LA CATAPULTA DE MR. STUNNED

#EnCasaconPLAZABIERTA

Esta historia no ha sido vivida personalmente, sino que ha sido relatada por alguien que ni conozco, ni recuerdo que me la contase.

Por tanto me eximo de toda responsabilidad si es que en ella apareciere algún – o varios, o todos – malentendido sacado de contexto,  aunque  absuelto total y aceleradamente en el mismo momento de pedir perdón, definitivo , sin matices y públicamente – que duda podría caber –  a todo aquel que pudiere sentirse zaherido ,por parte de ese alguien que me resulta desconocido incluso en la actualidad así como de mi propio y estúpido relato fruto del “uno de mi calle me ha dicho, que tiene un amigo que dice…”, tan sumamente reiterado en las últimas añadas.

© Plazabierta.com

Según las conclusiones que pude sacar de tal chascarrillo, Mr. Stunned aterrizó en las españas a mediados de marzo de los presentes (en El Prat, quiero recordar que me dijo aquel alguien, no obstante no estar muy seguro de ello) en viaje aéreo, low cost , que previamente había ojeado en una vetusta revista excursionista de una agencia de viajes del sur de Dorchester.  Vestido de pulcro smoking castaño-aceitunado, pajarita tipo Meatilk en tonos anaranjados y camisa planchada color grisáceo – no es muy fiable ese cromático dato puesto que estaba repleta de lamparones en diferentes formas geométricas de vaya usted a saber qué – calcetines rojo vivo y zapatos marrones de cordón – también alamparados – de suela de goma con dibujos en zigzag. ¡A la moda de su pueblo, vaya!

Según los  rumores que me llegaron, el tal Mr. Stunned pensaba patear el suelo hispano por seis o siete días recorriendo, en buses de segunda sin water closed aliviador, toda la geografía local que los quinientos dólares presupuestados le concedieren. Ni uno más.

Por una de esas, el tal Mr. Stunned recordó que existía por ahí despendolado un lugar de La Mancha, que ni él se acordaba, ni yo tampoco, y D. Miguel ni siquiera quiso . Ni corto (tampoco perezoso) se lanzó a la gozosa aventura de conocer y patear todo lo que fuese digno y apareciese como de importancia turística en el fascículo tomado de su agencia viajera y del que no se despegaba ni con aguarrás concentrado. Haciendo bandera del mismo. Como debe ser y un servidor lleva a gala – no mucha, la verdad – también acompañarse cuando tiene a bien visitar cualquier lugar desconocido. Verbigracia Wuhan. A modo de ejemplo.

Y, no tuvo otra el tal Mr. Stunned que solicitar alojamiento , sin desayuno incluido, en un tabuco de cama sencilla y tele sin cable, en calle Carcelén casi esquina con paseo de la Libertad, y muy cerca de Altozano y , cómo no, con Plaza Mayor. Era domingo. Un domingo soleado.

Los domingos en Plaza Mayor se suele asentar – si es que el tiempo no lo impide y con permiso de la autoridad competente – una especie de mercadillo dónde uno puede encontrar lo más asquerosamente inesperado. Bueno, hay tenderetes que aún merecerían pero, en la mayoría,  ponen al barullo objetos que parecen salidos de una covacha sucia y angosta de cualquier aldehuela  de los alrededores cercanos. Uno de tales objetos con que se topó el tal Mr. Stunned, fue una catapulta del siglo XI , que el vendedor le aseguró que databa y que el tal Mr. Stunned se creyó a pies juntillas. Por la herrumbre manifiesta que tenía, supongo yo. Sin regateos ni mas hostias, se encaprichó de la catapulta y se la llevó envuelta en papel de regalo de aluminio arrugado cargada al espinazo – porque , por lo que me contó ese alguien anteriormente mencionado, el objeto en cuestión pesaba mucho más que un quintal -.

Y se la llevó puesto al tugurio dónde habitaba provisionalmente, sin olvidar agarrar el fascículo viajero.

