LA COLUMNA B: PUERTA SIMBÓLICA AL CONOCIMIENTO

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Desde hace siglos, el Templo de Salomón ha ejercido una poderosa atracción sobre historiadores, arquitectos, exégetas y buscadores de símbolos. Su estructura, sus medidas, los materiales utilizados, las leyendas que lo rodean, han alimentado estudios eruditos y también imaginaciones inquietas. En este contexto, las columnas que flanqueaban su entrada —conocidas como Jachin y Boaz— han sido objeto de múltiples interpretaciones, tanto en el plano arquitectónico como en el simbólico.

Imagen aportada por el autor del texto

Entre estas dos columnas se alzaba un umbral: una frontera entre lo profano y lo sagrado, entre lo visible y lo velado, entre la rutina y el misterio. Quien cruzaba ese umbral era, de algún modo, invitado a una transformación interior. Este gesto, aparentemente simple, de detenerse entre columnas antes de avanzar, puede leerse como una alegoría del conocimiento: sólo quien se detiene, observa y toma conciencia de su entorno está verdaderamente dispuesto a aprender.

La arquitectura como lenguaje

El Templo de Salomón, según el relato bíblico, fue construido con la ayuda de artesanos expertos y materiales nobles. En el Primer Libro de los Reyes (7, 15 y ss.) se describe cómo se erigieron dos columnas monumentales, de dieciocho codos de altura, coronadas con capiteles ricamente decorados con granadas, lirios y redes. La columna situada al sur fue llamada Jachin (“Él establecerá”) y la situada al norte, Boaz (“Con fuerza”).

Aunque el texto sagrado no entra en detalles arquitectónicos modernos, algunos estudiosos han identificado en estas columnas elementos de los órdenes clásicos. A menudo se asocia la columna Boaz con el orden Dórico, robusto y austero, mientras que Jachin se vincula al orden Corintio, más ornamentado y elevado. Esta dualidad podría simbolizar el equilibrio entre la fuerza y la belleza, entre la estabilidad y la aspiración.

Se ha discutido también sobre su color. Algunas fuentes afirman que eran de bronce bruñido; otras, sin base documental sólida, les atribuyen colores distintos para reforzar el simbolismo: rojo fuego para Jachin, gris humo para Boaz, en alusión a las columnas que guiaron a los israelitas en su éxodo.

Boaz: fuerza y alegría

El nombre Boaz, grabado simbólicamente en una de las columnas, ha sido interpretado de diversas maneras. Etimológicamente, sugiere fuerza, pero algunos autores antiguos añaden un matiz de alegría, como si el sostén del mundo interior no fuera solo el rigor, sino también el gozo de vivir.

En la genealogía bíblica, Boaz fue un personaje relevante: esposo de Rut, padre de Obed, abuelo de Isaí y bisabuelo del rey David. Su figura está envuelta en valores como la hospitalidad, la generosidad y la nobleza de corazón. Así, la columna que lleva su nombre podría representar el pilar humano y ético sobre el que se edifica una sociedad justa.

A su alrededor se tejieron también interpretaciones legendarias, algunas provenientes de fuentes ocultistas del siglo XIX. Por ejemplo, el poeta y esoterista Gérard de Nerval relató en su Viaje a Oriente diversas leyendas que vinculan las columnas con cámaras secretas, compartimentos ocultos e incluso sistemas para proteger objetos sagrados. Estas visiones, si bien carentes de base histórica, revelan el poderoso magnetismo simbólico que despierta este elemento arquitectónico.

Huecas por dentro

Una curiosidad ampliamente repetida en el estudio de estas columnas es su supuesta oquedad. El profeta Jeremías (52, 21) indica que ambas columnas eran huecas, lo que parece verosímil si se considera que su función era más estética que estructural. Fundir en bronce dos cilindros de tal tamaño en forma maciza habría sido técnicamente inviable.

Ese vacío interior ha sido también interpretado en clave simbólica: una estructura aparentemente firme pero hueca por dentro puede aludir a la fragilidad del poder externo, si no está acompañado de contenido interior. O, en una lectura más esperanzadora, puede representar la capacidad de albergar en su interior nuevas luces, conocimientos o experiencias.

Frutos, flores y redes

Los elementos decorativos que coronaban las columnas —granadas, lirios y redes— son igualmente ricos en significación.

Las granadas, símbolo ancestral de fertilidad y unidad, remiten a la idea de comunidad: muchos granos unidos por una sola cáscara. En el ámbito humano, esto puede interpretarse como la necesidad de trabajar unidos, respetando la individualidad dentro de un proyecto colectivo.

Los lirios, con su blancura y fragilidad, evocan la pureza, la inspiración y la aspiración a lo elevado. No es casual que florezcan en la cima de estas columnas: representan el ideal al que se asciende tras un camino de esfuerzo.

Las redes, finalmente, aluden a los vínculos invisibles que conectan a las personas entre sí. Nos recuerdan que no estamos aislados, que nuestras acciones repercuten en los demás y que toda búsqueda individual es, en el fondo, también colectiva.

El símbolo como herramienta de conciencia

En muchas culturas, el símbolo no es una decoración ni un capricho retórico, sino una herramienta de despertar. Las columnas del Templo no son sólo un elemento arquitectónico antiguo: son una metáfora vigente. Cada vez que uno se detiene antes de cruzar un umbral importante en la vida —una decisión, una crisis, una revelación— está, de algún modo, entre columnas. Y ese momento de pausa, de recogimiento y reflexión, es esencial para que la travesía tenga sentido.

Mirar una columna e interrogarse por su forma, su nombre, su posición o su ornamentación es también una forma de mirar dentro de uno mismo. ¿Cuál es la fuerza que sostiene nuestro mundo interior? ¿Qué pilar nos da equilibrio cuando todo parece derrumbarse? ¿Qué alegría cultivamos para seguir construyendo?

Tal vez el verdadero Templo esté en nosotros. Tal vez las columnas que lo flanquean son nuestros valores. Y tal vez la Luz que deseamos alcanzar no se nos otorga de golpe, sino que se va revelando poco a poco, a medida que aprendemos a mirar.

 

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