sentir lástima por los demás, sino la interconexión emocional con otras personas que, igual que nosotros, sufren, intentando ponernos en su lugar o calzar sus zapatos para andar su camino e intentar comprender la razón de su sufrimiento.

No se trata de ser santos, ni super heroes. La compasión no es otra cosa que un sentimiento que se transforma en el deseo de eliminar el sufrimiento y producir bienestar en quien sufre, para lo cual es necesario tener cierta empatía con nuestros semejantes como la capacidad de percibir, compartir y comprender lo que otro ser humano puede sentir. Porque como animal político que somos, según argumentó Aristóteles, tenemos la necesidad de vivir en comunidad o juntarnos a nuestros semejantes para nuestro propio desarrollo. Se trata de hacer más facil la convivencia humana.

La compasión también es generosidad, ante la necesidad de que este mundo en el que todos los seres humanos estamos interconectados, sea mejor, de manera que los que no tienen compasión de los que sufren se hacen o nos hacemos merecedores de la lástima de los demás. Por eso pido a  quienes me quieren y a los que no quieren quererme, se apiaden de mi si alguna vez ven que la ceguera de mi espíritu no me deja ver la necesidad de los demás de ser consolados, porque si no lo hacen estaré contribuyendo a un problema humano básico que es la falta de compasión frente a los necesitados de nuestra ayuda.

1 Comentario

  1. Gracias por compartir tan profunda e intima experiencia, tambien por exponer tan buena reflexión sobre la compasión como herramienta de crecimiento personal y unificadora de nuestra sociedad.

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