Una vez allí, y en mera excepción, pidió algo parecido a una infusión pero, eso sí, con sacarina o similares. Por aquello de la diabetes y el colesterol, con lo traicioneros que son y la edad cumplida de Mr. Stunned…

El caso es que, fue tomar el ascensor crujiente y desvencijado, apretar el número dos, abrir la puerta del cuartucho, colocar en lugar preferente la catapulta de la que se encaprichó y con la que pretendía encandilar a la Mrs. Stunned –  porque las cosas entre ellos no andaban muy bien que se pudiese decir – y aparecerle de una y sin previo aviso una serie de retortijones y ruidos burbujeantes  en la barriga que ni tiempo le dio al pobre de llegar a la taza del water closed. Se cagó la pata abajo en ambas direcciones, con deyección altamente liquida y pestilente. Y la cosa no paraba; cada vez más intensa y sin proyecto de cierre. A rastras y dejando rastro llegó hasta el teléfono y puso en aviso al conserje de día. ¡Que venga un médico, suplicaba! Y el médico llegó.

Ante los síntomas relatados y los signos inspeccionados (diarrea en largo riachuelo solar, de suelo, y gotas abundantes del liquido fecal desparramadas por las paredes, fruto inequívoco de la fuerza deyectiva), el diagnóstico no albergaba duda alguna: infección por covid-19, fijo.

El tal Mr. Stunned, fue confinado, recluido, aislado y enclaustrado en pura cuarentena y con órdenes claras brotadas del personal competente más autoritario: bozal – no importa el color – , mitones de látex – en su defecto también valdría el plexiglás –, lavado frecuente de manos con jabón Lagarto o similares (del resto de la anatomía los expertos no han dicho ni mu, todavía),   y tratamiento sintomático en principio, y en actitud expectante de indeseables y posibles complicaciones. Es decir, dieta hídrica absoluta, loperamida en su correcta pauta posológica, paracetamol cada seis u ocho horas junto con N-acetil- cisteína (de eso tendré que escribir un rato largo y un día de estos, puesto que ambos fármacos son antídotos uno del otro y viceversa; o sea que, se anulan), como bien dicen los cambiantes protocolos de esta pandemia que al pobre Mr.  Stunned le asedió en ese lugar de La Mancha.

Eso si es que no vienen las enojosas complicaciones, cuyo cantar sería muy distinto, penoso y muy desafinado.

Cuarenta y ocho días estuvo el tal Mr. Stunned enclaustrado en su chamizo, a la espera de la fase 1 – como poco -. El hombre ya se encontraba exquisitamente bien, comía con apetito, aunque no recuperó los cuatro kilos que perdió con la jodia diarrea. Las fronteras cerradas, los aviones en paro, las comunicaciones telefónicas internacionales inexistentes o fallonas a tutiplén.

Miró de reojo por la ventana a millares de gentes apelotonadas unas con otras aprovechando la pertinencia de horario permitido de salida al aluvión.

Con máscaras y guantes, eso sí, pero al buen tuntún y sin distancia entre la basca.

Tanto coraje y rabia le dio al buen hombre que ni esperó a fases superiores (el lugar se quedó con un palmo de narices y en pura fase cero, como es lógico y natural) ni aduanas fronterizas: quintuplicó (o más) la fuerza de eyección de su catapulta, llamó al conserje de noche para que le echara una mano, abrió el ventanal, subió al fundíbulo, solicitó al conserje la expulsión y zaaas….Se pegó un trompazo contra unos riscos de Ulleungdo, allá por Corea del Sur – tal fue la fuerza de eyección de su catapulta – y solicitó nueva estancia en la Isla por un periodo ‘sine die’. Alojamiento sin desayuno, por supuesto. Pero muy a gusto y sin muchas preocupaciones de calado virológico.

La infusión asacarinada, se quedó en La Mancha con un culín de liquido, que se enfrió. Y pasó muy desapercibido.

Definitivamente, este no es un país para diarreas de etiología poco plausible.

P.S.- El “Señor Aturdido” podría ser un servidor, sin ningún género de dudas.

¿Alguien se apunta a serlo?

 

 

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