LA CELEBRACIÓN

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Fue un golpe de suerte. Esa fortuna que, en el aspecto social, siempre le había sido esquiva. Era un triunfador en el ámbito profesional, con una carrera impecable, envidiado por todos sus compañeros. Él había diseñado su vida para ser el mejor abogado del país, sin ninguna concesión a actividades que no le llevaran a esa meta. Una persona sola.

Fotogracia aportada por al autor del Texto

Asistía a un congreso como el ponente estrella. Al igual que en todos los congresos se había repetido el mismo patrón: reuniones, halagos y felicitaciones durante el día. Soledad desde media tarde porque no se desenvolvía bien en las situaciones de distensión y sociabilidad. Horas para aprovechar y recuperar tiempo de trabajo perdido durante la jornada.

Salió a cenar algo cerca del hotel. Las calles estaban vacías y los bares llenos. Repletos de gente viendo la televisión. Con camisetas de colores azul claro y blanco. Y bufandas y caras pintadas a juego.

Con fastidio descubrió que no iba a tener ninguna opción de picar algo rápido y volver al hotel así que entró en un restaurante para poder cenar algo. Un sitio tranquilo y lejano al circo del fútbol. Era el único cliente y estaba disfrutando la cena hasta que, a las diez y media, un camarero entró y gritó en el salón “¡Hemos subido a primera!”. Desde ese momento se empezó a oír una tormenta de gritos y cánticos que venían de la calle. Era un ruido ensordecedor, insoportable. Pagó la cuenta sin terminar de cenar y salió con la intención de volver rápido al hotel.

En la calle era imposible andar a contracorriente, había que dejarse llevar por la marea de personas que iban en dirección contraria a su hotel. Un río de personas que gritaban, cantaban y se abrazaban entre ellas. Mientras intentaba pensar en la mejor forma de salirse de ese grupo inmundo de gente descontrolada, una chicha le dio un abrazo y dos besos “Hemos ganado” le dijo sonriendo. Fue la primera de las muchas personas que le abrazaron, le invitaron a beber y compartieron su alegría con él. Casi sin querer se dejó llevar.

Se despertó al día siguiente con algo de resaca, pero con la sensación de haber pasado uno de los mejores días de su vida. Llamó a su secretaria para que cambiara su avión de vuelta y cancelara las reuniones que tenía concertadas. Consultó las celebraciones del día y se unió al recibimiento al equipo y la fiesta posterior. Disfrutando del clima de camaradería que inundaba toda la ciudad.

En el viaje de vuelta a su casa no podía dejar de sonreír. La idea le llegó de golpe: tenía que buscar esa experiencia de nuevo. A partir de ese momento se dedicó a buscar las ciudades en las que podía haber una gran celebración deportiva. Preferiblemente de fútbol porque arrastraba a más gente. Buscaba finales y sacaba billete para ir a la sede de la final. Al campo no entraba, esperaba a que el partido terminara para unirse a la afición del equipo campeón. Y, al día siguiente, se iba a la ciudad de ese equipo a seguir con la celebración. Los gritos, los abrazos, los besos y los bales le hacían sentirse feliz.

Su año tenía dos estaciones: de julio a abril era el momento de la soledad y la apatía y, entre mayo y junio, el de las celebraciones. Eran momentos gloriosos, en los que los equipos se jugaban los títulos y en los que, eufórico, compartía alegría con muchas personas.

Pensaba que eran los más felices de su vida.

Hasta aquella final del mundial en la que se confundió de afición y se vio rodeado de gente triste a la que los colores de la cara se le corrían por las lágrimas. Y descubrió que esa era su verdadera felicidad, compartiendo el dolor y la pena.

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